Capitalismo de pésima calidad
ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar
La izquierda que abrevó en el marxismo-leninismo, si bien ha abandonado la idea de una toma violenta del poder, conserva su vieja fobia al capitalismo. Es decir sigue siendo “anticapitalista”, aunque no posee un modelo alternativo al capitalismo. Esto explica su adhesión entusiasta al “socialismo del siglo XXI” que predicó Hugo Chávez y a los gobiernos populistas que en la región se situaron bajo esas coordenadas, entre ellos el de Cristina Fernández desde que lanzó la consigna de “ir a por todo”. El anticapitalismo que impregna a la izquierda populista y que contamina a otras formaciones políticas contribuye, entre otras cosas, al desprecio a las formas de la “democracia burguesa” y estimula la anomia social. Este desprecio a la legalidad permite entender, en parte, este círculo infernal que se ha vivido en la Argentina en los últimos días. Por un lado, grupos sindicales –muchos de ADN trotskista– que acuden a cualquier forma de metodología extorsiva: cortes de rutas, ocupación de oficinas públicas, interrupción de servicios esenciales de la comunidad, “retención de servicios” –es decir una huelga encubierta que les permite seguir cobrando los salarios– y cualquier otra forma que procure trasladar el daño al conjunto social. Por otro lado explica la ausencia del Estado frente a estos desbordes que, en ocasiones, tipifican conductas sancionadas en el Código Penal. Jueces, fiscales y gobiernos “nacionales y populares” se niegan a “criminalizar la protesta social”, de manera que asistimos a un fenómeno de aceptación cultural de comportamientos que en cualquier sociedad moderna serían inmediatamente contenidos. Estas metodologías se traducen en invisibles pero letales pérdidas de productividad del conjunto de la economía. El resultado de este malentendido es que tenemos capitalismo, pero de pésima calidad; tenemos democracia pero carente de suficiente sujeción institucional. El Estado no garantiza el orden y como el partido en el poder lo coloniza con sus militantes-funcionarios, tampoco brinda servicios públicos de calidad. Las políticas económicas, centradas en el corto plazo para obtener el máximo rendimiento electoral, explican la proliferación de subsidios insostenibles y la desatención en la renovación de las infraestructuras. El dispendio de la economía estatal lleva a aumentar la recaudación por vía del impuesto inflacionario. Vuelven los fantasmas del pasado, graficados en los insufribles cortes de luz. Que en la Argentina se estén repitiendo las mismas escenas que ya hemos visto en Venezuela, no es fruto de la casualidad. Es la consecuencia inevitable de aceptar a regañadientes el funcionamiento de un sistema de enorme complejidad, tratado como si fuera un juego de niños, que se puede armar o desarmar como un mecano. Los resultados están a la vista: en la Argentina no hay inversión privada relevante porque no existe previsibilidad, una exigencia más importante para el inversor que la mera rentabilidad. Frente a este capitalismo degradado por el populismo, las sociedades más tradicionales del Norte y las pujantes economías del Sudeste asiático han elegido el camino de un capitalismo moderno, que se basa en la búsqueda continua de la mayor eficiencia productiva. Se trata de un modelo donde se ofrece a los inversores un horizonte de previsibilidad, al tiempo que el sistema jurídico garantiza el eficaz cumplimiento de los contratos. De este modo, en un contexto de relativa estabilidad jurídica e institucional, los empresarios pueden concentrarse en alcanzar la mayor eficiencia productiva de sus empresas. Las notas recientes sobre la notable expansión que ha alcanzado la fruticultura chilena –publicadas en el suplemento Rural de “Río Negro”– explican el modo en que se ha conseguido elevar las exportaciones de fruta en el vecino país. En 1975 Chile exportaba 15.000 toneladas de manzanas y este año rondarán las 850.000 toneladas. El Alto Valle del Río Negro exportaba 250.000 toneladas de manzana y en la actualidad suman sólo unas 150.000. Esta diferencia de resultados tiene una única explicación. En un contexto macroeconómico e institucional amigable, los empresarios chilenos pueden concentrarse en lo verdaderamente relevante: aumentar su eficiencia productiva. El capitalismo moderno, regulado por un Estado eficiente que marca el terreno de juego e interviene de un modo inteligente, dando lugar a la formación de un contexto amigable para las empresas, es el que permite empleos de mayor cualificación, con salarios que se van elevando pari passu con el incremento de productividad. La provisión de bienes públicos –seguridad, salud y educación– alcanza también niveles de calidad, acompañando al proceso de modernización general de las infraestructuras. Un sistema fiscal moderno canaliza los recursos de un modo que evita frustrar los estímulos a la iniciativa privada. En un horizonte temporal previsible no se visualiza ningún modelo alternativo a este capitalismo. Por consiguiente, si éste es el modelo con el que todavía se deberá convivir por largo tiempo, es mejor aceptarlo y hacer que funcione cada vez mejor. Los mayores beneficiarios de un capitalismo eficaz son, sin lugar a dudas, los sectores más pobres, que hasta el momento permanecen fuera de la economía productiva. Desde que hace treinta años China aceptó jugar a fondo con las reglas del capitalismo, consiguió sacar de la pobreza a más de 600 millones de personas. Un dato que debería hacer reflexionar a cualquier persona dispuesta a mirar la realidad sin anacrónicas anteojeras ideológicas.