Cartas de un sábado por la noche
No es un pasatiempo imposible: leer cartas viejas una fría noche de sábado. Esto en lugar de salir a tomar algo con un amigo, o ir al cine a ver la última película de Quentin Tarantino, o leer un libro sobre gastronomía china, o alquilar una comedia sin más pretensiones que hacernos toser sobre los pochoclos.
Es casi una misión, un mandato interno, un camino que iniciamos hacia un pasado del que a veces no estamos muy seguros cómo transcurrió ni qué consecuencias tuvo.
Tampoco se trata de una actividad para desarrollar obsesivamente cada fin de semana. Sin embargo puede ocurrir. Volver a aquel país que nunca deja de ser una patria, lo que un día sentimos quemándonos el pecho. Con cierta suspicacia, con algunas dudas, recorremos esos sobres, esos papeles garabateados un poco enigmáticos (y ahora marcados por el polvo y los dobleces) que llevan impresos los afectos que los engendraron. ¿Duelen?, sí, a veces sí.
La típica pregunta hecha al mediodía del lunes, al pasar, atraviesa el teléfono y obtiene su respuesta:
– ¿Qué hiciste el sábado por la noche?
– Leí cartas viejas.
Cartas que permanecen y nos enviaron desde el lejano más allá amigos, novios, ex-parejas heridas por nuestros caprichos de niño sin consuelo. Cartas tristes de adulto dolorido, de enemigos, finalmente, de seres extraños a los que nunca imaginamos importarles un comino.
Cartas que si, efectivamente, escribimos, pero jamás llevamos al correo. Misivas que se quedaron en un block o durmiendo en el disco duro de la computadora, a pesar de haberlas imaginado paso por paso como quien idea un plan maestro para perpetrar el robo del siglo.
Declaraciones de amor. Venganzas. Argumentaciones. Cartas. Más que cartas de tarot y lenguajes inventados en las estrellas. Lecturas secretas de hombres o mujeres jugando con mayor o menor suerte a ser dioses. Delicados pétalos que respiran apenas. Cartas sin remitente en el sobre, abandonadas. Cartas sin destino, interrumpidas en el segundo párrafo. Extensas como «La guerra y la paz» de Tolstoi, breves como los «Artefactos» de Nicanor Parra.
Truncas a pesar de haberlas sacado afuera con el dolor y la necesidad de un exorcismo. Palabras brutales, súplicas de amor, de dinero, frases intentando graficar un deseo, enviadas a cualquiera que un día significó mucho más que un suspiro. Cartas con fragmentos de canciones de Tom Waits.
Cartas regadas de poesía o -adrede y a despecho de quien nos procuró vergüenza y rabia- frías igual que un témpano flotando junto a un glaciar.
¿Duelen? Sí, duelen, por eso reincidimos.
Las palabras usadas en ese laberinto son un retrato del desenfreno, tal vez oscuro, complejo, no revelado en su totalidad, que en un tiempo nos atrapó y nos cobijó. Porque una carta es una declaración de intenciones, pero en lo absoluto un contrato. Una muestra breve de lo que somos capaces de concebir, suponer y crear.
Cuando no haya más cartas propias en el escondite secreto, cuando ya no tengamos ganas de revitalizar antiguas historias fantasmales (un sábado por la noche, por ejemplo) siempre quedarán las misivas de los otros. De exquisitas figuras del mundo de la literatura. ¿Por qué no? Su poesía perfumada en frenesí y hastío -las de F.S. Fitzgerald a Zelda y viceversa, las de Dylan Thomas, Malcolm Lowry-, o increíblemente graciosas -las de Julio Cortázar-, y por lo tanto más conmovedoras, hace las veces de canción de cuna, de pasaje hacia otro mundo.
Cartas que se transformaron en libros y en material público. Como estos singulares consejos de estilo de F.S. Fitzgerald a su hermana Annabel cinco años menor que él.
«Vístete con escrupulosa elegancia y olvídate después de tu apariencia personal. Hay que eliminar hasta la última arruga de cada media» y otro más perfecto aún: «Tienes que atenerte a tu tipo, no importa lo que se vea lindo en la tienda». O aquel dramático pedido de Zelda a Francis que invita morbosamente a leer más, a entrometernos en una fiesta cruel a la que no hemos sido invitados: «Quiero que me saques de aquí -de la Clínica Prangins en Nyon, Suiza-. Estás gastando tiempo, esfuerzo y dinero en llevarte lo poco que queda de nosotros».
Y, por supuesto hay más, porque lo que no ha sido dicho es que una vez que estamos en nuestro sábado y hemos encontrado las cartas correctas, ya no podemos dejar de leerlas hasta que la madrugada nos haya atrapado sin sueño y con los ojos ardiendo.
Entonces leemos para cerrar la jornada una carta de Jean Paul Sartre a Simone de Beauvoir: «Mi querido Castor. Hoy ha hecho buen tiempo y además recibí dos cartas suyas y además no diré que las noticias eran mejores, no, pero en fin, había noticias: en un gran mapa que había en la oficina de los oficiales vi unas banderitas que marcaban el frente. Así que me serené un poco. Pero qué amargas eran sus cartas mi pequeña flor, me partieron el corazón. Dios mío quisiera verla, una hora siquiera, y hablar con usted y tomarla en mis brazos, es tan angustiante sentirla allá lejos, absolutamente sola, y, por todo alimento, estas cartas mías obstinadamente serenas que llegan tres días después de haber sido escritas».
Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar
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