El desbande kirchnerista
El exjefe de la AFIP, Ricardo Echegaray, dice que el contratista santacruceño Lázaro Báez “va a terminar preso”. La comprovinciana de Báez, la gobernadora Alicia Kirchner, jura que “jamás fue socio” de su familia. Por su parte, el hombre insiste en que “ni Echegaray ni Alicia pueden justificar su patrimonio”. Mientras tanto, se están cayendo en pedazos los imperios empresariales, con sus sucursales mediáticas, que fueron construidos a base de favores otorgados por el gobierno kirchnerista a representantes de una fantasiosa “burguesía nacional”. Tal y como están las cosas, no extrañaría que se hundieran por completo. Asimismo, a juicio de muchos, entre ellos el sindicalista Luis Barrionuevo, el que en una oportunidad afirmó que “hay que dejar de robar por dos años” para que la Argentina experimente un boom económico fenomenal, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner compartirá el destino que se prevé para tantos funcionarios, empresarios y otros que lograron aprovechar en beneficio propio la llamada década ganada. Es dolorosamente evidente que el clima en lo que fue la cúpula kirchnerista se ha vuelto tóxico. La consigna de cada uno parece ser “sálvese quien pueda”. Así, pues, con la presunta esperanza de figurar como arrepentidos, sus integrantes principales están intercambiando acusaciones muy graves. No los ayudará. Por el contrario, el pánico que muchos claramente sienten virtualmente asegura que se cumplan las previsiones de quienes no ocultan su deseo de verlos entre rejas. Puede que haya abogados capaces de explicarnos que el crecimiento vertiginoso reciente de los patrimonios de Cristina, ciertos colaboradores y los capitalistas amigos no se debió a la violación de la ley, y a buen seguro hay magistrados que el año pasado hubieran estado dispuestos a cohonestar sus argumentos, pero desde entonces mucho ha cambiado. La sociedad en su conjunto ya no se inclina por dar a los kirchneristas el beneficio de toda duda concebible. En la actualidad, denuncias que hasta hace poco se veían calificadas de “apocalípticas” y atribuidas a la malignidad opositora son consideradas perfectamente verosímiles. Merced en parte a la difusión viral de videos que, para citar al presidente Mauricio Macri, “dan asco” y en parte a la conciencia de que la gestión del gobierno anterior fue asombrosamente inepta, se ha instalado la certeza de que Cristina encabezaba una auténtica cleptocracia. Puesto que los acusados de saquear el país no podrán defenderse con éxito en los tribunales sin la complicidad de jueces afines, tendrán que depender del poder político que consigan retener. Para alarma tanto de los líderes kirchneristas como de los militantes más fanatizados, a partir del trimestre final del año pasado el grueso de la opinión pública ha ido alejándose del tristemente célebre “relato”. Incluso muchos que no quieren para nada al gobierno macrista entienden que el kirchnerismo no constituye una alternativa válida, razón por la que ya sería anacrónico suponerlo capaz de organizar “la resistencia”, forzosamente callejera porque escasean los legisladores interesados en prestarse a una aventura que podría tener consecuencias sumamente infelices, contra un gobierno de legitimidad democrática incuestionable. Antes bien, hasta ahora todos los esfuerzos por hacerlo han resultado contraproducentes. Está desintegrándose con rapidez sorprendente el núcleo duro del kirchnerismo que conformaban Cristina y sus familiares, funcionarios, empresarios como Báez y Cristóbal López, piqueteros, personajes supuestamente comprometidos con los derechos humanos y los militantes de La Cámpora. De haberse mantenido unidos, habrían podido advertirles a sus adversarios que, por ser tan complicada la situación del país, no sería de su interés que se vieran obligados a rendir cuentas ante la Justicia, pero al entregarse a una lucha interna nada edificante, lo único que han logrado es convencer a más ciudadanos de que los riesgos así planteados serían menores de lo que sería una hipotética decisión de dejarlos conservar lo mucho que se las arreglaron para conseguir. Es por tal razón que se oyen cada vez más alusiones, en boca incluso de exoficialistas, al eventual encarcelamiento de personas que antes del triunfo electoral de Macri se creían impunes de por vida.
