La educación desde el 2001

Gabriel Tamer

No existen respuestas concretas o concluyentes a los innumerables problemas que aquejan a la educación argentina. Entre las pocas certezas que tenemos, independientemente de todas las miradas que se puedan tener, es que, en nuestro país, las cosas en torno al universo escolar y educativo no están funcionando (o no como debieran) y que las medidas hasta ahora tomadas, evidentemente fracasaron. Las estadísticas anunciadas por el Observatorio Argentinos Por la Educación son prueba de esto; una enorme sobreedad (solo 53 estudiantes de cada 100 logra llegar al último año sin haber repetido antes) así como un nivel insuficiente en materias básicas para afrontar un nivel secundario (de los 53 mencionados solo 16 tienen un nivel aceptable -solo aceptable- de matemáticas y lengua). Ante la complejidad que esto significa ¿por dónde empezar? Asumir que existe un problema es, aunque sea, un punto de partida.

Existen coincidencias al ubicar en el año 2001, como el inicio de un período de caída estrepitosa en la calidad educativa, del aumento de la repitencia y el abandono. Lo cual, a su vez, se explica en la anomia económica vivida en esa década, tiempo más tarde y habiendo implementado cientos de programas educativos para alentar a los jóvenes a terminar el ciclo de enseñanza media, el problema continúa. Pero animar a un estudiante declarándolo capaz de lograr lo que se proponga, puede ser más complejo. El 2001 nos dejó muchas enseñanzas; principalmente destaco la de los profesores, quienes, recibiendo pagos a cuentagotas, trabajando en un clima política y económicamente hostil, también hacían de niñeros de preadolescentes, soportando ese plus de un malestar en el alumnado que se sumaba al ciclo vital que les era propio.

Eran climas de crisis propiamente dichos, de tensiones constantes, donde esa trasmutación de la función escolar de enseñanza a enseñanza-contención siguió vigente. La capacidad para transformar la realidad, al menos dentro de la escuela nunca faltaba, era uno de los tantos lemas (directa o indirectamente) que se repetían. Pero hasta los discursos de superación más esperanzadores, encontraban un freno fuera de la escuela: como las casas, los padres muy cansados y los pedidos de colaboración de estos últimos para las tareas cotidianas.

Muchos de esos factores externos, se volvieron excusas para muy de a poco, ir dejando ese espacio que buscaba contenerlos. La vuelta al hogar se sentía más real, más familiar, pero también hizo su gran aporte, la parte negativa de la educación de aquel entonces, la estigmatización de quienes repetían de año: siendo tomados muchas veces como traidores a ese sistema educativo que les ofreció una escuela gratis. Muchos de los padres, no habían logrado terminar estudios superiores, algunos ni siquiera la enseñanza media. Dos factores decisivos, entonces, ponían en cuestión el sentido de seguir en la escuela: la propia realidad del estudiante (con todo lo que ello implica) y la anomia económica que auguraba un futuro pésimo para cualquiera que se aventure a salir adelante. Los resultados negativos en las décadas siguientes fueron evidentes (y en aumento sostenido hasta los datos antes aportados). Ahora había que hacer que no repitan, ofrecerles trayectorias flexibles, pensar dos veces si se lo puede castigar por sus inconductas. Esto podría ser desarrollado densamente, y resulta a todas luces demasiado simplista, pero la extensión de una nota de este tipo impide algo más profundo.

Quiero entonces, volver sobre aquellos que no solo predicaban sobre actuar y transformar la realidad: plantear un posible ingrediente para añadir a ese discurso. Ser conscientes de que educar para la liberación como propondría Paulo Freire, significa que habrá frustraciones, que se desaprobarán exámenes, que no todo sale como se planea, que también se reciben golpes que desaniman o hacen replantear el seguir intentándolo. A esos profesores que educaban desde la esperanza, les faltaba enunciar algunos detalles: que transformar el mundo es un proceso, que no saber ni por dónde empezar, también es necesario para empezar. En definitiva, les faltó decir que habrá aflicciones.

Es necesario educar o intentar generar esa inteligencia emocional que nos hace tolerantes a esas frustraciones, tolerantes a los golpes o a esos “fuera de lugar” que no salen como esperamos; siempre como procesos largos, nunca como causas y efectos inmediatos o lineales. La inteligencia emocional también hace aprender de los errores o que el fracaso no es fracaso del todo si se logra rescatar algo del mismo, volver a intentarlo también produce dignidad. La Escuela también tiene que dar las herramientas para volver a levantarse o buscar otro camino. Tiene que ser un elemento central en ese adulto que el alumno observa para decidir si continúa su trayectoria a ese ciclo vital.

Pensar lo anterior no resolvería el problema, pero podría ser, aunque sea una herramienta de la cual disponer junto con tantas otras.

DNI 35.383.516

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