El barómetro del Presupuesto

Nunca el presidente de la Nación ni Martín Guzmán quisieron transparentar lo que todos veían, que el barco estaba a la deriva.





Unos meses después de haberse sancionado la Constitución Nacional en 1853, Juan Bautista Alberdi escribía sobre el Presupuesto Nacional que “la Ley de Gastos (si habla la verdad) nos dice a punto fijo si el país se halla en manos de explotadores o si está regido por hombres de honor; si marcha a la barbarie o camina a su engrandecimiento; si sabe dónde está y adónde va o se encuentra a ciegas sobre su destino y posición”, una cruda descripción de la política que se aplica perfectamente a estos tiempos de pesadumbres.

Para el tucumano, el documento anual en el que se ven reflejados los recursos con los que el Estado cuenta y también los gastos que planea hacer en determinado ejercicio tienen que hablar, antes que nada, con “la verdad” para ser creíble, ya que sus números reflejan el grado de cordura de los gobernantes a la hora de decidir qué rumbo quieren para la Nación. “No hay barómetro más exacto para estimar el grado de sensatez y civilización de cada país que su Ley de Presupuesto”, describía.
A pocos minutos del cierre del plazo legal, el último jueves, el Ejecutivo cumplió y presentó en el Congreso los cientos de planillas que conforman el Presupuesto de Gastos y Recursos para 2023, junto a una serie de números gruesos como marco: gasto general de casi $29 billones, crecimiento promedio de la economía de 2%, inflación estimada en 60%, otra baja del déficit fiscal de 2,5 a 1,9% del PBI y un valor para el dólar al 31/12 de $269.

Cuánto entra, cuánto sale, cómo se cubre la diferencia y a quiénes se les asignan los fondos presenta la misma lógica que tiene cualquier hogar y hay que conformar a todos. Se trata del mismo rito de cada año, una mecánica de conjeturas que los sucesivos gobiernos han bastardeado bastante porque presentan números de compromiso, casi al azar que, si logran hacerlos aprobar, luego no cumplen.
Al respecto, hay a mano varios antecedentes. Por ejemplo, el Presupuesto que debería ejecutarse hoy nunca fue aprobado por el Congreso, por lo que la Argentina se rige en estos momentos con el del año 2021, convenientemente reformulado por endebles DNU. El año pasado, a esta altura, se prometían los siguientes parámetros para 2022: crecimiento, 4%; inflación, 33%; déficit fiscal, 4% del PBI y un dólar de $131,10 a diciembre. A la fecha, salvo el déficit, que se buscó achicar con la quita de subsidios, el resto se desbordó y marca lo endeble de aquellos números.

Es verdad que todo cálculo hacia el futuro es siempre algo que se supone que va ocurrir y que hay imponderables que marcan desvíos lógicos, pero la comparación abruma por lo negativa. Pero, además, para la Argentina de estos últimos años, un Presupuesto bien elaborado y discutido a fondo en el Congreso debería ser el Programa Económico a cumplir, sin necesidad de que intervenga ningún organismo de crédito internacional.

Ocurre que el Gobierno nacional perdió, como en tantos otros temas, demasiado tiempo debido a sus internas. Nunca el presidente de la Nación ni Martín Guzmán quisieron transparentar lo que todos veían, que el barco estaba a la deriva. Eran los tiempos de las furiosas críticas internas a la política económica, mientras que Fernández se ufanaba de no tener un Plan explícitamente formulado para no irritar a Cristina Kirchner.

Entonces, Presidente y ministro prefirieron jugar con la incertidumbre y esa medicina fue mortal para la inversión, mientras que la inseguridad por el deterioro de la moneda pegó fuerte en la demanda de dólares. La llegada de Sergio Massa al Ejecutivo y el ajuste ortodoxo que plantea ahora bajo la tutela del FMI (recortes de gastos, menos emisión, suba de tasas, etc.) resultan ser finalmente el corazón del nuevo Presupuesto. Ahora, faltaría que aparezca una política más homogénea del oficialismo sostenida en el tiempo.

Sin embargo, detrás de los números existe el problema objetivo que marcaba Alberdi, ya que los ciudadanos de a pie están convencidos de que los Presupuestos son apenas un dibujo para salir del paso y, por lo tanto, no les creen y suman así otro mal trago a los tantos que los tienen escaldados y que las encuestas reflejan.


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