El fenómeno Trump
Tenemos suerte: en esta ocasión por lo menos, todos los precandidatos presidenciales son personas tan llamativamente “normales” que los más destacados parecen ser virtualmente intercambiables. En Estados Unidos la situación es muy distinta: antes de que quienes voten en las elecciones primarias se las arreglen para eliminar a las más extravagantes, tendrán que soportar la presencia de personajes excéntricos cuyo protagonismo motiva alarma en el resto del mundo. El representante actual más notable de la especie es el republicano Donald Trump, un magnate inmobiliario fabulosamente rico que, para consternación de una proporción significante de sus propios compatriotas, encabeza con cierta comodidad la carrera hacia la Casa Blanca de los aspirantes de un partido que, en las elecciones legislativas más recientes, derrotó con facilidad al otro gran partido, el Demócrata, del presidente Barack Obama. El consenso entre los politizados norteamericanos y sus equivalentes de otras partes del mundo es que una hipotética gestión de Trump sería un desastre sin atenuantes. Hasta hace poco, los líderes republicanos más respetados se mofaban de las pretensiones de Trump, puesto que suponían que compartiría el destino de otros precandidatos a su juicio extravagantes que, luego de disfrutar de una etapa breve de popularidad, terminaron hundiéndose sin dejar huella, pero aún no hay señales de que la campaña del multimillonario esté por desinflarse. Por el contrario, toda vez que comete lo que según las reglas políticas norteamericanas debería considerarse una gaffe imperdonable, ve aumentar un poco más su índice de aprobación. Cuando dio a entender que en su opinión casi todos los inmigrantes mexicanos son narcotraficantes, delincuentes y violadores, razón por la que construiría un gran muro para mantenerlos en su país de origen, sus partidarios lo aplaudieron. Por fin, se dijeron, contamos con un político dispuesto a hablar sin pelos en la lengua. Con todo, a pesar del patrioterismo rabioso que lo caracteriza, Trump no parece ser un racista sino más bien un hombre a quien le encanta lo políticamente incorrecto en un país en que los demás políticos se limitan a pronunciar vaguedades benévolas. Mientras que en otras partes del mundo los populistas, tanto de izquierda como de derecha, suelen asumir posturas anticapitalistas por entender que a la mayoría le gusta que un político atribuya sus dificultades a un “sistema” perverso, en Estados Unidos sus equivalentes se oponen con vehemencia al intervencionismo gubernamental. Asimismo, lejos de procurar hacer pensar que, a pesar de ser rico, en el fondo es un hombre común que sabe muy bien lo difícil que hoy en día es llegar a fin de mes, Trump no vacila en llamar la atención a las dimensiones insólitas de su patrimonio personal que, dice con orgullo, suma aproximadamente 10.000 millones de dólares. El mensaje es que en una sociedad sin muchos burócratas y sin un gobierno resuelto a meterse en todo, otros norteamericanos podrían erigirse en multimillonarios y gozar de lujos que son inalcanzables para quienes no lo son. Para quienes temen que los programas sociales impulsados por el ala demócrata más izquierdista terminen privando a Estados Unidos de su vigor tradicional, y que si no fuera por la propensión del gobierno a privilegiar a las “minorías” todos prosperarían, se trata de una idea muy atractiva. Por razones comprensibles, la popularidad de Trump preocupa mucho a los líderes republicanos más sensatos. Aunque siguen convencidos de que, como ha sucedido tantas veces en el pasado, el candidato presidencial de su partido resultará ser una persona moderada de opiniones centristas, como John McCain en el 2008 o Mitt Romney en el 2012, temen que el movimiento que se ha aglutinado en torno a Trump siga cobrando fuerza hasta que no haya más alternativa que la de resignarse a que el año que viene se enfrente con el candidato demócrata, que podría ser Hillary Clinton, o correr el riesgo de que el multimillonario forme su propio partido, como desgraciadamente para los republicanos hizo Ross Perot en 1992. De ser así, la Casa Blanca continuaría en manos de los demócratas por cuatro años más aun cuando los republicanos lograran seguir dominando las dos cámaras legislativas, lo que, huelga decirlo, no ayudaría a hacer menos asfixiante el clima político en la superpotencia.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Viernes 7 de agosto de 2015
