Desventajas del progreso

Redacción

Por Redacción

¿Es mala para la salud la civilización moderna? Parecería que sí, ya que no cabe duda de que, debido a una combinación maligna de sedentarismo facilitado por la tecnología que propende a eliminar los trabajos físicos, comida procesada y bebidas dulzonas, el mundo entero afronta una epidemia sin precedentes de obesidad y enfermedades relacionadas, como la diabetes. Así y todo, el que en todas partes la edad promedio de la población esté subiendo con tanta rapidez que, a pesar de las previsibles dificultades políticas, en los países más ricos los gobiernos se ven constreñidos a tratar de modificar drásticamente los sistemas previsionales que fueron creados hace apenas medio siglo pero que en la actualidad son inviables, puede tomarse por evidencia de que, en verdad, en este ámbito como en tantos otros, el progreso ha sido muy beneficioso. Al fin y al cabo, si viviéramos menos, las dolencias que suelen acompañar la vejez motivarían menos preocupación. Sea como fuere, la Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de difundir una nueva advertencia acerca de los peligros que nos asechan que, por cierto, no se limitan a la aparición de virus antes desconocidos o exóticos como los del ébola o el zika. Señala la OMS que, en el transcurso de los 35 años últimos, se ha cuadruplicado la cantidad de diabéticos en el mundo. Aunque en la Argentina el aumento ha sido levemente inferior al del resto del planeta, se estima que el 10% de la población ya sufre del mal. Por ser cada vez mayores los costos para el sistema de salud pública de la obesidad y, desde luego, de la diabetes, las autoridades nacionales y provinciales se ven obligadas a intervenir, pero casi todas las medidas que podrían servir para que la gente adopte un estilo de vida más sano serían en cierto modo antipopulares. La comida chatarra suele ser más barata y, para muchos, más sabrosa que la recomendada por los especialistas, mientras que las ventas de bebidas azucaradas reflejan no sólo la habilidad de los encargados de promocionarlas sino también los gustos de muchos millones de consumidores. Por lo tanto, una decisión por parte del gobierno del presidente Mauricio Macri de aumentar los impuestos sobre tales productos, como ya han hecho sus equivalentes en muchos países del mundo, tendría un impacto inflacionario bastante fuerte. Asimismo, podría argüirse que convendría al conjunto y, en última instancia, a todos que el transporte público, sobre todo en los centros urbanos, fuera mucho más caro para que los deseosos de trasladarse de un lugar a otro optaran por caminar, pero sería poco probable que la mayoría aprobara la alternativa así supuesta, u otras que molestarían a los acostumbrados a usar el auto para viajar una distancia muy corta. Según informó la OMS hace un par de años, en el mundo actual hay más obesos que desnutridos en el sentido tradicional de la palabra, si bien el hambre sigue planteando un desafío muy grande a la comunidad internacional. De todas formas, en este ámbito, los países de ingresos medios, entre ellos la Argentina, están acercándose a los más ricos, como Estados Unidos, que han sido los pioneros. Por lo demás, la gordura ha dejado de ser un atributo típico de personas adineradas, como había sido el caso durante milenios. Lo mismo que en América del Norte y Europa, en América Latina los sectores más afectados por la epidemia de obesidad han sido los que, en términos económicos, pertenecen a las clases bajas. Mientras que los miembros de las elites profesionales, empresariales y académicas suelen prestar atención a la prédica de quienes hablan de las ventajas personales de un estilo de vida más sano, y por tal motivo frecuentan los gimnasios, corren por las calles o en los parques y cuentan calorías, otros prefieren quedarse en casa mirando deportes por televisión y comer alimentos mucho más baratos que los incluidos en una versión local de dietas consideradas saludables, como la mediterránea o la japonesa. Para cambiar esta situación, serían necesarias no sólo medidas económicas encaminadas a estimular tanto el consumo de comida sana como una mayor actividad física, sino también un gran esfuerzo educativo, aunque a juzgar por la experiencia de los países más avanzados, para tener éxito las campañas en tal sentido tendrían que ser mucho más vigorosas que las emprendidas hasta ahora.


