Chechenia en Boston

Redacción

Por Redacción

No bien se produjo el horrendo atentado terrorista contra quienes aplaudían la llegada de los participantes del maratón de Boston matando a tres personas, entre ellas un niño de 8 años, e hiriendo gravemente a muchas más, las redes sociales islamistas se llenaron de mensajes jubilosos, celebrando el hecho de que los habitantes de una tranquila ciudad norteamericana hubieran experimentado en carne propia lo que en tantas partes del mundo musulmán ya es una rutina macabra. En Estados Unidos la reacción fue muy distinta. Pocos querían ubicar la atrocidad en el contexto de un enfrentamiento entre su propio país y el islamismo. Antes bien, la mayoría de los políticos y los comentaristas más respetados expresaron su esperanza de que el atentado resultara ser obra de un norteamericano desequilibrado, por preferencia uno de raza blanca afiliado a una milicia extremista, no, como muchos ya sospechaban, de islamistas fanatizados, como en efecto parece haber sido el caso. Según las autoridades policiales, los terroristas fueron con toda probabilidad dos hermanos chechenos, integrantes de una etnia que ha aportado una cantidad notable de yihadistas despiadados a grupos afines tanto en el sur convulsionado de la Federación Rusa, donde la lucha feroz entre los rusos y los habitantes mayormente musulmanes de zonas del Cáucaso empezó hace más de dos siglos, y en Asia Central como en Irak, Afganistán, China occidental y otras partes del mundo. La actitud del gobierno norteamericano y sus simpatizantes se debe no sólo a la voluntad generosa de impedir que crímenes perpetrados por personas determinadas perjudiquen a los demás miembros de la colectividad a la que pertenecen sino también a la resistencia a tomar en serio la amenaza planteada por la guerra santa que está librando contra Occidente una minoría sin duda pequeña pero así y todo resuelta de más de mil millones de musulmanes. Creen que si insisten en que el islam es “la religión de la paz” se asegurarán la colaboración activa de todos los fieles exceptuando a los yihadistas mismos, pero hasta ahora los resultados han sido decepcionantes. Aunque es comprensible que el gobierno del presidente Barack Obama –como el de su antecesor, George W. Bush– y buena parte de la clase política y mediática de Estados Unidos sean reacios a brindar la impresión de creer que ciertas corrientes islámicas son más peligrosas que otros cultos religiosos, les está resultando cada vez más difícil pasar por alto la evidencia. Además de los ataques constantes contra objetivos occidentales en el mundo musulmán y el torrente de amenazas sanguinarias que a diario pronuncian religiosos islamistas, tienen que hacer frente a yihadistas en su propio país. A partir del atentado devastador contra las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington han procurado atribuirlos a los problemas psicológicos personales de los responsables, como hicieron al calificar de “violencia en un lugar de trabajo” la matanza de 13 militares en Fort Hood, Texas, que llevó a cabo un mayor médico que se proclamaba un “soldado de Alá”, pero las afirmaciones en tal sentido parecen deberse más al escapismo que a un esfuerzo inteligente por no exagerar las dimensiones del desafío planteado por el islamismo militante. En el transcurso de los últimos años las autoridades norteamericanas y europeas han logrado frustrar centenares, tal vez miles de atentados, pero, como acaba de recordarnos lo que sucedió en Boston, no siempre lograrán hacerlo, sobre todo si los terroristas no son miembros de una célula identificable sino individuos sueltos cuyos vínculos con organizaciones mayores se limitan a los posibilitados por internet. Como ya es habitual, los familiares y presuntos amigos de los hermanos chechenos dicen que les impresionaban como jóvenes muy amables, pacíficos y buenos alumnos que nunca soñarían con lastimar a nadie. Detectar a tales yihadistas antes de que siembren muerte y destrucción, ensañándose con civiles indefensos, no es del todo fácil. Tampoco lo será impedir que sus actividades terminen envenenando irremediablemente la relación entre el Occidente pluralista y el mundo musulmán en que, por desgracia, propende a intensificarse la influencia del islamismo militante.


