El show de Kicillof
A diferencia de otros ministros de Economía kirchneristas como Carlos Fernández, un contador que optó por un perfil tan bajo que era virtualmente subterráneo, o Hernán Lorenzino, un personaje cuyo aporte más notable al país fue la frase “me quiero ir”, Axel Kicillof se supone un intelectual destacado, casi a la altura de su mundialmente famoso equivalente griego Yanis Varoufakis, con el que comparte la aversión a las corbatas por creerlas símbolos burgueses; pero acaso convendría que se dedicara más a lo que, al fin y al cabo, es su trabajo, que a jugar con ideas extravagantes como viene haciendo últimamente. Para desazón del candidato presidencial oficialista Daniel Scioli, que con toda seguridad se siente perjudicado por el comportamiento extraño del ministro favorito de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Kicillof parece haber decidido que le corresponde desempeñar un papel bufonesco, es de suponer con la esperanza de que los preocupados por la evolución de la economía nacional se sientan reconfortados por su voluntad de asumir una postura festiva y mofarse de los reparos formulados por dirigentes opositores. Por cierto, si lo que tiene en mente el ministro es sembrar confusión, no cabe duda alguna de que lo ha logrado. Luego de amenazar con difundir una lista de quienes pagan Ganancias, dijo que sólo se trataba de un “chiste”, ya que “somos porteños” y por lo tanto es normal intercambiar bromas. Más tarde, afirmó que sería positivo “regular desde el Estado” los alquileres, un proyecto que, poco después, él mismo calificó de “una taradez” atribuible a que el gobierno porteño de Mauricio Macri “no hizo planes de vivienda”. Para explicar su conducta, Kicillof nos advirtió que “hay mucha mentira preelectoral”, lo que, sería de suponer, es su forma de decirnos que sería mejor que los distintos candidatos se limitaran a hablar de temas menos polémicos que los vinculados con la maltrecha economía nacional. Puesto que según el calendario constitucional aún quedan cinco meses para que llegue a su fin la gestión de Cristina, el que el ministro –en opinión de algunos, el “superministro”– responsable de la economía nacional haya elegido actuar como si ya hubiera abandonado el cargo es de por sí inquietante. Parecería que Kicillof, consciente de que hace tiempo el “modelo” kirchnerista dejó de ser viable, ha tirado la toalla, resignándose a “seguir haciendo más o menos lo mismo”, como previó algunas semanas atrás, apostando a que nada realmente alarmante suceda antes de las elecciones presidenciales de octubre. Para que la calma chicha se prolongue algunos meses más, el gobierno depende de la tristemente célebre “maquinita” de fabricar pesos sin respaldo, mientras que infla las reservas activando el swap con China, entre otros expedientes que le sirven para ganar tiempo. Por tratarse de un hombre inteligente, Kicillof entenderá muy bien que el gobierno próximo recibirá una herencia difícilmente manejable, pero no podría hacer mucho para ayudarlo mientras esté en el gobierno sin “traicionar” a Cristina, informándole que el “modelo” nacional y popular que reivindica con tanta vehemencia siempre ha fracasado y que, aun cuando el candidato oficialista Scioli triunfe en las elecciones, le será forzoso cambiarlo por otro menos voluntarista. Es legítimo suponer que, como tantos otros funcionarios del gobierno actual, Kicillof antepone la lealtad hacia su benefactora –a la que, como es notorio, no le gusta el disenso– a su propio sentido de responsabilidad. De otro modo, estaría esforzándose por corregir o, al menos, atenuar las distorsiones que son propias de un “modelo” que se improvisó cuando el boom de la soja nos aportaba miles de millones de dólares anuales y el país era autosuficiente en energía. Pero, claro está, no le es dado a Kicillof alejarse demasiado del relato triunfalista oficial según el que la Argentina ya ha solucionado los problemas económicos y sociales que motivan angustia en otras latitudes. Puesto que parece resuelto a mantenerse en su cargo, no se le ha ocurrido otra opción que la de confiar en que, por un modo u otro, el “modelo” aguante hasta diciembre, aun cuando resulten exorbitantes los costos para el país de su negativa a comenzar a desmantelarlo antes.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 17 de agosto de 2009
