“Después de todo no hay ni dios ni patria que los demanden”

Redacción

Por Redacción

Dicen que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Más allá de lo cierta o incierta que resulte la afirmación, no hay mejor expresión que ésta para eximir de responsabilidades a quienes “detentan” la función pública. Resumiendo: si un funcionario público es ineficiente o inoperante, la culpa es colectiva. En fin: en donde se disuelven los individuos desaparecen las responsabilidades particulares y todo puede seguir como está: statu quo intacto, incompetencia felicitada y parásitos incólumes enquistados hasta nuevo aviso en ministerios y secretarías que no asumen responsabilidades ante cualquier drama social que no pierde vigencia. ¿Existe, de casualidad, un ministro de Educación en Río Negro? ¿Habrá en esta provincia un, pongamos, ministro de Salud? Es posible, un par de nombres propios pulula en los medios de comunicación y al parecer ejercen esas funciones. Ambos, cada vez que abren la boca, se justifican, se excusan y, por supuesto, bajo ningún concepto presentan la renuncia… después de todo no hay ni dios ni patria que los demanden. A veces pareciera que ministro es aquel que cobra un salario prominente sólo para vociferar el discurso de la imposibilidad. Más allá de jugar al gobierno o a la oposición, ¿alguna vez los genios de la política provincial participaron de un debate? ¿Qué concepto de debate tendrán los apóstoles del peronismo y del radicalismo en Río Negro, esos que viven salvando a una provincia eternamente hundida, esos que se amenazan a través de los medios como si fueran sofisticados patoteros o matones de barrio que se venden al mejor postor? Cuando vamos a las urnas, o bien certificamos la incompetencia de nuestros gobernantes o, peor aún, permitimos que nos tomen por idiotas. ¿O no? ¿Realmente valen tanto las urnas? ¿Todavía tiene sentido seguir creyendo en el concepto Billiken de democracia? Prefiero la historieta de Mafalda, ésa en la que luego de leer la definición de democracia en el diccionario no puede dejar de reírse. No faltará quien presuma en estas palabras un descontento con la idea de democracia. Y tal vez así sea, tal vez la democracia tenga que ser necesariamente superada, pero superar la democracia no significa destruirla ni reemplazarla por una dictadura sino darle un grado –o varios– de madurez, mal que les pese a sus nobles absolutistas. Pareciera que la bandera de los funcionarios públicos es la mezquindad y la falta de convicciones su sobrevaluada moneda de cambio, la que invierten celosamente en alianzas miserables que sólo buscan refugiar la inutilidad en la función pública. Muchas veces, cuando uno prefiere decir lo que se le canta, surgen voces que piden silencio. Da la impresión de que si uno no responde a cierta, o incierta, “verdad objetiva” sobre el derecho a opinar incurre en una especie de capricho. “Usted puede decir lo que quiera pero…”, y luego del “pero”, la sanción moral en contra de un discurso que resulta ofensivo para cierta, o incierta, fantasía de seguridad. La idea de “compromiso ciudadano” surge como única validación posible del derecho a opinar. Quienes entienden el pago de impuestos como la consagración de las responsabilidades ciudadanas de un individuo no aceptarán una opinión que no venga certificada con algún libre deuda impositivo. El que apenas puede pagar un alquiler, ¿puede opinar? ¿Por qué la idea de propiedad tiene que gobernar la vida y obra de las personas? En Bariloche hay una concejal que piensa en este sentido. Quienes creen que la democracia se resuelve con pulcritud y severo anonimato en las urnas pontificarán que “la voz de la mayoría” expresó su voluntad en un histórico y sublime acto eleccionario. ¿Acaso con este pretexto quienes no constituyen una mayoría tienen que llamarse a silencio? Pablo G. Silva, DNI 17.451.112 Bariloche


Dicen que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Más allá de lo cierta o incierta que resulte la afirmación, no hay mejor expresión que ésta para eximir de responsabilidades a quienes “detentan” la función pública. Resumiendo: si un funcionario público es ineficiente o inoperante, la culpa es colectiva. En fin: en donde se disuelven los individuos desaparecen las responsabilidades particulares y todo puede seguir como está: statu quo intacto, incompetencia felicitada y parásitos incólumes enquistados hasta nuevo aviso en ministerios y secretarías que no asumen responsabilidades ante cualquier drama social que no pierde vigencia. ¿Existe, de casualidad, un ministro de Educación en Río Negro? ¿Habrá en esta provincia un, pongamos, ministro de Salud? Es posible, un par de nombres propios pulula en los medios de comunicación y al parecer ejercen esas funciones. Ambos, cada vez que abren la boca, se justifican, se excusan y, por supuesto, bajo ningún concepto presentan la renuncia… después de todo no hay ni dios ni patria que los demanden. A veces pareciera que ministro es aquel que cobra un salario prominente sólo para vociferar el discurso de la imposibilidad. Más allá de jugar al gobierno o a la oposición, ¿alguna vez los genios de la política provincial participaron de un debate? ¿Qué concepto de debate tendrán los apóstoles del peronismo y del radicalismo en Río Negro, esos que viven salvando a una provincia eternamente hundida, esos que se amenazan a través de los medios como si fueran sofisticados patoteros o matones de barrio que se venden al mejor postor? Cuando vamos a las urnas, o bien certificamos la incompetencia de nuestros gobernantes o, peor aún, permitimos que nos tomen por idiotas. ¿O no? ¿Realmente valen tanto las urnas? ¿Todavía tiene sentido seguir creyendo en el concepto Billiken de democracia? Prefiero la historieta de Mafalda, ésa en la que luego de leer la definición de democracia en el diccionario no puede dejar de reírse. No faltará quien presuma en estas palabras un descontento con la idea de democracia. Y tal vez así sea, tal vez la democracia tenga que ser necesariamente superada, pero superar la democracia no significa destruirla ni reemplazarla por una dictadura sino darle un grado –o varios– de madurez, mal que les pese a sus nobles absolutistas. Pareciera que la bandera de los funcionarios públicos es la mezquindad y la falta de convicciones su sobrevaluada moneda de cambio, la que invierten celosamente en alianzas miserables que sólo buscan refugiar la inutilidad en la función pública. Muchas veces, cuando uno prefiere decir lo que se le canta, surgen voces que piden silencio. Da la impresión de que si uno no responde a cierta, o incierta, “verdad objetiva” sobre el derecho a opinar incurre en una especie de capricho. “Usted puede decir lo que quiera pero…”, y luego del “pero”, la sanción moral en contra de un discurso que resulta ofensivo para cierta, o incierta, fantasía de seguridad. La idea de “compromiso ciudadano” surge como única validación posible del derecho a opinar. Quienes entienden el pago de impuestos como la consagración de las responsabilidades ciudadanas de un individuo no aceptarán una opinión que no venga certificada con algún libre deuda impositivo. El que apenas puede pagar un alquiler, ¿puede opinar? ¿Por qué la idea de propiedad tiene que gobernar la vida y obra de las personas? En Bariloche hay una concejal que piensa en este sentido. Quienes creen que la democracia se resuelve con pulcritud y severo anonimato en las urnas pontificarán que “la voz de la mayoría” expresó su voluntad en un histórico y sublime acto eleccionario. ¿Acaso con este pretexto quienes no constituyen una mayoría tienen que llamarse a silencio? Pablo G. Silva, DNI 17.451.112 Bariloche

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