El marasmo argentino
Por Susana Yappert
En una Argentina a la que no le caben más eufemismos, la muerte por hambre aparece como la escena más dramática y elocuente del presente. Un presente que podría ser calificado de «perpetuo», porque tendrá la cualidad de extenderse en el tiempo. La pobreza, y su consecuencia directa, la desnutrición, cuando no mata deja secuelas, muchas veces irreversibles en niños que verán comprometido su desarrollo físico e intelectual.
Los niños que mueren día a día como consecuencia de la desnutrición nos interpelan profundamente.
Las imágenes de esos chicos del norte forzaron al debate, aunque ya no estrictamente económico, ni estadístico, ni siquiera excluyentemente político. Un debate que se instala en el terreno de la ética. Y por lo tanto, un debate «de» y «para» todos, sin descartar que en nuestra organización democrática caben responsabilidades diversas en este drama.
Las imágenes que vimos los últimos días son desgarradoras, aunque para muchos, sorpresivas. Se pregunta la gente de aquí y de más allá: ¿Tucumán o Biafra?, ¿cómo es posible que esto ocurra aquí?, ¿no sabía nada el gobierno?, ¿no será un error?
No, no lo es. Se estima que en la Argentina mueren 100 niños por día por causas vinculadas directa o indirectamente con la desnutrición. Cien.
Los números hablan hace rato y no por su abundancia (porque los hay a montones) han servido para que los «operativos rescate» hayan tenido que esperar el tiempo de las campañas políticas para ser implementados. Más de la mitad de los argentinos son pobres, la desnutrición afecta prácticamente a toda esa población. El escandaloso crecimiento de la pobreza, que se pronunció este último año, habla de miles de personas que atraviesan diariamente la línea de la pobreza. La caída del PBI, del 20% desde 1998 a la fecha, es equiparable con la de aquellas sociedades que han padecido algún desastre natural o una guerra. El ejército de desocupados y de desesperanzados es tal, que la crisis del «30 quedó chica al imaginario de lo posible.
Algunos datos:
• El PBI per cápita de la Argentina es hoy un 23% inferior que el de 1975.
• El 51,4% de la población (18.219.000) vive bajo la línea de pobreza.
• El 21,9% de la población (7.777.000) está en situación de indigencia.
• El 66,6% de los menores de 18 años (8.319.000) es pobre y la mayor parte de los pobres son niños.
• En varias provincias del norte, 7 de cada 10 chicos están en situación crítica.
• Considerando el período recesivo iniciado en 1998, la desocupación (récord) ha trepado un 74,2%, la pobreza un 67% y la indigencia un 180%.
• El deterioro en los ingresos (por convertibilidad), se estima, ascenderá al 45,5% al finalizar el año. El ingreso promedio sería, a finales del 2002, un 66,7% inferior al vigente en 1974 y equivale hoy a menos de la mitad del de aquel entonces.
• La concentración de la riqueza en pocas manos y la extensión de la pobreza se han pronunciado como nunca antes en la historia.
• Sin dejar de tener en cuenta otro indicador, que tan acertadamente consideró la doctora en psicoanálisis Silvia Bleichmar, el que muestra el aumento del «dolor país» (una suerte de adaptación local del «índice de sufrimiento humano» utilizado por Naciones Unidas), que mide el sufrimiento a que somos condenados cotidianamente por la insolvencia no ya económica del país sino moral de sus clases dirigentes.
Datos, pistas contundentes para «salir» de la sorpresa.
Pero éstos son los números y frente a ellos ¿qué hacer? Si las cosas están así, es imposible pensar en que hemos ido por el camino correcto y el presente interpela, nos acorrala. Ante una realidad descarnada no caben sino reflexiones descarnadas. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer -primero- para que no nos gane el «terrorismo de actualidad» que convierte realidades permanentes en hechos efímeros?
Es difícil abordar seriamente el tema de la desnutrición sin atacar sus causas. Y allí parece que nos entrampamos como ciudadanos a la hora de dar respuestas a este presente. Aparecen muchos interrogantes en distintas direcciones: ¿se resuelve este drama con una ley?; ¿la sociedad pone el mismo empeño en juntar firmas para una campaña que en dar algo de sí para que los más vulnerables -niños y ancianos- padezcan menos?; ¿desean las mujeres indigentes seguir teniendo hijos que no pueden alimentar?; ¿por qué no una campaña fuerte y masiva de control de la natalidad? Sí, suena feo. Pero no se trata de plantear esterilizaciones al estilo hindú, sólo se trata de garantizar la provisión de anticonceptivos para que toda mujer pueda elegir tener o no tener hijos en la Argentina de hoy. Hay datos que señalan que en los hospitales públicos en los que el Estado dejó de proveer anticoncepción, los embarazos en mujeres pobres e indigentes han aumentado hasta un 25% este último año.
