Deuda de las pymes II

Por Alejandro Jofré (*)



Decíamos en una nota anterior que, desde hace más de una década, el endeudamiento de las pymes con el Banco de la Nación Argentina había ingresado en un proceso similar al que vive nuestro país con la deuda externa, es decir, de creciente magnitud y con sucesivos planes de reestructuración frustrados.

Nos toca ahora analizar un aspecto no menos importante en la relación entre los deudores y el banco oficial. También, podemos afirmar que desde hace más de 10 años se ha producido un cambio profundo en la entidad bancaria. Este se profundizó a partir de 1993 y desde entonces se modificó la orientación al cliente en favor de conceptos tales como rentabilidad, precios de mercado y enfoque individual.

Hasta aquel momento, las ideas que prevalecían se referían a desarrollo económico, asistencia a la producción, tasas de interés de fomento y una mirada hacia el interés general de la economía del país. Así es cómo el banco oficial modificó su política crediticia, cambió su funcionamiento, también los introdujo en su Carta Orgánica, y en otros casos se privatizó, asumiendo la forma de sociedades anónimas.

Lo que sucedió a partir de ese momento es conocido por todos: operaciones en condiciones más severas, refinanciaciones contratadas en dólares, mayor afectación de bienes en garantía, tasas de interés fuertemente positivas y consecuente crecimiento del stock de deuda.

Analizaremos en esta oportunidad la mutación ocurrida en la entidad. Este no es el mismo banco con el que se contrató antes; sin embargo, sus clientes son los mismos: agricultores, industriales, adjudicatarios de vivienda, prestadores de servicios, comerciantes, etc.

Así es que tenemos dos bancos, éste, el actual, modificada su personalidad, y tenemos presente el otro, aquel con el cual se contrató siempre.

Esta situación tiene un paralelo con el relato que hace Borges en el cuento “El otro” que integra la serie en “El Libro de Arena”. Se encuentran allí dos personas que dicen ser las mismas, hay diferencias en la percepción de cada una de tiempo y espacio. El Borges actual se encuentra en un banco de plaza con El Otro, cuarenta años más joven que él. También, el mayor dice estar en Cambridge, unos kilómetros al norte de Boston, y El Otro, manifiesta estar en Ginebra, a orillas del Ródano.

Acá pasa lo mismo: pareciera que el viejo banco está cerca de las federaciones de productores, industriales, comerciantes, y el otro, el nuevo, el que reclama sus cuentas, pareciera estar en Londres. En cuanto al tiempo, la diferencia de edad es de un poco más de 10 años, que es cuando son modificados los objetivos de la entidad.

Mucho más claro lo expresó aquel campeón de boxeo, cuando el periodista le preguntó cómo fue que el combate tan favorable se le dio vuelta repentinamente. Lo que dijo Ringo Bonavena fue: “¡Lo que pasa es que me cambiaron el negro!”, en este caso le cambiaron el blanco, mejor dicho le cambiaron el banco.

En esta situación, a los protagonistas les cuesta ponerse de acuerdo. El deudor, en sus planteos, trae a la mesa de conversación aquellas condiciones que le ofrecía el otro. En cambio, éste le propone arreglar la deuda con las pautas actuales. Como consecuencia de posiciones tan distantes, el acuerdo no se logra y aunque se formalice, irá de frustración en frustración.

En estas circunstancias, podemos imaginar el diálogo y esta expresión del deudor: “Disculpe, yo a usted no lo conozco. El negocio lo hice con el otro. Con él quiero arreglar. Yo soy el mismo, en cambio usted no es aquél”.

Mientras tanto, todos estamos en la espera que las autoridades pongan fin a este desencuentro.

 

(*) Contador Público Nacional


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