Desmesuras y algo más

Sobre la denuncia de Cristina Fernández.

Por Redacción

Editorial

Cuenta la leyenda (porque ya es leyenda) que cuando dejó el poder en 1999, luego de diez años de liderazgo hegemónico y vasallaje político, el expresidente Carlos Menem volvió a su provincia natal y sólo lo estaba esperando allí el intendente de su pueblo, Anillaco. La estrepitosa derrota en las elecciones presidenciales de ese año que sufrió el peronismo –por ese entonces, menemismo– en manos de la Alianza había caído de manera impiadosa sobre las espaldas del riojano. El mismo que le había dado dos alegrías a sus dirigentes: una, en 1989, tras el triunfo sobre la UCR. Otra, en 1995, cuando venció a José Octavio Bordón, del naciente Frepaso. Pasó solo un año desde ese resonante triunfo y un hecho inesperado, la pueblada de Cutral Co, le borró de golpe a Menem la sonrisa victoriosa –y victoriana– que había paseado por cuanto canal de TV pisaba. Corrían los tiempos en los que en los centros de poder y en los ámbitos académicos se leía con fruición al politólogo estadounidense Francis Fukuyama, quien decretaba desde su despacho en la Universidad de Stanford el fin de las ideologías. La economía de mercado se impuso a las utopías, decía. “Es el fin de la historia”, vaticinaba eufórico y hasta le ponía ese título a su libro insignia. Mientras tanto, lejos, muy lejos de esos debates –y también de Stanford– un pueblo perdido y castigado de la Patagonia levantaba polvo por las calles y fuego en la Ruta 22 para pedir trabajo. Las luces del neoliberalismo, esa vedette a la que todos aplaudían apasionados, lo había dejado a oscuras. Pasaron justo 20 años desde ese momento en el que ese Carlos Menem victorioso empezó a morder el polvo de Cutral Co, al igual que la dirigencia neuquina. La primera reacción del entonces gobernador Felipe Sapag –en línea con el manual Fukuyama– fue llamarlos “delincuentes”. Claro, ¿quién podrá imaginar una utopía? Días después, el neuquino cambió de sustantivo y habló de “patriada”.

Desde Buenos Aires, Menem buscaba resguardarse pero ya con el segundo levantamiento, trastabilló y se le rompió el reloj. Estas cosas no podían pasar en los 90. Eran cosas de los 70. Por eso habló de “imberbes” y de “regreso de la subversión”. El Consenso de Washington, en nombre del cual se había arrancado las patillas, le estallaba en la cara, mientras Facundo Quiroga lo miraba desairado desde el desván en el que el expresidente archivó su retrato.

A principios del siglo XX, el sociólogo alemán Max Weber intentó poner en caja el oficio de la política, que asomaba ya como una profesión. Weber hacía hincapié en dos preceptos que sobrevuelan la actividad: la ética de la convicción y la de la responsabilidad. La primera, la vinculaba con la religión: el cristiano deja el resultado en manos de Dios, decía. En cambio, la ética de la responsabilidad marca las consecuencias de la propia acción. Y la política debe ceñirse a ella. También, hablaba Weber de las tres cualidades que debe tener un dirigente político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Pasaron cien años desde estos escritos que marcaron el camino de la política moderna, pero la política argentina siguió abrazada al siglo XIX. Pasión y convicciones. Ni responsabilidad, ni ética. Sólo desmesura. La desmesura de un exfuncionario ayer todopoderoso y hoy con síndrome de abstinencia (no sólo de poder) arrojando millones de dólares por las paredes de un convento.

La desmesura de funcionarios corruptos amparándose en fueros parlamentarios y convirtiendo al Congreso en guarida de ladrones. La desmesura de jueces cómplices de la corrupción dictando procesamientos como si jugaran una carrera y rociando –por no utilizar otro verbo– agua bendita por los pasillos de los tribunales.

Desmesura de una dirigencia que comía pizza con champagne en Olivos con Menem y le cantaba “Arriba morocha” en la Rosada a Cristina y hoy huye despavorida del bloque K como si fueran adolescentes engañadas por un depravado en Facebook.

Desmesura, también, de una Cristina Kirchner que denuncia que la Policía Metropolitana derribó la puerta de la casa de sus suegros, mientras todo su entorno vomita dólares, tras una borrachera de corrupción y prebendas. Hace cien años que Weber escribió lo que escribió. Y ahí estamos.


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