El empresariado y Macri

Por Redacción

Aunque muchos lo toman por un integrante típico del empresariado nacional, el presidente Mauricio Macri no parece sentir mucho respeto por la subclase así supuesta, acaso porque comparte con sus adversarios populistas la convicción de que dista de conformar una “burguesía nacional” como las que tanto han contribuido a la prosperidad del mundo desarrollado. No sorprende, pues, que lo haya decepcionado la voluntad de tantos empresarios y comerciantes de aprovechar la incertidumbre imperante para aumentar los precios de los productos que venden, de tal modo impulsando la inflación que, si no desacelera muy pronto, podría privarlo del respaldo político que necesita; pero debería haber entendido que le sería vano esperar que el empresariado en su conjunto colaborara con el nuevo gobierno por su presunta afinidad ideológica. En nuestro país, defensores del sector privado no suelen ser personas convencidas de la superioridad de la libertad económica sino corporativistas que tienen mucho en común con los sindicalistas. Con escasas excepciones, los empresarios locales se han acostumbrado tanto a depender de su relación con el gobierno de turno que Macri tendría que prometerles algo bien concreto a cambio de una decisión de ayudarlo a frenar la suba del costo de vida. Hablarles de los beneficios que, a la larga, disfrutarían si la inflación bajara a un nivel tolerable no le servirá para mucho. Aún menos eficaz sería un esfuerzo gubernamental por obligar a los empresarios a ser más competitivos, ya que lo que quiere la mayoría es más proteccionismo. Dicen que sólo se trata de darles tiempo suficiente con el que puedan prepararse para enfrentar los desafíos que les aguardaría una vez derribadas las barreras que han hecho de la economía argentina una de las más cerradas del mundo, y algunos siguen señalando que países como Alemania, Estados Unidos y el Japón protegieron así a sus industrias jóvenes antes de transformarse en potencias competitivas; pero puesto que los lobista del sector han hablado así desde inicios del siglo pasado sin que se haya reducido la brecha que los separa de sus equivalentes de los países desarrollados –antes bien, ha continuado ampliándose–, es evidente que prefieren aferrarse al statu quo a arriesgarse. Para un gobierno como el de Macri, que está a favor de una mayor participación en la economía del sector privado, el que los eventuales protagonistas de lo que tiene en mente sean reacios a cooperar es sin duda motivo de frustración. Aun cuando muchos empresarios coincidieran en que, en teoría por lo menos, sería mejor para todos que la economía argentina se insertara en la internacional para aprovechar las oportunidades que les brindaría, casi todos se opondrían automáticamente a cualquier apertura comercial, por limitada que fuera, por suponer que significaría la muerte de la industria nacional. Por desgracia, los temores que dicen sentir son realistas. Nadie ignora que las maquiladoras de Tierra del Fuego, donde se ensamblan artefactos en base a kits procedentes por lo común de China, no podrían sobrevivir un solo día si se liberalizaran las importaciones, y lo mismo podría decirse de muchos otros productos nacionales, entre ellos los que se exportan merced a convenios con otros países. Que éste sea el caso enfrenta al gobierno con un dilema ingrato. Si por privilegiar el empleo opta por conservar el modelo ya tradicional de “sustitución de importaciones”, la economía seguirá perdiendo terreno en comparación con las de Asia Oriental, Europa y América del Norte; pero si procura abrirla más con el propósito de estimularla y, desde luego, luchar contra la inflación, correría el riesgo de ver cerrarse una multitud de empresas que sencillamente no están en condiciones de competir con sus rivales de otras latitudes. Parecería que los macristas, que son conscientes de los peligros planteados por ambas opciones, tratarán de encontrar un camino intermedio, abriendo un poco la economía si las circunstancias les parecen propicias. Mientras la competencia siga siendo una mala palabra no sólo para el empresariado sino también para los sindicalistas y la mayoría de los políticos, las reformas estructurales que gobiernos como el macrista quisieran llevar a cabo se verán postergadas hasta que la coyuntura internacional nos sea tan favorable como era a comienzos de la gestión kirchnerista.


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