El gran legado del arquitecto de la sensualidad
Obra, pensamiento y vida de este creador de íconos de la arquitectura en cuatro continentes, que fue uno de los más importantes referentes del movimiento moderno.
OSCAR NIEMEYER
Nació el 15 de diciembre de 1907 y murió el miércoles pasado, cuando faltaban 10 días para que cumpliera 105 años. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes de la Universidad de Río de Janeiro donde se graduó en 1934. Oscar Niemeyer fue uno de los arquitectos más importantes del movimiento moderno. Con una existencia realmente intensa tanto en su aspecto personal como en el ejercicio de su profesión, atravesó las vanguardias artísticas históricas del siglo XX, fue parte de ellas; diseñó las instituciones de la exquisita y paradigmática Brasilia, una de las pocas ciudades modernas proyectadas desde el punto cero; debió exiliarse en París con la irrupción antidemocrática de los militares en su país. Es uno de los arquitectos que le dejó huellas a la Historia, con más de mil proyectos en cuatro continentes. En los inicios de su profesión, fruto de la amistad con Juscelino Kubitschek, alcalde de Belo Horizonte, se le encarga el proyecto de una iglesia, un casino y un espacio para hacer fiestas y bailes a orillas del lago Pampulha. Estas obras ya contenían la mayoría de los elementos con los que trabajaría durante toda su carrera como las curvas libres y el agua, que alcanzarán una dimensión creativa de tal magnitud que le otorgaron una popularidad muy grande en todo su país. Mas adelante, junto a Le Corbusier, el gran arquitecto del siglo XX, diseñan la sede central de la ONU en Nueva York y su fama ya excede los límites del Brasil. Pero recién en el año 1956 tiene la posibilidad de realizar algunas de las obras más importantes de su carrera; otra vez con la ayuda del anterior alcalde de Belo Horizonte y ahora presidente de Brasil, Kubitschek, le encargan el desarrollo de las instituciones de Brasilia, la nueva capital. Esa fue la gran posibilidad de explotar su arquitectura con la libertad para proyectar monumentalidad, lenguaje poético y extrema belleza. Allí desarrolla la residencia del presidente (Palácio da Alvorada), el Congreso Nacional, la Catedral de Brasilia, el Ministerio de Asuntos Exteriores, la sede del Tribunal Federal Supremo, los Ministerios y la sede del Gobierno. Contaba Niemeyer: “Una noche en Brasilia fuimos a ver la estructura del Alvorada que estaba lista, y cuando llegamos allá nos sorprendió que era muy linda, parecía una escultura, algo que no tenía una finalidad sino la propia belleza y dije: miren, este es el momento en que nace la arquitectura. Es la forma nueva, diferente, que crea sorpresas, es la arquitectura. La belleza es importante, usted ve las pirámides, fue algo sin ningún sentido, pero son tan lindas, tan monumentales que se olvida de la razón de las pirámides y se sorprende”. En 1964 luego de regresar de un viaje de trabajo encuentra un Brasil muy diferente, con un nuevo gobierno de facto que había derrocado al presidente João Goulart. La oficina donde trabajaba en Río de Janeiro fue allanada, sus proyectos misteriosamente comenzaron a ser rechazados y ante un clima hostil decide exiliarse en París. Allí recibió de inmediato un gran apoyo del cual expresó: “Siempre he agradecido que el entonces presidente Charles de Gaulle me permitiera trabajar como un técnico francés más”. En esos años, Niemeyer abre una oficina en Champs Elysees y recibe encargos desde muchos países del mundo. Entre los más célebres se encuentra la sede del Partido Comunista de Francia en París, edificio por el cual siente un especial y mayor orgullo que sobre cualquier otro que haya construido, un poco por el excelente resultado estético y otro poco por la conocida ideología política que profesa abiertamente, la cual entiende mucho más importante que la arquitectura, como bien lo dijo: “Nunca me callé. Nunca oculté mi posición de comunista. Es necesario protestar contra la miseria, las injusticias, las desigualdades. Lo más importante no es la arquitectura, sino la vida, los amigos, y este mundo injusto que debemos cambiar. Lo importante es mejorar el ser humano, sentir su fragilidad”. En los años 80 con la democracia restablecida, Niemeyer vuelve a Brasil e inicia su última etapa como arquitecto. Establece su estudio en la mítica Copacabana y produce una innumerable cantidad de edificios y memoriales, donde podemos destacar los sambódromos de São Paulo y Río de Janeiro, el