Chernobyl

por TOMAS BUCH

Por Redacción

Especial para «Río Negro»

El 26 de abril de 1986 ocurrió el peor accidente nuclear de la historia, tan grave que ha sido comparado –en forma exagerada– con los ataques nucleares a Hiroshima y Nagasaki. Es imprescindible que este aniversario inspire muchas reflexiones, tanto a los que se oponen al uso de la energía nuclear –en buena medida debido a aquel accidente– como a los que defendemos su uso y afirmamos que es casi imposible que haya un nuevo Chernobyl mientras que el cambio climático ya es una grave realidad.

Chernobyl sin duda marcó un «antes y un después» en la confianza (aun de parte de muchos especialistas) en la seguridad absoluta de la energía nuclear, antes –aunque erróneamente– ya sacudida por el accidente de Three Mile Island, donde en 1979 se fundió el núcleo de una central que quedó destruida pero sin producir víctimas ni dejar efectos fuera de la central misma. Ahora, que por el cambio en el clima está renaciendo el interés y cediendo un tanto el rechazo por la energía nuclear, es más necesario que nunca saber qué pasó en Chernobyl y evaluar si un accidente así podría repetirse en cualquier parte del mundo,tal vez hasta en nuestro país, donde existe la decisión de poner en servicio la tercera central, Atucha II, lo antes posible.

Para entender los fenómenos a veces son útiles las parábolas y las metáforas. La que describe Chernobyl sería así: se quieren probar los frenos de un ómnibus, de los que se sospecha que pueden tener defectos. Para hacer ese ensayo se coloca el vehículo en la cima de una cuesta empinada, se corta su dirección, se lo llena de niños de escuela y se lo lanza cuesta abajo tratando de frenar para ver si se detiene. No se detuvo.

Esta parábola suena a completamente ridícula, pero no es exagerada. No hay error o imprudencia que se haya dejado de cometer en Chernobyl, empezando por los conceptos básicos de diseño mismo de la versión original de los reactores RBMK soviéticos y terminando con un código de procedimientos mal hecho, que algunos de los participantes de las experiencias que condujeron a la explosión ni siquiera conocían y que otros no cumplieron. Después, para completar el cuadro, se tomaron medidas de mitigación erróneas que sirvieron para aumentar el terror de los afectados aún más.

Cuando se trata de un sistema complejo, sea un avión o una central nuclear, normalmente se toma una larga serie de recaudos. Se sabe que ese sistema debe estar hecho a prueba de errores porque toda falla puede ser muy grave para personas o bienes. Esos recaudos comienzan en la etapa del diseño, en el que se introducen toda clase de precauciones y se analiza, dentro de lo humanamente posible, todo lo que puede andar mal; se instrumentan las maneras de evitar que falle y se programa detalladamente qué hacer en el caso de que esto suceda. El reactor ruso tenía fallas de diseño que ya habían provocado un accidente menor en Leningrado; pero este preaviso no fue escuchado. Los recaudos continúan en la construcción, durante la cual se toman todas las medidas para que no haya defectos, se hacen constantes controles de calidad y se rechazan y retrabajan las piezas que presenten fallas mínimas. Luego viene la puesta en marcha, que se hace paso a paso y probando cuidadosamente cada componente antes de ponerlos a funcionar todos juntos, que es el momento en que el sistema comienza a prestar el servicio para el que fue construido. Paralelamente se establecen los procedimientos de operación, teniendo en cuenta todas las características del sistema y minimizando la intervención humana para evitar el «error humano», tantas veces empleado como comodín para explicar fallas sistémicas. Mientras tanto se entrena al personal y se lo educa severamente para que por ningún motivo deje de cumplir cada paso de los procedimientos indicados, aunque parezcan fastidiosos. Todo esto constituye lo que se conoce como la «cultura de la seguridad», que es elemental y eficaz para evitar accidentes. En nuestro país se respeta esta cultura sorprendentemente bien: el único accidente nuclear fatal que tuvo la CNEA se debió a que la víctima se salteó voluntariamente algunos de los pasos obligatorios del proceso de parar un pequeño reactor (la facilidad crítica RA2). Tuvo tiempo de arrepentirse antes de morir.

Es probable que jamás se conozcan en detalle todas las consecuencias de la ca

tástrofe de Chernobyl. Hubo relativamente pocas víctimas directas, que recibieron dosis fatales de radiación. Pero luego hubo un número grande de víctimas indirectas, cuya cantidad es imposible de determinar. Seguramente hubo más casos de cáncer que los habituales (aunque no debemos olvidar que un 25% de todos los habitantes de países relativamente desarrollados morirá de cáncer de todos modos…). Sin embargo no hay con qué comparar los datos que ahora se obtienen, porque la URSS nunca produjo estadísticas exactas ni confiables. Cuando explotó la central Chernobyl 4 primero escondió datos y después tomó medidas exageradas, por ignorancia o por razones políticas. Cuando decidió medidas de evacuación, lo hizo en una zona que incluía regiones de mucho menor contaminación que los límites de riesgo establecidos por los expertos, con lo cual aumentó el miedo, aunque el problema logístico de evacuar totalmente en pocas horas Pripyat, una ciudad de 50.000 habitantes, fue bien resuelto. Esta «ciudad fantasma» ahora podría repoblarse, pero –como es entendible– nadie quiere ir a vivir allí.

