El telégrafo de Napoleón
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Alejandro Dumas fue un novelista de los poquísimos que pueden encantar a los niños, apasionar a los jóvenes y dejar recuerdos para todas las edades. Una de sus obras inolvidables es “El Conde de Montecristo”, de 1844, y a ella han rendido homenaje literario las mejores plumas. Entre ellas la del tucumano Tomás Eloy Martínez, quien no se cansó de agradecerle alegrías de su infancia y no se ruborizó, de grande, por declarar que había leído esa historia de 1.200 páginas media docena de veces en su vida. Admiraba la trama novelesca del libro y la parábola de Edmond Dantés, el héroe de la venganza perfecta que, saliendo de largos años de cárcel injusta tramada por poderosos, tuvo la suerte de desenterrar un tesoro escondido y la decisión inflexible de utilizarlo para lograr metódicamente, vestido y admirado con los oropeles de una nobleza inventada, la ruina, la locura y la muerte respectivamente para los tres personajes que lo infamaron. En la novela de Dumas hay, entre docenas de episodios memorables, uno especial que integra el cuadro de la primera de las tres venganzas del riquísimo “Conde de Montecristo”. Es la que planeó para destruir con una información falsa, lograda por soborno a un lejano operador de mensajes telegráficos, al banquero Danglars que había coadyuvado para su prisión. En ese episodio aparece, como ejemplo de la modernidad a mediados del siglo XIX, el nuevo sistema de mensajes, visto en la época como maravilla de las comunicaciones, que resulta bueno para una crónica interesante. Se trata del telégrafo, invención clave en la historia de la información, que nació con la “movilización de los sabios para salvar la República” ordenada por la Revolución Francesa y que decisivamente le sirvió a Napoleón en su empresas guerreras cuando se hizo del poder. En la espectacular lista de científicos que acudieron a la defensa del país (Lavoisier, Carnot, Monge, Berthollet, Chaptal, Coulomb, Laplace, etc.), hubo uno que prestó un servicio especialísimo: Claude Chappe, un patriota que quiso fortalecer la defensa del gobierno revolucionario contra enemigos internos y externos inventando en 1793 un sistema óptico de comunicaciones rápidas que llamó “telégrafo”. (Es el que posibilitó la información falsa que dio “Montecristo” al banquero Danglars para arruinarlo). El sistema, que representó un salto milenario de la velocidad de las comunicaciones, transmitía los telegramas mediante combinaciones de semáforos que se colocaban sobre mástiles emplazados en los techos de edificios elevados o torres construidas al efecto. El semáforo constaba de un travesaño central giratorio, con dos brazos desplazables en los extremos y, mediante una combinación de poleas y cuerdas, el telegrafista fijaba los brazos en diversas posiciones que respondían a una clave significando letras. Chappe ideó al mismo tiempo un sistema de envío de mensajes escritos en señales ópticas. La primera línea telegráfica se estableció en el año 1794 entre París y Estrasburgo y constaba de 50 torres separadas por siete millas. Cuando Napoleón se hizo cargo en 1799 de la República Francesa advirtió inmediatamente las ventajas estratégicas que el telégrafo podía brindarle para sus planes militares. Ordenó el completamiento del sistema óptico para unir todas las grandes ciudades del país, desde Calais y París a Toulon y desde ésta a Milán. Como buen general en campaña, se aseguró, utilizando un código criptográfico, que estuviera fuera del alcance de interesados civiles, manteniendo secreto el contenido de los mensajes a lo largo de su ruta. No bien fue declarado emperador, su primer mensaje a la oficialidad del Ejército fue escueto y rotundo: “París está tranquilo y los ciudadanos contentos”. El episodio sobre el banquero que se narra en “El Conde de Montecristo” tiene lugar poco tiempo antes de que el norteamericano Samuel Morse inventase el código que lleva su nombre y edificase un sistema telegráfico que utiliza electricidad a través de cables en lugar de semáforos colocados en torres. Morse lanzó su telégrafo eléctrico en 1838 y perfeccionó el código en 1844. Este código utilizaba pulsos eléctricos cortos y largos para representar las letras del alfabeto. Como propio de un buen hombre de negocios su sistema, a diferencia de la pauta secreta de Napoleón, fue diseñado –rápido, barato y accesible a todos– como una “profit-making enterprise”, una empresa capitalista para el logro de beneficios. (*) Doctor en Filosofía