Cinco monólogos
La noche del domingo, cinco de los seis sobrevivientes de las PASO, Mauricio Macri, Sergio Massa, Margarita Stolbizer, Adolfo Rodríguez Saá y Nicolás del Caño, nos aseguraron que son buenas personas a quienes les importa mucho la pobreza, están preocupadas por las deficiencias de sistema educativo y son conscientes de la necesidad de impedir que la corrupción y el delito sigan provocando más estragos. Quieren que la Argentina sea un país mucho más rico y más equitativo de lo que es, uno en el que los asalariados no tengan que abonar demasiados impuestos y que pronto disfrute de una tasa de crecimiento que sea decididamente mayor a la registrada últimamente. No coincidieron en todo: el trotskista Del Caño se propuso estatizar buena parte de la economía para que la manejen “los trabajadores”, mientras que los demás participantes del debate presidencial no manifestaron mucho interés en dicha alternativa, pero así y todo no gastaron tiempo diciéndole que, a juzgar por la experiencia universal, era una idea muy mala. Con todo, si bien todos se permitieron criticar el desempeño de ciertos rivales con la esperanza de anotarse un par de puntos a costa suya –el blanco preferido era Macri porque, de los cinco, es el que lidera las encuestas y durante años ha estado a cargo de la capital federal–, el clima imperante resultó ser más armonioso de lo que suele ser el caso cuando los partidos principales de países como Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania y Francia celebran sus asambleas anuales, ya que, con la eventual excepción del trotskista admirador de las hazañas sanitarias de la dictadura cubana, todos pudieron haber sido miembros de la misma agrupación. También podría haberlo integrado el candidato oficialista Daniel Scioli, puesto que hay motivos para suponer que en el fondo comparte el consenso de que sería bueno que se resolvieran de manera indolora los problemas más urgentes del país. La ausencia de Scioli, atribuible, según él, a que aquí los debates propenden a ser “agresivos”, no lo habrá perjudicado mucho. Tampoco habría servido para que los otros presidenciables se animaran a decirnos lo que harían para conseguir los objetivos loables que se han propuesto, tema este que, por razones comprensibles, optaron por eludir. Es muy fácil hablar de créditos para millones de viviendas, jubilaciones menos magras que las ya tradicionales, sueldos mínimos para todos y todas, desempleo cero y pobreza ídem, beneficios impositivos generalizados, grandes planes de infraestructura y, desde luego, una lucha en serio contra la inflación, pero por desgracia no lo es explicar cómo financiar tales proyectos en un país con pocas reservas que hasta nuevo aviso quedará excluido de los mercados crediticios internacionales. Los cinco participantes del debate, además del coyunturalmente ausente, parecen creer que aún estamos en el 2003, en vísperas del boom de los commodities que modificó radicalmente las perspectivas de un país que acababa de someterse a la madre de todos los ajustes y por lo tanto estaba en condiciones de aprovechar por un rato las oportunidades así posibilitadas. Sin embargo, como los más realistas entenderán, no hay señales de que estén por producirse en el exterior cambios que podrían beneficiarnos. Por el contrario, la ralentización del crecimiento chino, la profundización de la crisis económica y política brasileña, más la probabilidad de que la Reserva Federal de Estados Unidos aumente la tasa de interés, lo que desataría una “huida hacia la calidad” de dinero que de otro modo permanecería en los países emergentes, hace prever que para nosotros los años próximos sean mucho más difíciles que los anteriores. ¿Están preparados Scioli, Macri y Massa para tal eventualidad? Puede que lo estén, pero en el debate del domingo los dos opositores, y en sus discursos de campaña el oficialista, se muestran reacios a aludir a las dificultades económicas que aguardan al triunfador de la carrera presidencial. En cuanto a otros problemas graves, como los planteados por la corrupción, la inseguridad ciudadana y el avance ominoso del narcotráfico, todos coincidirían en principio en que hay que combatirlos, pero aun cuando el eventual sucesor de Cristina resultara estar resuelto a tomarlos en serio, las dificultades económicas y por lo tanto sociales que encontraría a su llegada al poder lo obligarían a actuar con mucha cautela.