El exjefe de la AFIP, Ricardo Echegaray, dice que el contratista santacruceño Lázaro Báez “va a terminar preso”. La comprovinciana de Báez, la gobernadora Alicia Kirchner, jura que “jamás fue socio” de su familia. Por su parte, el hombre insiste en que “ni Echegaray ni Alicia pueden justificar su patrimonio”. Mientras tanto, se están cayendo en pedazos los imperios empresariales, con sus sucursales mediáticas, que fueron construidos a base de favores otorgados por el gobierno kirchnerista a representantes de una fantasiosa “burguesía nacional”. Tal y como están las cosas, no extrañaría que se hundieran por completo. Asimismo, a juicio de muchos, entre ellos el sindicalista Luis Barrionuevo, el que en una oportunidad afirmó que “hay que dejar de robar por dos años” para que la Argentina experimente un boom económico fenomenal, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner compartirá el destino que se prevé para tantos funcionarios, empresarios y otros que lograron aprovechar en beneficio propio la llamada década ganada. Es dolorosamente evidente que el clima en lo que fue la cúpula kirchnerista se ha vuelto tóxico. La consigna de cada uno parece ser “sálvese quien pueda”. Así, pues, con la presunta esperanza de figurar como arrepentidos, sus integrantes principales están intercambiando acusaciones muy graves. No los ayudará. Por el contrario, el pánico que muchos claramente sienten virtualmente asegura que se cumplan las previsiones de quienes no ocultan su deseo de verlos entre rejas. Puede que haya abogados capaces de explicarnos que el crecimiento vertiginoso reciente de los patrimonios de Cristina, ciertos colaboradores y los capitalistas amigos no se debió a la violación de la ley, y a buen seguro hay magistrados que el año pasado hubieran estado dispuestos a cohonestar sus argumentos, pero desde entonces mucho ha cambiado. La sociedad en su conjunto ya no se inclina por dar a los kirchneristas el beneficio de toda duda concebible. En la actualidad, denuncias que hasta hace poco se veían calificadas de “apocalípticas” y atribuidas a la malignidad opositora son consideradas perfectamente verosímiles. Merced en parte a la difusión viral de videos que, para citar al presidente Mauricio Macri, “dan asco” y en parte a la conciencia de que la gestión del gobierno anterior fue asombrosamente inepta, se ha instalado la certeza de que Cristina encabezaba una auténtica cleptocracia. Puesto que los acusados de saquear el país no podrán defenderse con éxito en los tribunales sin la complicidad de jueces afines, tendrán que depender del poder político que consigan retener. Para alarma tanto de los líderes kirchneristas como de los militantes más fanatizados, a partir del trimestre final del año pasado el grueso de la opinión pública ha ido alejándose del tristemente célebre “relato”. Incluso muchos que no quieren para nada al gobierno macrista entienden que el kirchnerismo no constituye una alternativa válida, razón por la que ya sería anacrónico suponerlo capaz de organizar “la resistencia”, forzosamente callejera porque escasean los legisladores interesados en prestarse a una aventura que podría tener consecuencias sumamente infelices, contra un gobierno de legitimidad democrática incuestionable. Antes bien, hasta ahora todos los esfuerzos por hacerlo han resultado contraproducentes. Está desintegrándose con rapidez sorprendente el núcleo duro del kirchnerismo que conformaban Cristina y sus familiares, funcionarios, empresarios como Báez y Cristóbal López, piqueteros, personajes supuestamente comprometidos con los derechos humanos y los militantes de La Cámpora. De haberse mantenido unidos, habrían podido advertirles a sus adversarios que, por ser tan complicada la situación del país, no sería de su interés que se vieran obligados a rendir cuentas ante la Justicia, pero al entregarse a una lucha interna nada edificante, lo único que han logrado es convencer a más ciudadanos de que los riesgos así planteados serían menores de lo que sería una hipotética decisión de dejarlos conservar lo mucho que se las arreglaron para conseguir. Es por tal razón que se oyen cada vez más alusiones, en boca incluso de exoficialistas, al eventual encarcelamiento de personas que antes del triunfo electoral de Macri se creían impunes de por vida.
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