Después de la muerte

La propuesta es sencilla. Una persona se sienta junto a la otra apenas separadas por un biombo. No se conocen. No saben cómo o quién es el otro. El televidente es el único que tiene todas las piezas del rompecabezas frente a sí. De pronto uno de ellos habla.

«Noto la presencia de un hombre mayor junto a vos, murió de manera violenta» o «Hay una mujer muy cerca de vos, es tu hija, sí tu hija». ¡Plop! Por estos días el canal HBO Ole, que se caracteriza por emitir buenos y sobre todo serios documentales, emite uno dedicado a la existencia o no de los espíritus de los muertos. Entre tanto balazo bien trucado y héroes que escapan justo antes de que los agarre el villano de turno, no deja de ser impactante este tipo de revelación.

No hay nada raro: ni cortes de cámara ni el más remoto efecto especial. Sorprendente. En uno de los casos el médium va hasta la casa de una pareja mayor y les advierte: «No hagan caso de lo que hace mi mano, sólo escúchenme». A continuación, mientras garabatea en un papel, les da detalles precisos de la muerte de su hijo. No hay una explicación científica para tamañas proezas. O bien la ciencia tal cual se desarrolla en la actualidad no consigue hacerle un espacio a estas manifestaciones humanas que se salen de lo habitual. Aunque para la mayoría de los orientales lo «paranormal» no es motivo de excitación. Lo dijo el Dalai Lama en su primera visita al país: «Occidente se ha dedicado a desarrollar la tecnología, nosotros lo demás».

Resulta sospechoso (no, no somos fanáticos de «Los Expedientes X») que no se les preste debida atención a las pruebas irrefutables de la telepatía, la videncia o la capacidad de ver otras formas de existencia. Los médium existen y ejercen sus dones con pulcritud. No estamos frente a émulos de David Copperfield. Si esto significa que existen los espíritus, que después de la muerte nos espera una largo paseo por la trastienda de la vida ajena, es otra cosa. Habría que hacer un esfuerzo mayor a fin de dilucidarlo. La vida no acaba en la punta de nuestra nariz.

Otro documental en Infinito también daba testimonio del poder curativo de los masajes chinos, el reiki y el tai chi chuan. Una cámara filmó a uno de los maestros más famosos de Pekín empujando con inusitada violencia a un grupo de jóvenes estudiantes sólo con la palma de su mano. Uno de ellos, un norteamericano musculoso y especialista en artes marciales, no pudo si quiera mover de su lugar a este anciano venerable. ¿Otro truco?

En la medida en que se abandonan al terreno de lo esotérico situaciones propias del alma humana, siempre algo nos faltará para estar completos. En su libro «El deseo de ser un volcán», Michael Onfray recuerda como entre la tecnología y la pos modernidad, los hombres se han olvidado de sus partes menos visibles: la pasión, la brujería -o, como dice un conocedor de estos temas, habría que llamarla chamanismo- y el placer, por dar algunos ejemplos.

En el mismo canasto de los recuerdos tal vez quedaron la intuición femenina, los amigos secretos de los chicos y las premoniciones. Ocupados en construir edificios se nos ha escapado el universo.

Claudio Andrade


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