El martes inaugura la sala INCAA de Roca con “El Ardor”

Entrevista a su director, Pablo Fendrik



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CINE

El martes, a las 18 y dentro de los actos del Aniversario de Roca se inaugurará oficialmente el Espacio INCAA que funcionará en instalaciones de Casa de la Cultura, 9 de julio 1043.

Su Sala II contará con un proyector digital HD, pantalla gigante de alto contraste y equipo de sonido digital. Las proyecciones del Espacio serán los miércoles en Casa de la Cultura, a las 17 para el ciclo Paseo al Cine y a las 20 para todo público, con entrada a 30 pesos, de la que jubilados y estudiantes abonarán solo el 50%.

Ese día se proyectará la más reciente película de Pablo Fendrik, “El ardor” (14), protagonizada por Gael García Bernal, Alice Braga, Chico Díaz, Claudio Tolcachir, Jorge Sesán, Lautaro Vilo y Julián Tello. Julián Apezteguía es el responsable de la magnífica fotografía de esta coproducción Argentina-Brasil-EEUU-México-Francia, Magma Cine, Bananeira Filmes, Participant Media, Canana, Manny Films, Telefe y Aleph Media.

Tras “El asaltante” y “La sangre brota”, Fendrik se sumerge en la selva misionera con “El Ardor” para transitar su denso, caluroso clima, el drama, el suspenso y la acción de un guión cuya autoría le pertenece.

Un chamán (García Bernal) deambula hasta llegar a una plantación de tabaco donde un padre vive con su hija (Braga). Ese mismo día, tres mercenarios desforestadores, que llevan tiempo acosándolos, irrumpirán en la finca y asesinan al papá ante los ojos de la joven, a la que secuestran. El líder del grupo ordena la muerte con una lacónica frase: dos es lo mismo que uno…

“Es como una conclusión”, redefine mejor Pablo en diálogo con “Río Negro”. “Muy tremenda. Si mataste a uno es lo mismo que sean dos… Si alguien nos va a perseguir por eso, da igual, parecería decir. Todo lo que encierra esa breve frase”.

-Quienes habitan la selva son de pocas pero contundentes palabras…

-Es cierto. La escritura del guión resultó de una serie de viajes que hice a la provincia de Misiones, interiorizándome y tratando de absorber un poco ese ritmo y esas costumbres, el sonido que tiene la gente al hablar. Lo que retrata en “El ardor”, no son personas de Posadas, Oberá o algún pueblo chico, sino mucho más del monte. Estamos hablando de seres que viven en lugares medio remotos. Y en verdad, la fluidez de la conversación no es necesaria para llevar adelante su cotidianeidad o las tareas que realizan. La selva te mete para adentro, obliga a estar en silencio. Es un lugar potencialmente peligroso para el humano promedio, digamos, que no está armado o no anda en banda, y se mueve solitario de día y de noche. Ahí hay que estar atento e instintivamente te callás la boca y caminás con los sentidos bien afilados. Si te perdés y no tenés dónde refugiarte, podés ser comida de alguien más, un bicho puede atacarte. Puede ser muy hostil… De allí proviene la tosquedad y la forma de comunicarse que registra la película.

Por ejemplo, en uno de los viajes, anduve con gente muy acostumbrada al monte y ellos ven cosas que yo no. Uno se paró en el medio de un sendero caótico y lleno de información, y entre hojitas descubrió una uña de un bichito que hubiese sido indetectable para mí. Era imposible que viera algo de menos de un centímetro en el medio de la selva y este flaco lo registraba. U olía el rastro de un animal que había pasado por allí hacía un rato, un jabalí o algo por el estilo. Los habitantes de ese paisaje tienen los sentidos afinados de otro modo.

-Todo eso juega en la factura de la película, lo has registrado, como los sonidos de la noche y el día, la omnipresencia agobiante del calor…

-A medida que lo fui incorporando, pase a pretender reproducirlo. El rodaje es muy piramidal y la energía que sale del director y los principales responsables de esa movida, baja a todos. Y tanto los actores como el equipo estaban muy en esa. Fue un set muy silencioso y concentrado, en parte, porque todos habíamos sintonizado la necesidad de que para reproducir una atmósfera tan delicada y específica, había que estar en la misma frecuencia. Muy lejos de a los gritos, de joda o distraídos…

-Con la obra terminada, qué decantó dentro tuyo? Mientras la veía me preguntaba hasta dónde es capaz de llegar el humano movido por la avidez del dinero, la ambición desmedida de otros, la locura de matar…

-La cuestión era hablar de un costado, de una capa muy básica de la condición humana… De cuando ciertas acciones se suceden sin demasiada reflexión previa. Más por automatismo. Los tipos que hacen ese laburo son de un nivel de rusticidad elemental, no se plantean nada. Entonces, para mí, como caso de estudio es bien interesante, porque puedo plantarme en un universo amoral y también asocial. No es mi intención trabajarlo sociológicamente, sí procuré retratar un universo en el que no hay ley. Es supervivencia y en todo caso, la búsqueda de un cierto equilibrio de fuerzas. No mucho más.

-Donde las armas desnivelan.

-Exacto. Promediando la película, los personajes que vendrían a ser los buenos, tienen que disfrazarse un poco de malos para sobrevivir. Hay que ir hacia un lugar oscuro para salvarse, también. Manteniéndose en su tesitura, en su filosofía de vivir y dejar vivir, no van a subsistir. Entonces deben tomar las armas y montarse en otra actitud. En ese universo los parámetros son distintos, es una dimensión paralela la de estos personajes. No se mueven con las mismas reglas que vos y yo. La vida, como nosotros la conocemos, tiene un valor muy distinto. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Y pueden llegar a lugares muy diversos. Pero, a la vez, es complejo, no todo es maldad desatada, son manifestaciones humanas que contienen el mal y otras conductas. Esa complejidad multicapas me interesa, en todo caso, alumbrar por un momento. Estos mercenarios matan sin piedad, pero además tienen códigos entre ellos, una construcción propia de cierto orden, de cómo deben ser las cosas, pero mucho más elemental y menos sofisticada que nuestro mundo.

-Menos pensado.

-Sí, todo está puesto en un nivel intuitivo y llevado a la supervivencia.

-La selva es un universo multicapas, usando tu expresión.

-Absolutamente.

-Una buena definición de cómo tramaste y contaste la historia de “El ardor”.

-Sí. Por empezar, la selva es un sistema que tardó muchos miles de años en formarse, una complejidad casi infinita. Y quería dar cuenta de eso. Me causa mucha angustia que se destruya desde un lugar de tanta ignorancia y brutalidad. No es mi intención decir qué se puede hacer o qué no, sino expresar un sentimiento personal: me pega muy mal que esto pase. Sin pretender escribir un panfleto ecologista ni mucho menos. Es valiosa, preciosa y no está bueno que desaparezca. Quise contar una historia en la que, de alguna manera, la naturaleza le pone un límite a ese ataque, a su propia destrucción. Fue un película que me llevó mucho tiempo armar y sigue siendo un aprendizaje enorme. No creo que me haga rico o muy famoso con ella, no sé para qué sirve eso, pero sí me sigue dando mucho material para aprender y me obliga a surgirme en estados de reflexión profunda sobre los temas que aborda, y sobre lo que significa hacer cine o qué hacer después… ¿Qué pasa cuando le llega a la gente, qué le aporta? Es muy valioso tener un trabajo que me permite absorber todo este aprendizaje.

Eduardo Rouillet

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