Detalles de la versión del fiscal sobre el triple crimen

La acusación habla de un crimen por error. Responsabiliza a cinco personas, tres desconocidas.

ROCA (AR).- Según el fiscal Alvaro Meynet, Claudio Kielmasz, Guillermo González Pino y otras tres personas no identificadas, privaron ilegítimamente de su libertad a María Emilia y Paula González y a Verónica Villar y luego las mataron y escondieron sus cuerpos debajo de los olivillos. En la requisitoria de elevación a juicio, Meynet consignó que lo hicieron por encargo –y González Pino por un precio-, y que el arma utilizada fue provista por Kielmasz.

Según la acusación fiscal, ambos, junto con otras tres personas, aguardaron a las jóvenes cerca de Circunvalación y San Luis y en un sitio no determinado las encañonaron con un arma de fuego y armas blancas y las privaron de su libertad.

Asegura que las llevaron a una edificación cercana no precisada, donde las golpearon y lesionaron con armas blancas, las obligaron a desvestirse y las sometieron a actos vejatorios con sus manos y otros elementos, lastimándolas. Que allí mismo les dieron muerte y que las trasladaron en la camioneta de González Pino, envueltas en bolsas de arpillera, hasta el sitio donde fueron hallados los cuerpos semiocultos con tierra.

Para el fiscal, González Pino habría obrado por encargo, a cambio de una suma de dinero, porque el martes siguiente recibió «dos fajos de billetes de cien pesos». No avanza en hipótesis respecto de quién le pagó.

Para el fiscal, las víctimas estuvieron desvestidas en un lugar distinto a los olivillos, con suelo pedregoso o duro, donde fueron objeto de actos vejatorios y luego fueron vestidas u obligadas a vestirse para ser trasladadas.

Paula fue la primera víctima de violencia física, mientras las otras dos eran maniatadas, y el primer disparo le fue efectuado por la espalda, cuando intentaba escapar, para luego ser rematada con dos tiros en la sien. Pero en los olivillos todavía respiraba.

Al parecer, María Emilia habría podido desatarse, por lo que fue ultimada. María Verónica Villar fue la que mas sufrió, en tiempo y cantidad de heridas, con una larga agonía cuando ya estaba semitapada con tierra.

El fiscal concluye que las chicas caminaron por las vías antes de ser muertas, y que Verónica Villar estuvo en algún lugar distinto a las hermanas González.

Acusación contra Kielmasz

Al merituar la acusación contra Kielmasz, el fiscal citó su extraño comportamiento en el diálogo telefónico con Villar, en el encuentro con el padre de las chicas González y en la búsqueda del arma, oportunidades en que daba muestras de saber mucho sobre el hecho. También consideró que el arma que él mismo contribuyó a hallar fue la usada en el crimen, que Kielmasz acepta que estaba en su poder, que su esposa lo vio llegar esa noche con la camisa rasgada, tembloroso y con manchas de pasto en las rodillas, y que en los días sucesivos lloraba y se interiorizaba de todo sobre el crimen.

Citó también que el lunes siguiente al homicidio, Kielmasz pidió al chofer del camión que lo llevaba a su trabajo que parara porque quería comprar el diario –lo que nunca hacía- y que le dijo que era porque habían desaparecido tres chicas y las estaban buscando. También que, hasta que fue detenido, recortaba las notas publicadas en «Río Negro» sobre el crimen.

Como Kielmasz no conocía a las víctimas, el fiscal infirió que se trató de un crimen por error. Es decir, que en realidad buscaba a las otras tres chicas que caminaron ese día por calle San Luis. Y atribuyó su deambular por el escenario del crimen en horas previas, a su tarea prefijada de alertar al resto de la banda del ingreso de las chicas al área.

Como vínculo entre González Pino y Kielmasz, el fiscal citó que ambos frecuentaban a los hermanos Arratia en el Anai Mapu y concurrían a los mismos bares, además de una llamada efectuada desde el teléfono público que solía usar Kielmasz al celular de González Pino el día en que se publicitó la recompensa.

En cuanto a la motivación del homicidio, entendió el fiscal que obedeció a un negocio con drogas, para el cual buscaban información de otro grupo de tres mujeres que caminaron por el lugar. Por todo ello, el fiscal consideró a Kielmasz y a González Pino como coautores penalmente responsables del delito de privación ilegítima de la libertad calificada, en tres hechos, y homicidio calificado, en concurso real.

Los cargos contra Pino

El fiscal basó su acusación hacia González Pino en las declaraciones de su ex concubina, Sandra González, quien señaló que el acusado llegó a su casa pero volvió a salir en la camioneta diciendo que iría a jugar al fútbol. Volvió a las 2 con manchas de sangre, agitado y nervioso y con las rodillas del vaquero con manchas de pasto y portando guantes de látex. Añadió la testigo que, a la mañana, él no quiso salir de su casa diciéndole a Miguel Angel «Negro» Fernández -detenidos por asociación ilícita-, que «la cana está muy grosa y no quiero caer por algo así». Con la ayuda de Fernández, lavó la camioneta. También citó el testimonio de González respecto de que el martes, González Pino recibió dos fajos de billetes de cien pesos.

