de Beder
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Para asombro de los demás integrantes de la clase política y, es de suponer, del obispo Marcelo Colombo que lo había amonestado, el mandatario riojano Luis Beder Herrera confesó haber pecado al repartir dádivas entre los necesitados para que lo votaran y pidió perdón por haberse prestado a tamaña barbaridad, jurando que en adelante se comportaría como es debido. Así y todo, el kirchnerista se negó a abandonar la gobernación; se arrepintió, eso sí, pero no tanto. Aunque Beder reconoce que fue gracias a aquellos termotanques, heladeras, materiales de construcción y hasta taxis nuevos, además de cositas como contratos laborales, pensiones y sobres con dinero –que según se informa sus laderos regalaron a comprovincianos que de otro modo pudieron haber respaldado a candidatos opositores– que en las elecciones de 27 de octubre el Frente para la Victoria logró derrotar por apenas 770 votos a la UCR, no se ha propuesto ir al extremo de permitir que se celebren nuevos comicios. ¿Por qué hacerlo? Parecería que fueron genuinos los votos obtenidos por el oficialismo luego de sobornar descaradamente a los considerados dispuestos a vender su apoyo al mejor postor. Asimismo, aunque los radicales se hayan declarado víctimas de una vil estafa electoral no sólo por los métodos proselitistas empleados por el oficialismo local sino también porque sospechan que los encargados de contar los votos lo hicieron al estilo del Indec, saben que no prosperarán sus intentos de modificar los resultados. Sea como fuere, tanto el clientelismo esperpéntico que fue practicado por los kirchneristas en La Rioja como el imprevisto pedido de disculpas del responsable formal de la fiesta consumista que se las arreglaron para organizar han servido para llamar la atención al atraso político, cultural y social de amplias zonas del país. Por cierto, no se limita a La Rioja la compra de votos por operadores inescrupulosos que desprecian al electorado. De forma tal vez menos explícita, actúan del mismo modo los operadores de distintas agrupaciones populistas en los barrios destartalados del conurbano bonaerense, en muchas partes de la Patagonia y, desde luego, en las provincias paupérrimas del norte del país. Puede que en la mayoría de los distritos los encargados de coleccionar votos a cambio de beneficios no sean tan generosos con el dinero aportado por los contribuyentes como los peronistas riojanos, pero no se sentirán inhibidos por nociones éticas raras o porque respeten a “los humildes”. Antes bien, son más austeros sólo porque “la Nación” no les entrega bastante plata o, lo que en muchos casos será más probable, porque no les gusta desprenderse de una proporción excesiva de los fondos cuantiosos que, en nombre de la democracia, la ciudadanía invierte en actividades políticas. Como muchos se enteraron hace treinta años, cuando los flamantes senadores, diputados y concejales empezaban sus tareas legislativas luego del entreacto militar otorgándose un aumento impresionante a sus propios ingresos, asegurándonos que lo habían hecho con el propósito de prestigiar la democracia, en la Argentina el orden así homenajeado dista de ser barato. Puesto que en aquella oportunidad pocos protestaron, desde entonces políticos de todas las variantes concebibles insisten en que sugerir que convendría gastar menos en sus actividades es de por sí antidemocrático. En adelante, les sería rutinario emplear la palabra “democracia” como un misil para herir a quienes se les oponen. Entre los blancos recientes de las andanadas que han disparado los que piensan así están los medios periodísticos aún independientes y aquellos jueces que son reacios a convalidar todas las iniciativas oficiales. A sabiendas de que la mayoría quiere que el país sea democrático, les parece lógico afirmar que, en el fondo, protestar contra la corrupción o el enriquecimiento difícilmente explicable de tantos dirigentes y funcionarios equivale a afirmarse a favor de una dictadura militar. Como es notorio, mantener a quienes viven de la política en el estilo al que tantos se han acostumbrado cuesta muchísimo dinero. Para defender los derechos que han sabido adquirir, los profesionales no vacilan en calificar de enemigos de la democracia a quienes señalan que es absurdo que resulte mayor el presupuesto legislativo de provincias como Formosa que el de su equivalente de Baviera, una jurisdicción alemana que es casi doscientas veces más rica, como se denunció hace una década sin que a nadie se le ocurriera emprender reformas. De más está decir que no sólo se trata de los abusos perpetrados por personajes como Beder y sus muchos congéneres en distritos en que los votantes están habituados a tales aberraciones y que, a juzgar por los resultados, premian a quienes más les dan. El “modelo” socioeconómico que reivindica con pasión su jefa máxima, la presidenta Cristina, se basa en los mismos principios perversos. En efecto, nunca ha sido un secreto que el gobierno nacional ha manejado la economía conforme a pautas netamente electoralistas, mofándose de las advertencias de los preocupados por el despilfarro insensato de recursos que deberían usarse para que el país consiga recuperar el mucho terreno que ha perdido en los más de sesenta años que han transcurrido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, toda vez que hubo señales de que el electorado podría darle la espalda, el gobierno ha impulsado el consumo con vigor renovado con el propósito indisimulado de comprar votos, razón por la que pudo darse por descontado de antemano que el “año electoral” que está por terminar se caracterizaría por la irresponsabilidad económica. Asimismo, para congraciarse con los votantes, desde el 2003 el gobierno nacional y los provinciales han creado una cantidad fenomenal de empleos públicos sin por eso mejorar el desempeño del Estado, cuya “ausencia” sigue motivando protestas. Pero, desafortunadamente no sólo para los millones de personas que, para sobrevivir, dependen de la magnanimidad de políticos dadivosos, sino también para muchas otras que no han recibido nada salvo los beneficios de los subsidios energéticos con que los kirchneristas esperaban seducir a la clase media urbana, la gran caja gubernamental está quedando vacía. No habrá forma de llenarla a menos que, milagrosamente, se triplicara o cuadruplicara el precio internacional de la soja. Está acercándose, pues, la hora en que sean inevitables los ajustes que tantos, comenzando con Cristina, temen, lo que garantiza que los años próximos serán sumamente agitados.