Tenemos suerte: en esta ocasión por lo menos, todos los precandidatos presidenciales son personas tan llamativamente “normales” que los más destacados parecen ser virtualmente intercambiables. En Estados Unidos la situación es muy distinta: antes de que quienes voten en las elecciones primarias se las arreglen para eliminar a las más extravagantes, tendrán que soportar la presencia de personajes excéntricos cuyo protagonismo motiva alarma en el resto del mundo. El representante actual más notable de la especie es el republicano Donald Trump, un magnate inmobiliario fabulosamente rico que, para consternación de una proporción significante de sus propios compatriotas, encabeza con cierta comodidad la carrera hacia la Casa Blanca de los aspirantes de un partido que, en las elecciones legislativas más recientes, derrotó con facilidad al otro gran partido, el Demócrata, del presidente Barack Obama. El consenso entre los politizados norteamericanos y sus equivalentes de otras partes del mundo es que una hipotética gestión de Trump sería un desastre sin atenuantes. Hasta hace poco, los líderes republicanos más respetados se mofaban de las pretensiones de Trump, puesto que suponían que compartiría el destino de otros precandidatos a su juicio extravagantes que, luego de disfrutar de una etapa breve de popularidad, terminaron hundiéndose sin dejar huella, pero aún no hay señales de que la campaña del multimillonario esté por desinflarse. Por el contrario, toda vez que comete lo que según las reglas políticas norteamericanas debería considerarse una gaffe imperdonable, ve aumentar un poco más su índice de aprobación. Cuando dio a entender que en su opinión casi todos los inmigrantes mexicanos son narcotraficantes, delincuentes y violadores, razón por la que construiría un gran muro para mantenerlos en su país de origen, sus partidarios lo aplaudieron. Por fin, se dijeron, contamos con un político dispuesto a hablar sin pelos en la lengua. Con todo, a pesar del patrioterismo rabioso que lo caracteriza, Trump no parece ser un racista sino más bien un hombre a quien le encanta lo políticamente incorrecto en un país en que los demás políticos se limitan a pronunciar vaguedades benévolas. Mientras que en otras partes del mundo los populistas, tanto de izquierda como de derecha, suelen asumir posturas anticapitalistas por entender que a la mayoría le gusta que un político atribuya sus dificultades a un “sistema” perverso, en Estados Unidos sus equivalentes se oponen con vehemencia al intervencionismo gubernamental. Asimismo, lejos de procurar hacer pensar que, a pesar de ser rico, en el fondo es un hombre común que sabe muy bien lo difícil que hoy en día es llegar a fin de mes, Trump no vacila en llamar la atención a las dimensiones insólitas de su patrimonio personal que, dice con orgullo, suma aproximadamente 10.000 millones de dólares. El mensaje es que en una sociedad sin muchos burócratas y sin un gobierno resuelto a meterse en todo, otros norteamericanos podrían erigirse en multimillonarios y gozar de lujos que son inalcanzables para quienes no lo son. Para quienes temen que los programas sociales impulsados por el ala demócrata más izquierdista terminen privando a Estados Unidos de su vigor tradicional, y que si no fuera por la propensión del gobierno a privilegiar a las “minorías” todos prosperarían, se trata de una idea muy atractiva. Por razones comprensibles, la popularidad de Trump preocupa mucho a los líderes republicanos más sensatos. Aunque siguen convencidos de que, como ha sucedido tantas veces en el pasado, el candidato presidencial de su partido resultará ser una persona moderada de opiniones centristas, como John McCain en el 2008 o Mitt Romney en el 2012, temen que el movimiento que se ha aglutinado en torno a Trump siga cobrando fuerza hasta que no haya más alternativa que la de resignarse a que el año que viene se enfrente con el candidato demócrata, que podría ser Hillary Clinton, o correr el riesgo de que el multimillonario forme su propio partido, como desgraciadamente para los republicanos hizo Ross Perot en 1992. De ser así, la Casa Blanca continuaría en manos de los demócratas por cuatro años más aun cuando los republicanos lograran seguir dominando las dos cámaras legislativas, lo que, huelga decirlo, no ayudaría a hacer menos asfixiante el clima político en la superpotencia.
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