Decepcionanos, Matt
CLAUDIO ANDRADE
candrade@rionegro.com.ar
En alguna parte del contrato, Matt Dillon debe estipular: «Este atractivo actor (yo, Matt Dillon) debe indefectiblemente ser asesinado por una mujer al final de la película». Al parecer, si no ocurre esto, Dillon no actúa. Hay excepciones, por supuesto, que no hacen más que confirmar la regla. Pero no hablemos de las excepciones sino de la regla.
Ahí lo tienen a Matt, yaciendo incrédulo en el suelo después de que el joven amante de su adorada mujer le ha disparado un tiro a quemarropa en «Todo por un sueño» (y su mujer era nada menos que Nicole Kidman). Qué sorpresa, ¿no? También lo verán caer de un modo estúpido por la borda de un lujoso velero, esta vez, empujado por su cómplice, una brillante criminal, en «Criaturas salvajes». Y una vez más será la víctima de dos perversas y rubias ninfas lesbianas, otro disparo en la sien, en la entretenida «El empleado del mes».
La fórmula es la misma: Matt Dillon conserva durante toda la historia su rostro angulado, al estilo de James Dean, en una mueca perfecta hasta que de pronto su glorioso mundo se viene abajo igual que una avalancha. Esta extraña necesidad de morir en los segundos finales de la trama, por lo general burlado una vez que él mismo ha conseguido burlar a casi todos los demás («casi»), podría considerarse una obsesión, un dolor no superado de tiempo pretéritos. Sin embargo, con el pasar de los años, su tara se ha vuelto en una necesidad. Un escudo protector. En parte por este motivo, Dillon no es considerado una estrella con todas las letras en Hollywood. Eso y su reticencia a permanecer en Nueva York (como Kevin Bacon o Sam Shepard) antes que en Los Angeles.
Muriendo del modo en que lo hace en la gran pantalla, Dillon demuestra que no tiene intención de convertirse en un ídolo de multitudes. Su vocación de mártir recuerda un poco a las decisiones profesionales que suele tomar Robert De Niro, quien tiene la odiosa costumbre de arrancar con un personaje que desaparece en la mitad del filme porque debe marcharse al Oeste o porque es brutalmente asesinado en el momento más inoportuno, dejando huérfanos a sus fanáticos. Para volverse una estrella pop, Dillon tendría que, como Nicolás Cage o Tom Cruise, sobrevivir a todo y a todos. Ser inmune a las balas y capaz de percibir cuando le están mintiendo. Pero no, Matt se deja engatuzar por el canto de las sirenas que comparten su cama.
Uno de los personajes que habita el mundo de «La ley de la calle» le susurra a Rusty James una máxima que luego su intérprete guardaría por el resto de su vida: «Tú nunca serás como tu hermano, él es un príncipe». Y el príncipe era Mickey Rourke.
Dillon perseveró en un estilo que lo puso al costado del camino de la fama. No ha dejado de ser protagonista de sus películas, centro gravitante, fuente de suma atracción, pero al mismo tiempo se ha permitido el desliz de quitarnos el aliento, robarnos el bocado que teníamos en la punta de los dedos. Matt Dillon es de esos pocos actores de los que esperamos que nos decepcione precisamente para que no nos decepcione jamás.
Notas asociadas: Dos formas de entender la actuación
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CLAUDIO ANDRADE
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