Delirios circulares

Por Redacción

… «Sin embargo, Zarza consideraba que su existencia no era nada extraordinaria. El mundo estaba lleno de historias tártaras, de realidades atroces y dolientes, de horrores tan redondos y completos que no nos cabrían dentro de la cabeza. Porque los infiernos que podemos imaginar son siempre menos crueles que los auténticos»… («El corazón del tártaro» de Rosa Montero).

Horrores tan redondos. Las palabras resuenan en la parte trasera de mi cerebro. Como si de golpe la masa encefálica fuera algo que pudiera sentirse y ubicarse. Como si tuviera emociones y sentimientos hondos.

O, como si sólo el hecho de pensar en «horrores redondos» nos otorgara un peso tremendo en la nuca que nos obliga a doblegarnos hasta encorvar nuestra espalda y mirar fijo el suelo.

Hay tantas clases de horrores y paradojas como personas se pongan a observarlas. Tomo la determinación de dejarme llevar por estos atisbos de conjeturas…

Hay horrores que esconderemos por siempre. Horrores insospechados, que no sabemos ni que existen y que ni años de psicoanálisis ortodoxo podrán desentrañar.

Y hay horrores a los cuales nos hemos acostumbrado, como a los horrores mediáticos. Conozco gente que puede ver las imágenes de las torturas en Irak sin inmutarse y llorar a mares con «El portal de las mascotas».

(A veces somos como una media sucia, gastada y llena de abrojos).

«Cuando veo actuar a Nancy Dupláa me dan ganas de gritar», fue una de las mejores frases de superfluo horror redondo que escuché en la semana.

(Divago, me pierdo. Me arriesgo a abrir el signo de pregunta o a esconder mis devaneos entre paréntesis).

Pensemos juntos.

Hay horrores de los cuales nacen los milagros. Por suerte o designio divino «existe la alegría del misterio» como dice en una entrevista que le hicieron por su nuevo libro a George Steiner. Explica que uno de los barrios más pobres de Nueva York una madre y sus dos hijos vivían sin agua corriente. La madre trabajaba mucho. El niño más pequeño lloraba y gritaba todo el día por lo que su hermana le regaló un juego de ajedrez bien barato. A los cinco años, ese niño, Bobby Fischer, ya era el mejor jugador de ajedrez del mundo. El niño jugaba contra sí mismo. Treinta años más tarde cuenta Steiner que le toca escribir una artículo sobre la partida en la que Fischer se enfrenta a Spassky. De esa partida Spassky le dijo: «Para Fischer yo no existo».

El pensador no intenta analizar el milagro. Se pregunta ¿por qué querer comprender lo maravilloso, en vez de reaccionar simplemente con sorpresa, con gozo, con atolondramiento, con envidia?

Vuelvo a las marcas hechas sobre Montero. La historia de «El traidor Mirval» es absolutamente deliciosa, horrorosa y recomendable para asiduos lectores. Ella misma explica que «Mirval se consideraba un buen rey y era feliz porque pertenecía a esa clase de hombres pequeños y sin imaginación, dice Borges, que son capaces de soportar la dicha».

Ja. Los aplaudo. Es una cita, dentro de una cita, dentro de una novela (que vuelve a citarse en esta columna). ¿Importa acaso? ¿Es cierto que Fischer jugaba en su mente siempre solo? ¿Que alguien quiere que la Dupláa desaparezca de la televisión argentina? ¿Que el rey Mirval era tan egoísta que entregó su reino y que la historia la escribió Borges en «Historia universal de la infamia»?

Hay horrores que despiertan. Horrores dormidos para siempre. Horrores tontones. Y horrores a secas. (Me arriesgo eso sí, a coincidir con Montero y afirmar que todo ellos son siempre e indefectiblemente, redondos).

         Nuria Docampo Feijóo ndocampo@rionegro.com.ar


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