De Tito Livio a Trump: ¿es posible el MAGA?
“Make American Great Again” no fue inventada por Trump, pero él la reconfiguró como identidad política. la historia es cruel. No registra retornos de una superpotencia a la época del esplendor.

Es habitual ver al presidente de los Estados Unidos usando una gorra de color rojo intenso que lleva al frente, de forma destacada, la palabra “MAGA”, acrónimo de “Make America Great Again”, en español: “Hagamos nuevamente fuerte a los Estados Unidos”, al parecer idea principal de su proyecto político.
La imagen publicitaria puede parecer ingenua, quizá kitsch, para un potente mensaje político. Las estéticas imperiales de Roma, la España de los Reyes Católicos, la URSS, hitleriana, británica, francesa, del Gengis Khan, China, etc. tenían otra grandeza; pero puede que así sea la estética de un imperio populista. Teniendo en cuenta que, en general, no se considera que Trump posea una formación intelectual clásica profunda, no es fácil ver, a primera vista, que relación ideológica puede haber entre su pensamiento y el de Tito Livio, el historiador romano del primer siglo de nuestra era.
Y sin embargo…
Retrocedamos un poco. Tito Livio fue un fino intelectual romano, nacido alrededor del año 50 A.C. Es el historiador de Roma por excelencia y escribió una obra monumental en 142 libros, de los cuales solo se conservan 35, aunque suficientes para conocer sus ideas fundamentales. Consideraba que Roma era una criatura directa de los dioses y que tenía como deber fundamental civilizar a los demás pueblos, haciendo uso de la violencia cuando fuera necesario.
“Si algún pueblo puede presentar un origen sagrado y apuntar a una paternidad divina, esa nación es Roma. Porque tal es su fama en la guerra, que elige a Marte como propio padre y fundador; los demás pueblos acepten con paciencia esta declaración, así como aceptan nuestro poderío.” Tito Livio la exaltaba como creación divina y regente ético-política de las naciones; San Pablo, en cambio, le quitaba todo valor cualitativo en su carta a los Gálatas (3:20): “Ya no hay griegos ni judíos, esclavos ni libres, varón ni mujer…”. Es decir, atravesaba toda distinción de pueblos, clases o género humano. Uno jerarquiza la pertenencia; el otro rechaza toda clasificación.
La frase de Tito Livio no es un halago ni un festejo del encumbramiento de Roma, sino un llamado al mito como fundamento de un proyecto socio-político, destinado a establecer la justificación divina de la hegemonía romana. No es un recurso retórico: es un acta fundacional.
A lo largo de la historia puede rastrearse una continuidad filosófica que ancla la dominación imperial en la idea de que la fuerza no es solo un instrumento del poder, sino también un vehículo moral y civilizatorio. En Tito Livio, la expansión romana es legítima porque porta orden, virtud y beneficios para todos frente a la barbarie.
Esa misma lógica de superioridad moral -secularizada, racionalizada y a menudo bendecida por el cristianismo- fue adoptada por el pensamiento ilustrado y, con los ropajes adecuados, recorre la historia como una serpiente subterránea. De Roma salta a los imperios “sacros” o “dinásticos”, se hace cristiana o musulmana, prusiana, alemana, culturalmente francesa, técnicamente inglesa. Y allí permanece agazapada.
En Inglaterra fue obligada a reaparecer cuando las trece colonias del norte de América reaccionaron contra los impuestos excesivos de la Corona. Una mayor flexibilidad económica habría desarmado los primeros levantamientos, pero la voracidad fiscal y la negativa a reducir la explotación llevaron a Inglaterra a elegir el camino de la guerra: el último argumento de los reyes.
La demora inglesa en movilizar su poderosa fuerza armada dio tiempo a los rebeldes para buscar ayuda europea, especialmente de Francia, que aportó barcos, armamento, soldados y financiación. España y los Países Bajos también colaboraron.
Sale Inglaterra, llega EE.UU.
La coalición revolucionaria se impuso, el Imperio inglés se retiró, y el 4 de julio de 1776 nació el primer país revolucionario democrático de América.
Ya en 1620, el barco Mayflower había desembarcado en Massachusetts a los Padres Fundadores, ingleses que emigraron en busca de una vida mejor. Muchos traían entre su carne los huevos de la serpiente: se expandieron rápidamente y formaron colonias prósperas, de activa vida democrática, pero teñidas de un velado racismo al considerarse el “pueblo elegido” por Dios, con el derecho de imponer su moral y su ética.
Un poeta colonial, Rudyard Kipling -nacido en la India, voz luminosa y cínica de la Inglaterra victoriana- celebró la conquista de Filipinas por Estados Unidos y publicó su famoso poema “La carga del hombre blanco”, alentando a los norteamericanos a continuar el impulso imperial bajo el signo del deber moral. El eco de Tito Livio resonaba otra vez: la misión divina convertida en deber civilizatorio.