Muchos de los datos reales son muy difíciles de establecer. Se evacuó en forma permanente e innecesaria a una gran cantidad de personas y se las expuso a un estrés formidable, que ocasionó otras víctimas que no recibieron irradiación o sólo la recibieron en dosis poco significativas. En cambio, paradójicamente, los pocos habitantes rurales que se negaron a abandonar sus casas no sufrieron daños dignos de mención. Pero el miedo también mata: es seguro que la mayoría de las víctimas de Chernobyl que murieron prematuramente lo hicieron por diversas causas inmediatas, pero en el fondo por el temor a haber sido irradiados y por entregarse a una muerte que creyeron segura. En la población evacuada aún se notan síntomas psicológicos de todo tipo, población que además sufrió toda clase de impactos estresantes, no en último lugar la descomposición de la URSS y el hecho de que la zona directamente afectada haya quedado dividida entre no menos de tres países distintos: Ucrania, Belarus y la Federación Rusa.

Hay casos concretos de muertes innecesarias: se practicaron miles de interrupciones voluntarias de embarazos porque los padres temían que sus hijos por nacer podían haber sido irradiados. La realidad de los temidos efectos de las radiaciones sobre los fetos es que en muchos casos son fatales y que sólo en el segundo o tercer mes del embarazo existen serios riesgos de malformaciones, de las que algunas se han producido. Por eso no se sacan radiografías a las mujeres embarazadas. Pero las fantasías sobre monstruos mutantes y peces de tres ojos son sólo eso: fantasías inspiradas por el terror. Terror que, por supuesto, es plenamente respetable y que debe ser respetado con humildad por los expertos, cosa que no siempre hacen; su función no debe estar guiada por la soberbia del que «sabe» sino por la humildad del docente que debe explicar lo que sabe para que la gente pueda tomar sus decisiones en forma racional y no empujados por la demagogia de los fanáticos: los contrarios a la energía nuclear pero también los partidarios incondicionales y acríticos.

Como la cifra de muertes fue relativamente reducida, su número exacto es en cierta medida irrelevante: no se trata de un fenómeno cuantitativo porque se trata de vidas humanas, y cien víctimas no son moralmente menos que 4.000. Lo que no es irrelevante es que se haya jugado con el miedo, haciendo las afirmaciones más aventuradas sobre el número de víctimas: se llegó a citar como víctimas fatales la cifra anual total de fallecimientos por todas las causas en toda la República de Ucrania. Este dato da una idea de las exageraciones lanzadas al aire por actores que no he de calificar. En el extremo opuesto, están los fanáticos para los que «víctimas» son sólo aquellas aproximadamente 30 que murieron inmediatamente por irradiación directa y unos 50 que lo hicieron después por causas atribuibles directamente a la radiación –entre ellos algunos de los 500.000 «liquidadores», sobre todo soldados, que fueron llevados a remediar lo más grueso de los efectos de la explosión–. Pero no es honesto declarar al accidente inocente de las demás víctimas, los desplazados, los que perdieron todos sus bienes y sus perspectivas de vida y a quienes el accidente destruyó sin matarlos.

No está de más decir que se realizaron –y se siguen realizando– los estudios más exhaustivos sobre las consecuencias humanas y ecológicas del accidente por parte de un consorcio formado por el Organismo Internacional de Energía Atómica, la Organización Mundial de la Salud, la Organización Meteorológica Mundial, la Comisión Europea, el Departamento de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas, UNSCEAR, el organismo específico de las UN sobre efectos de las radiaciones, la OECD y la FAO. La primera edición del informe se hizo a los 10 años del suceso, y en ese momento la radiación ya había alcanzado niveles casi normales en las zonas más alejadas. El grupo realiza evaluaciones periódicas y, en marzo de 2006, se estimaba que unas 4.000 personas podrían morir prematuramente a consecuencia del accidente. Esta cifra se debe comparar con el 25% de toda población relativamente «desarrollada» que morirá de todos modos de cáncer. En Chernobyl queda el «sarcófago», un enorme bloque de hormigón con el que se envolvieron los restos del reactor accidentado para que no siga arrojando radiactividad al aire, y cuya estanqueidad está cuestionada y preocupa a las autoridades.

En cambio, en las zonas rurales no inmediatamente aledañas los niveles de radiactividad han descendido a valores casi normales y, como grandes partes de la zona, han sido declaradas inaptas para la habitación humana. La naturaleza salvaje se ha vuelto a apoderar de extensas zonas, sin efectos perceptibles, al punto de que se está estudiando hacer allí una zona natural intangible por razones de protección ambiental y no porque sea peligroso penetrar en ella. En algunos animales se han detectado algunas mutaciones a nivel del DNA, pero no tienen efectos sobre su vida, que prospera en ausencia del peor depredador, el humano. Claro que los pescados de sus ríos aún tienen niveles de radioisótopos mayores a los recomendables para su consumo, pero animales y plantas crecen sin malformaciones.

¿Cuáles son las conclusiones que podemos extraer hoy, a 20 años de distancia, del terrible accidente del reactor de Chernobyl? Casi todas ellas se han extraído: la primera fue el rediseño de los reactores RBKM mismos, de los cuales subsisten unos cuantos en territorios de la ex URSS y que nunca se hubieran liberado a funcionar en Occidente. De esta manera incluso ese tipo de reactores –que tienen el inflamable grafito como moderador y carecen de esfera de contención, que es imprescindible en todos los reactores occidentales– es ahora mucho más seguro que hace 20 años. A consecuencia de Chernobyl se han reforzado las medidas de seguridad en todas las centrales, evitando los defectos inherentes a aquel diseño. Pero gran parte de la tragedia humana subsiste, aunque la naturaleza misma se reponga más rápidamente que la sociedad humana.


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