¿Qué podemos hacer los ciudadanos para dejar de reproducir las condiciones que nos precipitaron a este dolor colectivo? ¿Es correcto fomentar la caridad? ¿Y el clientelismo? ¿No son ambas caras de la misma moneda? ¿Es racional gastar miles y miles de pesos en «operaciones rescate», en lugar de hacer de ese dinero miles de emprendimientos productivos? ¿Qué pasa que Tucumán nos conmueve y no ponemos los ojos en los desnutridos de acá? ¿Dejaremos -como ciudadanos- que los políticos se empeñen en hacer política con los pobres?
Con las campañas va llegando ayuda, dicen en los barrios, mientras comentan por lo bajo que ojalá las elecciones se posterguen para que siga llegando. Y ésta es otra realidad de la que no deberíamos desentendernos. Hay quien acusa a los pobres de ser gente acostumbrada a obtener comida sin hacer el mínimo esfuerzo. Hay otros que advierten que esa gente subalimentada no puede hacer, por caso, una huerta porque su cuerpo está tan debilitado que realmente no tiene fuerzas para hacerlo. La ingesta de la mayoría -cuenta una nutricionista- es suficiente para mantener el cuerpo en reposo y si gastan más de la cuenta se derrumban. Ambas realidades se imprimen en este mapa del marasmo argentino. Marasmo. Así le llaman al cuadro de desnutrición los entendidos; así, los diccionarios al estado de inmovilidad física o moral. No cabe duda de que hay que atender la emergencia. Ahora «es» el estado de emergencia, por tanto las respuestas también lo son. Pero convendría ir pensando en que si seguimos optando por «lo urgente tapa lo importante», de ésta será difícil salir y nos pasaremos de operativo en operativo. La desnutrición cuando no termina en muerte, deja secuelas graves. El futuro se anuncia negro.
La muerte de inocentes nos interpela a todos. Nos enfrenta a un dilema ético.
Recuerda la doctora Bleichmar que la «banalidad del mal» de la que hablaba Hannah Arendt, la que hizo que miles de alemanes se conmovieran hasta las lágrimas al escuchar a Wagner y a mostrar absoluta indiferencia ante millones de seres que eran gaseados frente a sus narices, fue lo que hizo posible el régimen nazi. «El remanente ideológico del nazismo fue la pérdida de capacidad de asombro de los hombres frente a la muerte y el desdibujamiento de los límites entre el bien y el mal». Cabe recordar que Arendt no vio otra salida para remediar esa realidad cruel que el retorno a las prácticas políticas de los ciudadanos probos, prácticas arrebatadas por el régimen, por el totalitarismo. Es inevitable que el dolor de hoy llame al pasado reclamándole una explicación, pero también una experiencia.
Volver a la política quizá sea una alternativa que hoy aparece casi como una obligación moral. Volver a la política permitiría poner freno a los abusos de una dirigencia política que se concibe como una élite susceptible de privilegios e impunidad; volver a la política para integrar al otro, al prójimo más próximo que, sumido en sus dolores cotidianos, pide que lo ayuden a recuperar su dignidad perdida.
«En esta presencia insoslayable del semejante se encuentra el fundamento de la ética…el otro está inscripto en nosotros, y esto es inevitable», recuerda Bleichmar.
El marasmo argentino es desconcertante. El país produce alimentos para el mundo y su gente muere de hambre.
Quizá sea útil admitir que somos ciudadanos endebles, capaces sí de salir a la calle en defensa de intereses más mezquinos que los que hoy justificarían llenar mil plazas. Hay que volver a tejer redes, quizá pase por pequeños gestos, empezando por percibir que el pobre no está del otro lado de la pantalla, como un modo de honrar tanta muerte injusta.
En una Argentina a la que no le caben más eufemismos, la muerte por hambre aparece como la escena más dramática y elocuente del presente. Un presente que podría ser calificado de "perpetuo", porque tendrá la cualidad de extenderse en el tiempo. La pobreza, y su consecuencia directa, la desnutrición, cuando no mata deja secuelas, muchas veces irreversibles en niños que verán comprometido su desarrollo físico e intelectual.
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