¿Es mala para la salud la civilización moderna? Parecería que sí, ya que no cabe duda de que, debido a una combinación maligna de sedentarismo facilitado por la tecnología que propende a eliminar los trabajos físicos, comida procesada y bebidas dulzonas, el mundo entero afronta una epidemia sin precedentes de obesidad y enfermedades relacionadas, como la diabetes. Así y todo, el que en todas partes la edad promedio de la población esté subiendo con tanta rapidez que, a pesar de las previsibles dificultades políticas, en los países más ricos los gobiernos se ven constreñidos a tratar de modificar drásticamente los sistemas previsionales que fueron creados hace apenas medio siglo pero que en la actualidad son inviables, puede tomarse por evidencia de que, en verdad, en este ámbito como en tantos otros, el progreso ha sido muy beneficioso. Al fin y al cabo, si viviéramos menos, las dolencias que suelen acompañar la vejez motivarían menos preocupación. Sea como fuere, la Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de difundir una nueva advertencia acerca de los peligros que nos asechan que, por cierto, no se limitan a la aparición de virus antes desconocidos o exóticos como los del ébola o el zika. Señala la OMS que, en el transcurso de los 35 años últimos, se ha cuadruplicado la cantidad de diabéticos en el mundo. Aunque en la Argentina el aumento ha sido levemente inferior al del resto del planeta, se estima que el 10% de la población ya sufre del mal. Por ser cada vez mayores los costos para el sistema de salud pública de la obesidad y, desde luego, de la diabetes, las autoridades nacionales y provinciales se ven obligadas a intervenir, pero casi todas las medidas que podrían servir para que la gente adopte un estilo de vida más sano serían en cierto modo antipopulares. La comida chatarra suele ser más barata y, para muchos, más sabrosa que la recomendada por los especialistas, mientras que las ventas de bebidas azucaradas reflejan no sólo la habilidad de los encargados de promocionarlas sino también los gustos de muchos millones de consumidores. Por lo tanto, una decisión por parte del gobierno del presidente Mauricio Macri de aumentar los impuestos sobre tales productos, como ya han hecho sus equivalentes en muchos países del mundo, tendría un impacto inflacionario bastante fuerte. Asimismo, podría argüirse que convendría al conjunto y, en última instancia, a todos que el transporte público, sobre todo en los centros urbanos, fuera mucho más caro para que los deseosos de trasladarse de un lugar a otro optaran por caminar, pero sería poco probable que la mayoría aprobara la alternativa así supuesta, u otras que molestarían a los acostumbrados a usar el auto para viajar una distancia muy corta. Según informó la OMS hace un par de años, en el mundo actual hay más obesos que desnutridos en el sentido tradicional de la palabra, si bien el hambre sigue planteando un desafío muy grande a la comunidad internacional. De todas formas, en este ámbito, los países de ingresos medios, entre ellos la Argentina, están acercándose a los más ricos, como Estados Unidos, que han sido los pioneros. Por lo demás, la gordura ha dejado de ser un atributo típico de personas adineradas, como había sido el caso durante milenios. Lo mismo que en América del Norte y Europa, en América Latina los sectores más afectados por la epidemia de obesidad han sido los que, en términos económicos, pertenecen a las clases bajas. Mientras que los miembros de las elites profesionales, empresariales y académicas suelen prestar atención a la prédica de quienes hablan de las ventajas personales de un estilo de vida más sano, y por tal motivo frecuentan los gimnasios, corren por las calles o en los parques y cuentan calorías, otros prefieren quedarse en casa mirando deportes por televisión y comer alimentos mucho más baratos que los incluidos en una versión local de dietas consideradas saludables, como la mediterránea o la japonesa. Para cambiar esta situación, serían necesarias no sólo medidas económicas encaminadas a estimular tanto el consumo de comida sana como una mayor actividad física, sino también un gran esfuerzo educativo, aunque a juzgar por la experiencia de los países más avanzados, para tener éxito las campañas en tal sentido tendrían que ser mucho más vigorosas que las emprendidas hasta ahora.

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