El adiós de un exiliado

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Novelista, periodista y biógrafo, Stefan Zweig fue un escritor muy popular en nuestro país, en tiempos inmediatos a la Segunda Guerra Mundial, en mérito de biografías y estudios que operaron como fuente de conocimientos históricos para el gran público. Erasmo de Rotterdam, María Estuardo, Dickens, María Antonieta, Fouché y Magallanes fueron figuras novelescas suyas que poblaron las discusiones literarias de los argentinos en esos tiempos de lecturas largas y discusiones cultas. Su suicidio en 1942 fue una nota particularmente dramática para miles de fieles lectores que lo admiraban. La vida de este escritor estuvo signada por la gran cultura de la Europa Central de fines del siglo XIX, que tuvo a Viena como centro para la filosofía, la ciencia y las artes. En esta Europa del otoñal imperio Habsbúrgico culminó un brillante espacio cultural integrado en la base por dos elementos particulares, la lengua alemana y la civilización hebraica en una simbiosis fecunda e irrepetible que sería obliterada por el nazismo y la Shoá. En ese escenario se forjó la amistad de Zweig con personalidades trascendentes como Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, y Theodor Herzl, fundador del movimiento sionista. Socio musical de Richard Strauss, fue coetáneo, para mortificación suya, de personajes tan poco melodiosos como Georg Schönerer y Karl Lueger, ideólogos de un protofascismo vernáculo e inspiradores antisemitas de Adolf Hitler, austríaco como ellos. Abandonó su patria en 1934 cuando las pasiones nacionalistas tomaban el escenario público y crecía el monstruo en Alemania. Pacifista, internacionalista y europeísta, luego de algunos años que pasó en Inglaterra y Estados Unidos se decidió por la promesa de paz de Sudamérica, la Argentina o Brasil como proyecto. Vino en 1936 a un Buenos Aires que finalmente encontró demasiado inquieto por pasiones políticas y, luego de un paréntesis, finalmente aceptó la mejor promesa del Brasil de Getúlio Vargas que lo acogía con júbilo y honores. En 1940 se instaló, casado con Lotte Altmann, en Petrópolis, pueblo de las sierras fluminenses contiguo a Río de Janeiro y, rodeado de amigos fervorosos, retomó sus trabajos literarios. Escribió allí “Brasil, tierra del futuro”, un libro premonitorio sobre la nación cuya grandeza se nos viene apuntando. Decía que cada día amaba más a ese país alegre y generoso. No habría elegido otro lugar después de que el mundo de su propia lengua se hundiese y que su patria espiritual, Europa, se destruyese a sí misma. Escribió también una autobiografía, con título “El mundo de ayer”, en la que evocó la vida europea anterior a la Primera Guerra. Era un mundo que creía en el progreso indefinido de la humanidad, el imaginado por Condorcet y el Iluminismo, un mundo sin pasaportes, de fe en el ser humano y en la libertad. Escribiría: “Cuando intento encontrar una fórmula simple para el período durante el cual crecí, espero que convenga totalmente llamándolo ‘La edad dorada de la seguridad’”. Pero a partir de aquella guerra sangrienta se había producido un cambio abrumador en el sentido de la intolerancia y la barbarie. Explicó que por el tiempo de su vida habían galopado todos los corceles del Apocalipsis: la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración. Había visto nacer y expandirse ante sus propios ojos las grandes ideologías de masas, el fascismo en Italia, en nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, antes que todo, la peor de las pestes, el nacionalismo. Finalizando 1941, las noticias del mundo que lo alcanzaban en Petrópolis –Hitler incansable en Europa, Japón ocupando Singapur, Estados Unidos en guerra y demandando intervención de los países sudamericanos– ahondaban su ya madura depresión. Preparó cuidadosamente la muerte y escribió una carta de despedida en la que confesaba su infinito cansancio de peregrino y apátrida. Era mejor concluir una vida en la que el trabajo intelectual y la libertad individual habían sido la mayor alegría. Concluye: “Saludo a todos mis amigos con el deseo de que se les permita ver la aurora de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes”. Se suicidó con barbitúricos, junto con su esposa, el 22 febrero de 1942. Él tenía 61 años, ella 33. Quedó una foto policial de los esposos acostados en camitas juntas, ella con la cara echada sobre la de él y con una mano rozando su frente como si quisiera seguir protegiéndolo, una foto que está en el libro “Muerte en el paraíso” de Alberto Dines y que no puede contemplarse sin emoción. La futura premio Nobel Gabriela Mistral, entonces cónsul en Brasil y amiga muy cariñosa de “ese hombre tierno como una criatura”, relató la escena mortuoria que la conmovió hasta el llanto cuando corrió al dormitorio, en una carta de dolor reciente a Eduardo Mallea que se publicó en la página literaria de “La Nación” del 3 de marzo de 1942. Esa carta que describe el cuadro termina: “Stefan Zweig dormía sin sueños aliviado para siempre del tiempo y el mundo vergonzosos que fueron ración de su vejez”. (*) Doctor en Filosofía