Cuba prohíbe las películas y los videojuegos

Por Redacción

El gobierno de Raúl Castro prohibió, sorpresivamente, la operación –en todo su territorio– de cientos de pequeños cines privados que habían florecido, en los que se exhibían películas recientes (incluyendo 3D) y se permitía usar los videojuegos. La disposición exigió el cierre inmediato de todos los locales en los que ese pequeño negocio se estaba llevando a cabo. Estos cines no estaban –es cierto– específicamente mencionados dentro de la lista de un par de centenares de actividades independientes que ahora son permitidas a los inversores privados. En Cuba no hay derechos adquiridos que puedan invocarse en situaciones como ésta. Quienes habían invertido en este negocio perdieron de pronto sus pequeños ahorros o capitales. Y quedaron absolutamente desprotegidos. En general, como esos cines estaban en rigor en una suerte de “zona gris”, sus actividades se disimulaban con la obtención de algunas licencias para restaurantes, para lo cual, simultáneamente con las películas que se proyectaban, los locales ofrecían a los clientes algunas bebidas y refrigerios. La dura decisión de cerrarlos la tomó el propio Consejo de Ministros de Cuba, el órgano más alto del gobierno de la isla. Los cines privados eran naturalmente los preferidos por el público, que no siente atracción alguna por concurrir a los cines que, como casi todo, son de propiedad del Estado. Ellos están “venidos a menos” y exhiben películas viejas, sin mayor atractivo. La decisión que comentamos, como suele suceder, fue anticipada por una nota editorial publicada en el diario de la Juventud Comunista (“Juventud Rebelde”), en la que se tildaba a los locales ahora prohibidos de lugares “frívolos, mediocres y banales”. Una suma de “pecados mortales”, entonces. Cual aviso previo, esa nota fue seguida de la orden declarando expresamente la ilegalidad de esta actividad. De no creer. Quizás la verdadera razón haya sido la de evitar lugares de reunión en los que es difícil para los servicios de seguridad poder determinar qué es lo que ocurre y qué es lo que allí se habla o discute. Para muchos, esta medida elimina –de cuajo– uno de los puntos de concentración nocturna de la juventud más populares y tendrá como consecuencia inevitable que los afectados vuelvan a deambular por las calles, con todos los peligros que ello obviamente entraña. Una verdadera pena y una demostración de hasta donde se restringen las libertades efectivas de los cubanos, más allá de los discursos y de la retórica. Un empujón hacia la tristeza, en consecuencia. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional

GUSTAVO CHOPITEA (*)