El desastre venezolano
Según el presidente venezolano Nicolás Maduro, Estados Unidos, con la colaboración de los restos de la burguesía tradicional de su propio país, está librando una “guerra económica” despiadada contra la revolución bolivariana. Así, pues, era de prever que el sucesor del extinto Hugo Chávez acusara a los “generales norteamericanos” y sus aliados de la “derecha maltrecha” local de estar detrás de los saqueos que ya son rutinarios en distintas zonas de Venezuela, en especial en los estados del sur, donde hace poco murió baleado un hombre y quedaron detenidas más de cincuenta personas. Si bien es factible que políticos opositores hartos del régimen chavista hayan querido provocar saqueos, la verdad es que seguirían produciéndose aun cuando tanto ellos como los militares norteamericanos estuvieran resueltos a frustrar los intentos de organizarlos por suponer que les convendría más conservar la paz. No es que “la derecha” venezolana y Estados Unidos hayan ganado una guerra económica en contra del chavismo, es que el régimen se las ha arreglado para asestarle al “capitalismo” una derrota aplastante sin entender que sería imposible hacerlo sin destruir la economía nacional. En la actualidad, todas las hipotéticas alternativas al “capitalismo” han fracasado de manera realmente catastrófica. Puede que los norcoreanos, cubanos y, de tomarse en serio la retórica chavista, venezolanos ya no se vean sometidos a la tan denostada tiranía del capital, pero sucede que, para liberarlos, gobiernos supuestamente socialistas o comunistas los han condenado a la miseria más absoluta. El que los saqueos ya sean frecuentes en Venezuela dista de ser sorprendente. En cambio, sí lo es que, a pesar de la escasez crónica de bienes de primera necesidad, se haya mantenido un simulacro de paz social. Parecería que el temor a lo que serían capaces de hacer los matones chavistas de verse ante una explosión social auténtica, el miedo causado por la extrema violencia delictiva –Caracas es la segunda ciudad más violenta del mundo, superada en tal ámbito sólo por la hondureña San Pedro Sula– y el cansancio provocado por la necesidad de perder horas todos los días buscando alimentos, remedios y artículos tan básicos como pañales se han combinado para anestesiar a la población. Con todo, extrañaría que el estoicismo así reflejado se mantuviera por mucho tiempo más. A diferencia de la mayoría de los demás países de la región, Venezuela depende de las importaciones, ya que, aparte del petróleo, no produce nada, con el resultado de que la caída del precio del crudo en los mercados internacionales ha motivado el virtual vaciamiento de los almacenes en que se venden productos como harina, café y arroz. Huelga decir que, como siempre ocurre, los pobres, los que entre otras cosas no tienen acceso al mercado negro, son las víctimas principales de la inoperancia gubernamental. Aunque a esta altura no cabe duda alguna de que ha fracasado por completo “el socialismo del siglo XXI” chavista, el esquema así designado sigue contando con partidarios no sólo en otros países latinoamericanos, como el nuestro, sino también en Europa. En sectores determinados, es tan fuerte el deseo de creer que en algún lugar alguien está construyendo una “alternativa” viable al capitalismo liberal que algunos intelectuales y militantes políticos están dispuestos a reivindicar los resultados de los “experimentos” más alocados y más truculentos, sin preocuparse por los abultados costos humanos que acarrean. Para quienes piensan así, las abstracciones ideológicas importan mucho más que el destino de las personas de carne y hueso, de suerte que en distintas partes del mundo continuarán aplicándose programas socioeconómicos disparatados cuyo único mérito consiste en ser innegablemente heterodoxos. Por desgracia, durante años la Argentina ha servido como una especie de laboratorio para los así tentados, aunque hasta ahora los buscadores de alternativas locales no han ido tan lejos como sus equivalentes venezolanos que, gracias a los centenares de miles de millones de petrodólares que su país ha recibido, se han convencido de que les sería dado mofarse no sólo de las leyes económicas fundamentales sino también de las matemáticas.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Jueves 6 de agosto de 2015