Conjunto del parque Ibirapuera en la ciudad de São Paulo con su genial auditorio, la sede de la bienal de São Paulo y el Palacio de las Artes. La ciudad de Niterói en frente a Río de Janeiro, también tiene alegremente lo que se llamó el “Camino Niemeyer”, calle peatonal sobre el frente costero que va enlazando un complejo de edificios culturales diseñados por él y que culmina en lo que muchos consideran la mejor obra de Niemeyer, el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói. Un pequeño edificio que se levanta en un estrecho balcón de piedra sobre un acantilado al mar que parece surgir del lugar como una flor blanca, una de las imágenes más increíbles que haya dado la arquitectura hecha únicamente con hormigón brutal, hierro y vidrio: la simpleza de un acontecimiento verdaderamente poético. Este Museo además produjo algo insólito: desde su creación, en 1996, recibe un público turista superior al del Maracaná, el templo del fútbol en un país de futboleros. Finalmente me gustaría destacar otros dos edificios de su última etapa: el Museo Niemeyer en Curitiba con una imagen desafiante de un ojo negro y enorme de vidrio que parece flotar sobre un espejo de agua, y el reciente Auditorio Oscar Niemeyer en Ravello, Italia. Ambos, transformaron el perfil e iconografía de la ciudad donde están construidos, mostrándose como hermosas esculturas, produciendo belleza que trasciende la funcionalidad, según nos enseñó en sus comentarios sobre las pirámides. SOBRE SU ARQUITECTURA Cuando miramos las obras de Niemeyer nos da la idea de que contienen todo Brasil adentro: sus mujeres, sus morros, la alegría, la sensualidad, la exuberancia y la serenidad del mar. Con el arte propio de un perfumista logró obtener las esencias más limpias y puras de las formas del Brasil. A través de una aguda sutileza logró diseccionar, clasificar y sintetizar su mundo entero en cuatro o cinco curvas que, combinándolas de diferentes maneras, le sirvieron para construir un universo donde la belleza y por lo tanto la felicidad triunfan. Fue siempre un defensor incansable de las curvas, como manifestaciones intencionales de su mundo, decía dibujar las líneas onduladas de las mujeres en cada una de sus obras, banalizando un poco su genialidad. Niemeyer ha asumido de la arquitectura no sólo el rol de servir prácticamente a los hombres, también la asumió con el nivel superior de la obra de arte, porque para él la arquitectura debe conducir a la belleza y a la libertad. Gracias a la belleza, sus proyectos han sido siempre simples y poéticos. “Mi única regla es resaltar lo específico y conservar lo que es bello en cada lugar (…) la arquitectura está hecha de sueños, de fantasías, de curvas y de grandes espacios libres”. Lo genial de su obra, además de los resultados estéticos, es el proceso a través del cual produce su creación, en el que logró sintetizar la “brasilidad” e hizo arquitectura contemporánea en una relación de perfecta armonía con cada uno de los lugares donde se expresó. LA VIDA ES UN SOPLO Cuentan que hace unos años, cierto anochecer de pereza, cercado de amigos en su estudio de Copacabana, Oscar Niemeyer dijo cómo le gustaría aparecer en las enciclopedias y libros de arquitectura: un registro corto, que no dijera nada más que: Niemeyer, Oscar: brasileño, arquitecto; vivió entre amigos, creyó en el futuro. Prueba de esta sabia simpleza está presente también en otra de sus afirmaciones: “La vida es un soplo. Todo acaba. Me dicen que después de que yo muera, otras personas verán mi obra. Pero esas personas también morirán. Y vendrán otras, que también se irán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad. Lo que importa, mientras estamos aquí, es la vida, la gente. Abrazar a los amigos, vivir feliz. Cambiar el mundo. Y nada más”.
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Ícono de la arquitectura de Brasilia, el edificio del Congreso Nacional.
Auditorio en Ravello, Italia, creado por Niemeyer cuando ya tenía 101 años en una de las más bellas costas de ese país, la Amalfitana.
El Museo de Arte Contemporáneo de Niterói, 1996, se ubica sobre el Mirador de Boa Viagem y goza de la vista del Pan de Azúcar y el Corcovado.
Imagen del conjunto arquitectónico de la Pampulha, creada entre 1942 y 1944.
La Catedral Metropolitana Nossa Senhora Aparecida, más conocida como la Catedral de Brasilia, concluida en 1970.
El primer edificio del Museo Oscar Niemeyer de Curitiba, con su forma de ojo, es un ejemplo de arquitectura aliada al arte.