La mujer vinculó también a González Pino con policías, y manifestó que le dijo tiempo después que «yo estuve ahí, yo las quise golpear pero no matar». Además, tomó en cuenta el fiscal que una de las mujeres que caminaba ese día por la zona vio a un hombre de mirada «lasciva» que luego consideró parecido a González Pino. La testigo relató que lo vio en en un Taunus bordó como el que en ese tiempo tenía el acusado, aunque su concubina expresó que ese día había salido en un Gol.

El hallazgo de los cuerpos

El cuerpo de Verónica Villar fue hallado con las manos atadas con un cordón de su zapato, de costado pero con el torso apoyado en la tierra, vestida, amordazada con su corpiño. Un buzo rojo con manchas de sangre le cubría la cabeza. Dos marcas de calzado en el piso hacen presumir que intentó defenderse en el lugar. La autopsia señala que murió por asfixia por obstrucción de sus vías respiratorias superiores, con su propia sangre. Presentaba un sinnúmero de hematomas y lesiones cortantes y punzocortantes producidas en vida, y lesiones vaginales y anales por introducción de un objeto duro y romo.

A 22,80 metros, semisepultados, estaban los otros dos cuerpos. El de Paula Micaela estaba boca abajo, con el torso desnudo, con tres heridas de bala -en la espalda, en la sien y algo más atrás-, calibre 22. Presentaba un sinnúmero de hematomas y heridas punzantes hechas en vida –la mayoría en cabeza, cuello y tórax- y una fractura del maxilar con aflojamiento de dientes, y lesiones anales.

El de María Emilia estaba boca abajo, con las manos atadas atrás con un cordón de zapatilla, con una herida de bala en la sien, calibre 22, y un sinnúmero de hematomas y escoriaciones en cabeza, cuello y tórax, producidas en vida, lesiones vaginales y anales por introducción de un objeto romo. Los tres cuerpos tenían signos de estrangulamiento. No se halló semen.

Las indagatorias y los testimonios que constan en la requisitoria

Meynet reseñó las cuatro versiones distintas que ofreció Kielmasz y los dichos de González Pino y de los testigos.

En la primera declaración, Kielmasz acusó del crimen a su medio hermano Miguel Torres y a Marcelo y José Luis Arratia. Dijo que Miguel le pidió el arma y que los tres se habían propuesto robar a las tres chicas cuando las vieron por las vías, que las manosearon, una gritó, las mataron y ocultaron en el lugar. Que su hermanastro le contó y, para creerle, fue con él, vio los cuerpos y allí se ensució con tierra y se rompió la camisa. Añadió Kielmasz que luego llevó el arma al trabajo, le limó el número, llamó al juzgado, escondió el arma y ubicó a la chica que lo guió hasta el padre de las hermanas González, a quien le dijo que había sido testigo involuntario de lo que habían hecho tres desconocidos, y lo condujo hasta el revólver, por la recompensa.

En su segunda versión, Kielmasz reconoció que estuvo en el lugar, pero que vio una camioneta policial entró por las vías y tres uniformados bajaron los cuerpos y dejaron un arma igual a la suya, mostró el arma de los policías a sus compañeros de trabajo y les dijo que vio todo. A la de su madre, la cortó en pedazos y la tiró al río.

En su tercera versión, volvió a incriminar del crimen a Miguel Torres y a los Arratia, pero agregó a Hilario Sepúlveda. Se ubicó él en la escena del crimen pero como «campana» y prestando el arma. Que la muerte de las chicas se desencadenó cuando una de ellas expresó «maricón, te ví la cara». Incluyó también a un policía como entregador, y afirmó que el objetivo eran otras tres chicas, una de ellas hija de Jaime Alarcón. También habló de dos armas, una que tiró al río.

En su cuarta versión, siete meses después, acusó a los mellizos Yacopino, al propietario de «Faunos» y a los policías Seguel, Raylén, Yáñez y Baldebenito, y describió una fiesta de drogas y alcohol durante una entrega de drogas. Afirmó que él mismo vendía droga para los Yacopino, en lo que introdujo a los Arratia y a Torres. Pero, si bien a estos los involucró en el crimen, él se desvinculó señalando que no estuvo y que supo todo por ellos. En todas las declaraciones, dijo que para las 21 las chicas ya habían muerto.

En tanto, en sus declaraciones, González Pino aseguró su inocencia. Señaló que el día del crimen estuvo en casa de su ex mujer, en Neuquén hasta las 20 ó 21 que volvió a su casa del Anai Mapu, donde durmió. El lunes también estuvo en Neuquén hasta que, entre las 21 y las 23, jugó al futbol con otras personas y luego bebió en un local, hasta que se fue a dormir. Dijo que conoció a Kielmasz por un tema de venta de autos y que su ex concubina miente por despecho, al involucrarlo.

Al narrar los testimonios existentes en la causa, el fiscal da por probado que las tres chicas salieron de casa de los González a las 18.50 a dar una caminata en dirección a Pollolín, que pasaron a buscar a su amiga Alejandra Meraviglia sin encontrarla y que se dirigieron luego por San Luis hacia Ferri. Sólo un testigo dijo haber visto un abordaje violento a las jóvenes.


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