El escándalo más grave

Tarde o temprano llegará el día en que el ex presidente Néstor Kirchner y su esposa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, tengan que explicar con precisión, sin las ambigüedades y evasivas a las que nos tienen acostumbrados, lo que en verdad ha sucedido con los ya tristemente célebres fondos de Santa Cruz. No les resultará fácil: tal y como están las cosas, les será forzoso hacer sus descargos ante la Justicia por haber sido tan burdos los intentos de Kirchner de convencer a la ciudadanía de que el asunto carece de importancia. Por lo demás, mientras que el gobernador santacruceño Daniel Peralta dice que el grueso de los por lo menos 520 millones de dólares sigue depositado en una cuenta del Banco Credit Suisse, cuya sede está en Zürich, hace diez meses el en aquel entonces presidente Kirchner se permitió afirmar en público que «están todos repatriados, algunos fueron invertidos en obras y el resto está siendo administrado por el banco de la provincia». A menos que por algún motivo incomprensible Peralta se haya equivocado, pues, el presidente mentía con descaro, lo que sería suficiente como para obligarlo a enfrentar un juicio en un país «normal» pero no, obvio es decirlo, en la Argentina actual, puesto que el oficialismo frustraría cualquier iniciativa en tal sentido. Por desgracia, antes de que la Justicia pueda funcionar como es debido, será necesario que se debilite la hegemonía política de los Kirchner y sus muchos aliados.

Como es natural, el misterio, por llamarlo así, de los fondos de Santa Cruz, plantea muchos interrogantes. ¿Se los usó para garantizar la compra de las acciones de YPF por el grupo Eskenazi que está encabezado por un empresario estrechamente vinculado con los Kirchner que, por casualidad, controla el Banco de Santa Cruz y, según se informa, dispone de una cuenta en el Credit Suisse? En este diario ya hemos publicado varios artículos en los que se trata de echar luz sobre una operación poco transparente a causa no sólo de la complejidad de las maniobras financieras relacionadas con un negocio de esta clase, sino también de los lazos personales entre los protagonistas. Puesto que están en juego sumas cuantiosas de dinero público, no privado, tenemos derecho a ser informados sobre todos los detalles de lo que está ocurriendo, pero el gobierno se ha dedicado a sembrar confusión con el presunto propósito de encubrir la verdad. También se han formulado otras hipótesis acerca del «misterio», de las que la más caritativa, ensayada por un diputado de PRO, es que el dinero está invertido «a plazo con alguna penalidad financiera en caso de retirarlo». Es factible, si bien poco probable, que esto haya ocurrido, pero aun cuando fuera cuestión de una inversión del tipo aludido no se justificaría la actitud despectivamente engañosa adoptada por el ex presidente Kirchner.

Ahora bien: se sabe que al gobierno le gustaría que la Argentina contara con lo que en la jerga de sus ideólogos se llama una «burguesía nacional» equiparable con la brasileña, o sea, de un empresariado más vigoroso que el existente, firmemente comprometido con lo que para los kirchneristas son los intereses del país. Se trata de un objetivo que en principio parece respetable, pero por lo pronto lo único que ha logrado es promover el «capitalismo de los amigotes» y crear un clima viciado, propicio para negociados espurios. No extraña que en el contexto así supuesto integrantes del equipo gobernante se las hayan arreglado para protagonizar una serie de escándalos, como los vinculados con la bolsa llena de dinero en efectivo que se encontró en el baño de la ministra de Economía, Felisa Miceli; la valija con casi 800.000 dólares que llevaba el venezolano-estadounidense Guido Antonini Wilson en un avión de la petrolera estatal virtual Enarsa, las irregularidades cometidas por la empresa Skanska y, es de suponer, la evolución sorprendente del patrimonio de los Kirchner. Pero si bien ya son muchos los escándalos que en otras circunstancias hubieran provocado auténticos terremotos políticos, de los mencionados ninguno tiene connotaciones tan graves como el planteado por los fondos de Santa Cruz y por los esfuerzos, arrogantes y desdeñosos, de Néstor Kirchner de burlar a la ciudadanía.


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