A diferencia de otros ministros de Economía kirchneristas como Carlos Fernández, un contador que optó por un perfil tan bajo que era virtualmente subterráneo, o Hernán Lorenzino, un personaje cuyo aporte más notable al país fue la frase “me quiero ir”, Axel Kicillof se supone un intelectual destacado, casi a la altura de su mundialmente famoso equivalente griego Yanis Varoufakis, con el que comparte la aversión a las corbatas por creerlas símbolos burgueses; pero acaso convendría que se dedicara más a lo que, al fin y al cabo, es su trabajo, que a jugar con ideas extravagantes como viene haciendo últimamente. Para desazón del candidato presidencial oficialista Daniel Scioli, que con toda seguridad se siente perjudicado por el comportamiento extraño del ministro favorito de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Kicillof parece haber decidido que le corresponde desempeñar un papel bufonesco, es de suponer con la esperanza de que los preocupados por la evolución de la economía nacional se sientan reconfortados por su voluntad de asumir una postura festiva y mofarse de los reparos formulados por dirigentes opositores. Por cierto, si lo que tiene en mente el ministro es sembrar confusión, no cabe duda alguna de que lo ha logrado. Luego de amenazar con difundir una lista de quienes pagan Ganancias, dijo que sólo se trataba de un “chiste”, ya que “somos porteños” y por lo tanto es normal intercambiar bromas. Más tarde, afirmó que sería positivo “regular desde el Estado” los alquileres, un proyecto que, poco después, él mismo calificó de “una taradez” atribuible a que el gobierno porteño de Mauricio Macri “no hizo planes de vivienda”. Para explicar su conducta, Kicillof nos advirtió que “hay mucha mentira preelectoral”, lo que, sería de suponer, es su forma de decirnos que sería mejor que los distintos candidatos se limitaran a hablar de temas menos polémicos que los vinculados con la maltrecha economía nacional. Puesto que según el calendario constitucional aún quedan cinco meses para que llegue a su fin la gestión de Cristina, el que el ministro –en opinión de algunos, el “superministro”– responsable de la economía nacional haya elegido actuar como si ya hubiera abandonado el cargo es de por sí inquietante. Parecería que Kicillof, consciente de que hace tiempo el “modelo” kirchnerista dejó de ser viable, ha tirado la toalla, resignándose a “seguir haciendo más o menos lo mismo”, como previó algunas semanas atrás, apostando a que nada realmente alarmante suceda antes de las elecciones presidenciales de octubre. Para que la calma chicha se prolongue algunos meses más, el gobierno depende de la tristemente célebre “maquinita” de fabricar pesos sin respaldo, mientras que infla las reservas activando el swap con China, entre otros expedientes que le sirven para ganar tiempo. Por tratarse de un hombre inteligente, Kicillof entenderá muy bien que el gobierno próximo recibirá una herencia difícilmente manejable, pero no podría hacer mucho para ayudarlo mientras esté en el gobierno sin “traicionar” a Cristina, informándole que el “modelo” nacional y popular que reivindica con tanta vehemencia siempre ha fracasado y que, aun cuando el candidato oficialista Scioli triunfe en las elecciones, le será forzoso cambiarlo por otro menos voluntarista. Es legítimo suponer que, como tantos otros funcionarios del gobierno actual, Kicillof antepone la lealtad hacia su benefactora –a la que, como es notorio, no le gusta el disenso– a su propio sentido de responsabilidad. De otro modo, estaría esforzándose por corregir o, al menos, atenuar las distorsiones que son propias de un “modelo” que se improvisó cuando el boom de la soja nos aportaba miles de millones de dólares anuales y el país era autosuficiente en energía. Pero, claro está, no le es dado a Kicillof alejarse demasiado del relato triunfalista oficial según el que la Argentina ya ha solucionado los problemas económicos y sociales que motivan angustia en otras latitudes. Puesto que parece resuelto a mantenerse en su cargo, no se le ha ocurrido otra opción que la de confiar en que, por un modo u otro, el “modelo” aguante hasta diciembre, aun cuando resulten exorbitantes los costos para el país de su negativa a comenzar a desmantelarlo antes.
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