Cantar con arte

El uruguayo Martín Buscaglia es compositor y creador del candombe- beat. Pasen y escuchen.



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Martín Buscaglia nació en Montevideo en 1972. Su padre Horacio fue director teatral, compositor, poeta, publicista y uno de los creadores del candombe-beat. Su mamá, Nancy Guguich, es también compositora, docente de expresión corporal y directora de su escuela de educación por el arte. Buscaglia hijo está entre los artistas más importantes y vanguardistas de la última década en el Río de la Plata; aúna los roles de compositor, multiinstrumentista, productor y provocador cultural. Grabó con Juana Molina, Kiko Veneno, Hugo Fattorusso, Rubén Rada y Leo Maslíah y ha tocado además con Fito Páez, Eduardo Mateo, Fernando Cabrera, Jaime Roos y Jorge Drexler. Con su banda, Los Bochamakers, o como hombre orquesta se presentó en España, Inglaterra, Francia, Brasil, Argentina, Chile, Paraguay, México y Uruguay, por supuesto. A un año de la presentación de su último disco, “Temporada de conejos”, volvió a la Argentina para despedir el verano. Los actuales Bochamakers son Matías Rada, Martín Ibarburu, Mateo Moreno, Herman Klang y el trío coral integrado por Elena Prieto, Mariana Lucía y Macarena González. Si algo puede definirlo es la pregunta “¿Por qué no?” y su modo de tomar riesgos utilizando otras formas de hacer música con un sello particular y bien diferente de cuanto músico ande por cualquiera de las orillas de Río de la Plata. “Por un lado es una cuestión natural, por más que después yo la haga consciente y todo. También fluye y funciona porque tengo naturalmente ese ímpetu, esa necesidad. Después, obvio, lo racionalizo y hasta dogmatizo cuando quiero, elijo qué cosas hacer y cómo. Estaba leyendo un reportaje a Liliana Herrero y ella decía que las canciones poderosas resisten cualquier cosa que se les haga. Yo pienso eso y de hecho he respondido así muchas veces también. Me gustó concordar con Liliana, porque me encanta lo que hace. Si la canción está buena no sólo se puede hacer cualquier cosa con ella sino que hasta lo agradece, que la mantengas viva”, dice Buscaglia. –Que la releas... –Como te releés a vos mismo también. En la vida nunca dejás de ser vos, pero sin duda vas cambiando tu interior, así como el exterior también varía. Con lo del riesgo, más allá de lo natural, es la única manera, la única opción que hay para ser algo hoy, siglo XXI. Ha habido ya tantísimos discos, tantísimas canciones, que no es necesario sacar un compacto nuevo o hacer un concierto sin sentir que estoy haciendo algo pro positivo, que mueva algo en mí y en el que escucha. Hay música suficiente para todo tipo de personas y todos los estados de ánimo. Entonces, si voy a hacer una nueva, con la sobredosis de música de las últimas décadas pienso que debo tenerme fe para aportar algo y no agrandar sólo esa discoteca de Babel en que se ha convertido el mundo. –En el ámbito comercial de la música, lo que antes vendió bien puede volver a hacerlo. Y sacan los ochentosos remezclados, como dicen, reeditan a Los Beatles... parece que no hay renovación alguna. –Pasa con la música y con el arte en general. Repetir una canción es como martillarla y sacarle todo lo que tiene de swing, de poesía, de energía. Y sí… a mí no me interesa hacer algo que sólo sea fácil e instantáneo, por más que sean canciones y me encanten las melodías. Los Beatles siguen siendo el ejemplo máximo de cómo puede convivir todo en ellos, la experimentación y la búsqueda y, a la vez, una canción que te lleves y la cantes caminando. Me gusta pensar que quienes me van a ver quieren que haga lo que yo quiera. Así me siento respecto de los artistas que admiro. Con Caetano Veloso, por decirte uno de muchísimos, no quiero que toque lo que yo quiero sino lo que él quiera. No pretendo que repita ad eternum lo que me gusta de su discografía; prefiero ver a la persona, al creador, buscando y siguiendo su cabeza más allá de las tendencias o con ellas, si tiene ganas y siente que le sirven para hablar mejor. –Comencé definiéndote mediante un interrogante y el camino del arte es una búsqueda eterna de pregunta. –Totalmente… por eso es infinito. Si fuera una respuesta se acabaría y sería como una ley. Como vos dijiste, ese ¿por qué no? también me exige. Me gusta que la cosa no me sea fácil, no me agrada quedarme con lo primero que me sale. Es como si tus manos o tus pensamientos y la manera en que funciona tu cabeza fueran caballos. Salen por ahí, pero siempre vuelven al lugar donde le sacan la montura. –A la querencia. –Claro. Pero está bueno que sean indómitos también, o implantarles un cuerno para que se transformen en unicornios. Me gusta una canción de las que me salen fácil y naturalmente, pero con orden y disciplina –que con los años he estado investigando cada vez más– me fuerzo a ir para un lado que no es el natural mío. De ese modo llego a un sitio donde sigo siendo yo pero sin saber que podía arribar allí. Me gusta sorprenderme a mí mismo y, por suerte, sucede mucho cuando compongo, cuando hago el arreglo para un tema. –Ese estado de ebullición de ideas, ¿produce emoción, crisis, placer...? –Está el placer de saber que las posibilidades son infinitas y que me hace bien esa tarea. Pero también el sufrimiento, porque me gustaría plasmar mucho más rápido las mil ideas y las mil búsquedas que me propongo. Pero, ta! Muchas de ellas necesitan de todo un recorrido para darme cuenta de dónde estaba lo que buscaba, aunque quizás se encontraba en el comienzo. En la composición está bien sufrir; es parte del juego el saber que aún no llegué a lo que estoy buscando o que no sepa bien qué ando buscando. Eso, en la previa. Después, una vez que toco y grabo, me siento superseguro. Ya no hablo de experimentación ni de nada. Si lo grabé o lo voy a tocar en vivo debo tenerme la fe y el peso de sostenerlo. Al mostrarlo a la gente, me gusta y disfruto, pero para llegar hasta allí está todo el proceso anterior en el que puedo sufrir. –También porque jugás con cuestiones que forman parte de tu esencia, de tus pensamientos, de tus vivencias. –Vos sabés cuándo estás haciendo algo bien y cuándo no. Yo tengo temas que los he hecho en una hora y otros que me han llevado años. Quizás me faltaban dos palabras, pero sin ellas era como un puzzle sin sentido. Necesitaba vivir para encontrarlas. La única fuente de inspiración imprescindible es estar vivo; después podés hacer lo que quieras: leer sin parar, escuchar música, irte a la montaña o quedarte mirando tele en casa, que igual los temas van a salir. –El contacto con el otro que se ha adueñado en parte de tu obra, que conoce tus letras de memoria y comparte ese momento de exposición tuya sobre un escenario. ¿Qué estímulos te da, qué respuestas te genera? –Para mí es impresionante y me da manija para seguir haciendo cosas. Creo que igual haría canciones y discos aunque fuera Robinson Crusoe y viviera en una isla solo. El regreso de la gente pone a la vista la potencia que tiene el arte en general. Pero la música corre con ventaja porque es una forma artística que, primero, vivís en directo y la llevás contigo de un modo que no acontece con otras formas. Quizá por eso la elegí cuando era joven. Un libro lo escribís estando solo mucho tiempo, puede quedar en una librería hasta que una persona lo lea. En cambio, toqué tres noches, mucha gente me fue a escuchar, se llevó mis canciones, las va a cantar y quizá le cambie la letra porque no la entendió bien.

EDUARDO ROUILLET


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