En el siglo XIX, Tito Livio cruza el Atlántico y se disfraza de Thomas Jefferson, quien en una carta a John Adams (1823) escribe: “No está lejano el día en el que podamos exigir que América no sea considerada en adelante como sujeta a la colonización europea.” Jefferson anticipaba así la doctrina de Monroe: “América para los americanos”.
Theodore Roosevelt, más tarde, envolvió el garrote imperial en un pañuelo de encaje: “Habla suavemente y lleva un gran garrote”. Nacía la política del Big Stick.
Con Woodrow Wilson, esa herencia adquirió un tono mesiánico: Estados Unidos debía “hacer al mundo seguro para la democracia”. La antigua misión de “civilizar” se transformó en la de “democratizar”, con distinto lenguaje pero el mismo impulso moral y la misma convicción de superioridad política-militar.
Ronald Reagan lo elevó a poesía religiosa: “América es una ciudad brillante sobre una colina”.
Y en el siglo XX, George W. Bush invocó el mismo mandato divino para justificar la invasión de Irak, con el propósito de “liberar al pueblo oprimido y desactivar las armas de destrucción masiva”, que paradójicamente habían sido provistas por Estados Unidos y aliados cuando Hussein era su amigo.
De modo que Trump no tuvo que buscar muy lejos para hallar el eslogan de su proyecto político.
Viene de lejos en la distancia y en la historia la síntesis de Tito Livio, que cambia de pasaportes, lenguas y ropajes, y que sabe adormecerse para reptar nuevamente cuando las condiciones son favorables.
El eslogan existe.
Ahora bien, ¿no deberíamos preguntarnos si el proyecto también es viable?
¿Qué es el MAGA?
Este acrónimo es la denominación del proyecto político del presidente Trump y por su intención expansionista merece ser comparado con la definición de Tito Livio sobre el poder de Roma. La primera diferenciación es que mientras Tito Livio habla desde la cúspide del poder recordándoles crudamente a los demás pueblo su vasallaje al poderío romano, Trump, en cambio, plantea una convocatoria para volver a lo que imagina una época de oro de los Estados Unidos.
La historia es cruel con sus recuerdos. No registra ningún retorno de un imperio a la época del esplendor. Macedonia no volvió a tener otro Alejandro, ni Soliman el Magnífico regresó con Kamil Atatur, al poderío del imperio otomano, ni persas, medos regresaron a sus laureles pasados. Alemania no supero a Carlos V, ni la Inglaterra de los Windsor superó a la época victoriana. Tampoco España ni Portugal resurgieron después de los Siglos de Oro. No hay retorno parece decir la historia de la humanidad. Por eso será que la mitología romana pinta calva a la Fortuna, una vez que pasa no es posible tomarla de atrás por sus cabellos.
MAGA “Make American Great Again” no fue inventada por Trump, lo usó Ronald Reagan en 1980 pero él la reconfiguró como una identidad política completa, con tres pilares principales:
· Nacionalismo Económico, rechazo a los tratados globales, proteccionismo industrial y retorno de la producción a suelo norteamericano.
· Soberanismo político: desconfianza hacia los organismos internacionales (Onu,Otan,Oms,etc)
· Identarismo cultural: defensa de una “America tradicional, percibida como amenazada por la inmigración y el multiculturalismo.
Estapermanente declaración de “América Primero” perfila un Trump agresivo, irruptivo, creador de tensiones simultáneas y en distintos frentes. No obstante este MAGA resulta atractivo para un sector importante del pueblo estadounidense y algún peso en el electorado
Si fuera prudente Trump no desafiaría simultáneamente a Rusia, China, la India y muchos pueblos más, pero pedirle prudencia al presidente parece contra natura. Además no está solo, Si dejara la escena su corriente política podría continuar con otros rostros como el de James Donald Vance, Vicepresidente o Marco Rubio, Secretario de Estado, o el poderoso Gobernador de la Florida Ron DeSantis.
En el campo internacional el MAGA se halla con un frente potencialmente combativo, ya que ideas como multiculturalismo, cooperación internacional, etc. tienen buena acogida y son rechazadas por el MAGA. Mientras el proyecto permanezca en la gorra más que en la realidad y no insista en presentarlo en sociedad, el frente permanecerá sin consolidarse, pero se puede preveer que se consolidará ante la decisión de extender el proyecto.
En este esquema puede arriesgarse que así como el Papa Pio XII fue el “Ultimo Papa Renacentista”, Donald Trump sea el último Presidente del MAGA, y el fin del ciclo de política del poder personalista. El estilo podrá desparecer, pero la raíz social que lo engendró, enraizada en la economía de mercado nos acompañará algún tiempo más. La serpiente sigue viva.

Es habitual ver al presidente de los Estados Unidos usando una gorra de color rojo intenso que lleva al frente, de forma destacada, la palabra “MAGA”, acrónimo de “Make America Great Again”, en español: “Hagamos nuevamente fuerte a los Estados Unidos”, al parecer idea principal de su proyecto político.
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