Según el presidente venezolano Nicolás Maduro, Estados Unidos, con la colaboración de los restos de la burguesía tradicional de su propio país, está librando una “guerra económica” despiadada contra la revolución bolivariana. Así, pues, era de prever que el sucesor del extinto Hugo Chávez acusara a los “generales norteamericanos” y sus aliados de la “derecha maltrecha” local de estar detrás de los saqueos que ya son rutinarios en distintas zonas de Venezuela, en especial en los estados del sur, donde hace poco murió baleado un hombre y quedaron detenidas más de cincuenta personas. Si bien es factible que políticos opositores hartos del régimen chavista hayan querido provocar saqueos, la verdad es que seguirían produciéndose aun cuando tanto ellos como los militares norteamericanos estuvieran resueltos a frustrar los intentos de organizarlos por suponer que les convendría más conservar la paz. No es que “la derecha” venezolana y Estados Unidos hayan ganado una guerra económica en contra del chavismo, es que el régimen se las ha arreglado para asestarle al “capitalismo” una derrota aplastante sin entender que sería imposible hacerlo sin destruir la economía nacional. En la actualidad, todas las hipotéticas alternativas al “capitalismo” han fracasado de manera realmente catastrófica. Puede que los norcoreanos, cubanos y, de tomarse en serio la retórica chavista, venezolanos ya no se vean sometidos a la tan denostada tiranía del capital, pero sucede que, para liberarlos, gobiernos supuestamente socialistas o comunistas los han condenado a la miseria más absoluta. El que los saqueos ya sean frecuentes en Venezuela dista de ser sorprendente. En cambio, sí lo es que, a pesar de la escasez crónica de bienes de primera necesidad, se haya mantenido un simulacro de paz social. Parecería que el temor a lo que serían capaces de hacer los matones chavistas de verse ante una explosión social auténtica, el miedo causado por la extrema violencia delictiva –Caracas es la segunda ciudad más violenta del mundo, superada en tal ámbito sólo por la hondureña San Pedro Sula– y el cansancio provocado por la necesidad de perder horas todos los días buscando alimentos, remedios y artículos tan básicos como pañales se han combinado para anestesiar a la población. Con todo, extrañaría que el estoicismo así reflejado se mantuviera por mucho tiempo más. A diferencia de la mayoría de los demás países de la región, Venezuela depende de las importaciones, ya que, aparte del petróleo, no produce nada, con el resultado de que la caída del precio del crudo en los mercados internacionales ha motivado el virtual vaciamiento de los almacenes en que se venden productos como harina, café y arroz. Huelga decir que, como siempre ocurre, los pobres, los que entre otras cosas no tienen acceso al mercado negro, son las víctimas principales de la inoperancia gubernamental. Aunque a esta altura no cabe duda alguna de que ha fracasado por completo “el socialismo del siglo XXI” chavista, el esquema así designado sigue contando con partidarios no sólo en otros países latinoamericanos, como el nuestro, sino también en Europa. En sectores determinados, es tan fuerte el deseo de creer que en algún lugar alguien está construyendo una “alternativa” viable al capitalismo liberal que algunos intelectuales y militantes políticos están dispuestos a reivindicar los resultados de los “experimentos” más alocados y más truculentos, sin preocuparse por los abultados costos humanos que acarrean. Para quienes piensan así, las abstracciones ideológicas importan mucho más que el destino de las personas de carne y hueso, de suerte que en distintas partes del mundo continuarán aplicándose programas socioeconómicos disparatados cuyo único mérito consiste en ser innegablemente heterodoxos. Por desgracia, durante años la Argentina ha servido como una especie de laboratorio para los así tentados, aunque hasta ahora los buscadores de alternativas locales no han ido tan lejos como sus equivalentes venezolanos que, gracias a los centenares de miles de millones de petrodólares que su país ha recibido, se han convencido de que les sería dado mofarse no sólo de las leyes económicas fundamentales sino también de las matemáticas.
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