No bien se produjo el horrendo atentado terrorista contra quienes aplaudían la llegada de los participantes del maratón de Boston matando a tres personas, entre ellas un niño de 8 años, e hiriendo gravemente a muchas más, las redes sociales islamistas se llenaron de mensajes jubilosos, celebrando el hecho de que los habitantes de una tranquila ciudad norteamericana hubieran experimentado en carne propia lo que en tantas partes del mundo musulmán ya es una rutina macabra. En Estados Unidos la reacción fue muy distinta. Pocos querían ubicar la atrocidad en el contexto de un enfrentamiento entre su propio país y el islamismo. Antes bien, la mayoría de los políticos y los comentaristas más respetados expresaron su esperanza de que el atentado resultara ser obra de un norteamericano desequilibrado, por preferencia uno de raza blanca afiliado a una milicia extremista, no, como muchos ya sospechaban, de islamistas fanatizados, como en efecto parece haber sido el caso. Según las autoridades policiales, los terroristas fueron con toda probabilidad dos hermanos chechenos, integrantes de una etnia que ha aportado una cantidad notable de yihadistas despiadados a grupos afines tanto en el sur convulsionado de la Federación Rusa, donde la lucha feroz entre los rusos y los habitantes mayormente musulmanes de zonas del Cáucaso empezó hace más de dos siglos, y en Asia Central como en Irak, Afganistán, China occidental y otras partes del mundo. La actitud del gobierno norteamericano y sus simpatizantes se debe no sólo a la voluntad generosa de impedir que crímenes perpetrados por personas determinadas perjudiquen a los demás miembros de la colectividad a la que pertenecen sino también a la resistencia a tomar en serio la amenaza planteada por la guerra santa que está librando contra Occidente una minoría sin duda pequeña pero así y todo resuelta de más de mil millones de musulmanes. Creen que si insisten en que el islam es “la religión de la paz” se asegurarán la colaboración activa de todos los fieles exceptuando a los yihadistas mismos, pero hasta ahora los resultados han sido decepcionantes. Aunque es comprensible que el gobierno del presidente Barack Obama –como el de su antecesor, George W. Bush– y buena parte de la clase política y mediática de Estados Unidos sean reacios a brindar la impresión de creer que ciertas corrientes islámicas son más peligrosas que otros cultos religiosos, les está resultando cada vez más difícil pasar por alto la evidencia. Además de los ataques constantes contra objetivos occidentales en el mundo musulmán y el torrente de amenazas sanguinarias que a diario pronuncian religiosos islamistas, tienen que hacer frente a yihadistas en su propio país. A partir del atentado devastador contra las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington han procurado atribuirlos a los problemas psicológicos personales de los responsables, como hicieron al calificar de “violencia en un lugar de trabajo” la matanza de 13 militares en Fort Hood, Texas, que llevó a cabo un mayor médico que se proclamaba un “soldado de Alá”, pero las afirmaciones en tal sentido parecen deberse más al escapismo que a un esfuerzo inteligente por no exagerar las dimensiones del desafío planteado por el islamismo militante. En el transcurso de los últimos años las autoridades norteamericanas y europeas han logrado frustrar centenares, tal vez miles de atentados, pero, como acaba de recordarnos lo que sucedió en Boston, no siempre lograrán hacerlo, sobre todo si los terroristas no son miembros de una célula identificable sino individuos sueltos cuyos vínculos con organizaciones mayores se limitan a los posibilitados por internet. Como ya es habitual, los familiares y presuntos amigos de los hermanos chechenos dicen que les impresionaban como jóvenes muy amables, pacíficos y buenos alumnos que nunca soñarían con lastimar a nadie. Detectar a tales yihadistas antes de que siembren muerte y destrucción, ensañándose con civiles indefensos, no es del todo fácil. Tampoco lo será impedir que sus actividades terminen envenenando irremediablemente la relación entre el Occidente pluralista y el mundo musulmán en que, por desgracia, propende a intensificarse la influencia del islamismo militante.

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