Cuando la violencia se hace cotidiana

Carlos Ñanculeo*

Es preocupante que haya logrado establecerse como un fenómeno tolerable con el que -pareciera- podemos convivir sin mayores inconvenientes, más que horrorizarnos ocasionalmente.

La violencia se manifiesta de distintas formas. Todas y todos formamos parte de su entramado o puesta en escena. Por consiguiente y en forma eventual podemos ocupar cualquiera de los dos roles principales o alguno de los secundarios que suelen desplegarse. Así en ocasiones somos víctimas, en otras victimarios y en otras somos el entorno que observa o interviene más activamente.

La violencia es un fenómeno multidimensional tan cotidiano que está integrado a nuestra vida de manera natural, es un comportamiento aprehendido en nuestra vida en sociedad, incluso convivimos con ella casi con indiferencia, muchas veces sin siquiera poder identificar las formas en que se manifiesta en cada uno de nosotros.

En este artículo nos referiremos al concepto en sentido amplio: no sólo cuando se expresa desde lo físico sino también de otras formas, ya que hay tipos de violencia como la gubernamental, por ejemplo, que mantiene a los pueblos oprimidos, en estado de abandono, letargo o cuando implementan políticas que generan pobreza estructural.

Aunque la etimología de la palabra violencia implica “llevar o aplicar la fuerza a algo o alguien”, consideramos que no se limita a la aplicación de la fuerza física puesto que -de lo contrario- hay otras formas de violencia que quedarían fuera del concepto. Un claro ejemplo es la discriminación.

Hemos observado que en estos últimos años y en sus múltiples formas la violencia ha comenzado a ser parte de nuestra cotidianidad de manera más habitual y con mayor presencia en el escenario social. Esto es preocupante puesto que ha logrado establecerse como un fenómeno tolerable con el que -pareciera- podemos convivir sin mayores inconvenientes y sin otras consecuencias más que horrorizarnos ocasionalmente y por breve tiempo, por algunas situaciones que ocurren, siempre y cuando las mismas les sucedan a los demás.

Consideramos que ello es producto de la crisis de valores que ha ido corrompiendo, trastocando y confundiendo lo que es valioso con lo que no lo es.

Los medios de comunicación y fundamentalmente la televisión han contribuido favorablemente en dicho proceso corrosivo. La imagen televisiva y sus mensajes que incitan a la violencia ingresan por igual a todos los hogares, sin considerar que es formadora de opinión, constructora de ideologías y que influye subrepticiamente en el comportamiento humano. Es decir que contribuye en que se naturalice la violencia y que hechos que deberían ser considerados reprochables sean estimados como graciosos y hasta costumbristas.

Se va constituyendo, respecto de la violencia, un imaginario social que coadyuva a que se minimicen algunos hechos y contribuye a que ésta se establezca sin dificultades. No obstante lo expuesto, no hay que olvidar que éste es un fenómeno multidimensional, por lo que no podemos atribuir la génesis del incremento de la violencia y sus diferentes expresiones sólo a la televisión. Sería un análisis erróneo, recortado y tendencioso.

Hay violencias que se ejercen sobre el cuerpo de las personas y en esas ocasiones suele quedar la huella del maltrato. Pero hay otros tipos de violencia que no se aplican sobre el cuerpo físico y, por lo tanto, no dejan señales corporales. Sin embargo, contribuyen en el deterioro cognitivo y una de las funciones afectadas es la mnésica.

La función mnésica refiere a la aptitud para conservar en la memoria acontecimientos del pasado y poder rememorarlos tiempo después. Está comprobado que los sucesos traumáticos (entre ellos la violencia) suelen alterar los recuerdos y provocar lo que se conoce como hipomnesia, que es la disminución de la capacidad para la remembranza.

Tal como expresa Susana Velázquez: “Todo ataque al cuerpo es un ataque a la identidad y a la subjetividad. La violencia sistemática arrasa con la subjetividad, es decir con aquello que nos constituye como personas. En consecuencia, consideraremos al hecho violento un hecho traumático que deja marcas físicas y un profundo dolor psíquico”.

Por consiguiente, la situación traumática deja su marca en las personas y genera perturbaciones en la organización psíquica.

Por ello es necesario acompañar a cada persona violentada y brindarle la posibilidad de que resignifique el hecho traumático padecido; que dicha resignificación permita transformar la circunstancia dolorosa en una situación factible de ser meditada, puesta en palabras, sin padecimientos, sin sometimientos, sin el dolor que impone el trauma.

En definitiva, contribuir para que quien padeció el episodio perturbador no permanezca en el rol de víctima y pueda emerger fortalecido/a de la situación. Si la resignificación no es posible, la persona quedará atrapada en la situación traumática y aparecerán en escena otros trastornos que complicarán aún más su estado.

*Especialista en Trabajo Social Forense de Roca


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