Los dilemas de la IA

Redacción

Por Redacción

El debate sobre los usos de la inteligencia artificial y su futuro, activado a raíz de renuncias y advertencias de exempleados y directivos de las grandes firmas tecnológicas, no debiera ser ajeno a la Argentina. Este desarrollo dejó hace tiempo de ser una promesa lejana para convertirse en un gran cambio que atraviesa la economía, el trabajo, las comunicaciones, la educación, el derecho, la política y la vida cotidiana de toda la población.

El gran salto experimentado por esta tecnología tiene que ver con sistemas generativos, capaces de “aprender”, planificar y ejecutar acciones de manera autónoma, sin que una persona haya previsto cada uno de sus pasos, como el software tradicional. La alerta se produjo cuando, durante pruebas internas, miles de “agentes” de estos sistemas encontraron vías para comunicarse entre sí, acceder a recursos no previstos y aprovechar vulnerabilidades para conseguir los objetivos planteados, eludiendo límites y advertencias fijados por sus desarrolladores humanos.

Los inconvenientes parecen estar lejos aún de los escenarios apocalípticos de ciencia ficción al estilo del “Terminator” de Cameron o “2001” de Kubrick. No se trató de sistemas que adquirieron conciencia, voluntad o deseos propios, sino de programas que lograron desarrollar herramientas y capacidades que sus programadores no contemplaron. Pero eso bastó para que generaran conductas inesperadas y riesgos para los cuales no hubo anticipación humana.

El problema es que, pese a los llamados a una “pausa” global, tanto las corporaciones como las potencias no tienen incentivos para desacelerar las aplicaciones.

En medio de una competencia comercial feroz por inversiones y recursos, las grandes compañías tecnológicas privilegian el avance de los modelos para su comercialización a la seguridad. Hoy, una compañía que reduzca voluntariamente la capacidad de sus modelos queda en desventaja frente a competidores que no lo hagan.  

Desde la geopolítica, China y Estados Unidos están embarcados en una disputa por la hegemonía tecnológica donde el objetivo es avanzar más rápido que el rival, no coordinar acciones. En un escenario donde la IA es la gran herramienta de poder político-militar, quedar rezagados implica que “no haya un pasado mañana” para el perdedor, como dijo el secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent.

En este marco, el Gobierno argentino confirma su apego al “laissez-faire” y rechaza la regulación estatal de la inteligencia artificial, argumentando que así el país se posiciona como un “hub” global atractivo para las grandes empresas del sector. Sin embargo, expertos y opositores advierten sobre la posible falta de controles éticos y de riesgos para la seguridad individual, nacional y la economía que ello implica.

La evidencia de que estas herramientas han sido explotadas en ciberataques contra infraestructuras críticas, sistemas financieros, desinformación o guerras híbridas muestra que el riesgo no es teórico. La aplicación de IA en el procesamiento de grandes volúmenes de información plantea debates sobre el uso de datos personales de los ciudadanos y el optimismo sobre el uso de estas tecnologías en educación ha sido puesto en duda tras los últimos resultados de las pruebas PISA. Aquí el dilema quizás sea el planteado por las novelas de Aldous Huxley: no que las máquinas tomen conciencia propia, sino que el ser humano pierda la suya al ser tan dependiente de la tecnología.

La experiencia histórica con avances como la energía nuclear o la ingeniería genética indica que, lamentablemente, las reglas suelen llegar recién luego de crisis o catástrofes. Pero también enseña que incluso adversarios estratégicos pueden pactar reglas comunes ante riesgos sin fronteras.

Argentina no puede esperar soluciones que lleguen de Bruselas, Washington o Pekín. Puede aprender de sus experiencias, aprovechar avances y participar del debate global, pero necesita instancias institucionales que involucren al Congreso, Justicia, universidades, empresas, organismos científicos y especialistas que le ayuden a construir una estrategia propia en este tema.  Y necesariamente pensar una agenda de seguridad con países vecinos, ya que participa de redes energéticas, de sistemas financieros, de telecomunicaciones y corredores logísticos que forman un entramado integrado y vulnerable a la vez.

El dilema para Argentina, y América Latina en general, es cómo no quedar afuera de esta revolución tecnológica pero al mismo tiempo desarrollar instituciones y capacidades para proteger a la sociedad de sus efectos adversos. 


El debate sobre los usos de la inteligencia artificial y su futuro, activado a raíz de renuncias y advertencias de exempleados y directivos de las grandes firmas tecnológicas, no debiera ser ajeno a la Argentina. Este desarrollo dejó hace tiempo de ser una promesa lejana para convertirse en un gran cambio que atraviesa la economía, el trabajo, las comunicaciones, la educación, el derecho, la política y la vida cotidiana de toda la población.

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