El Víctor

Un personaje muy especial del fútbol 'chacarero'. Para los mendocinos se trata de un ídolo de verdad.

El documento de identidad dice Víctor Legrotaglie. La gente lo llama simplemente «El Víctor». Ser el máximo futbolista de Mendoza en su historia no es solamente un premio. Es más tangible, más auténtico. Se siente en el reconocimiento de la gente.

Amigo personal de Menem, de Menotti, de Pastoriza, del «Bambino» Veira, y de muchos otros grandes. Peronista «a muerte» y cultor de la filosofía del café.

Se para ante cada uno que lo saluda, que son muchos, sugiere fotos, hace bromas, inventa poses. Un tipo de aquellos. Sus años de gloria fueron entre el '69 y el '73 vistiendo la casaca de Gimnasia y Esgrima de Mendoza. Un fugaz paso por Chacarita en el '59 (donde jugó con su «compadre» Ariste Mendoza) y un par de amistosos en Ríver como únicas presencias en Buenos Aires. Fue tres veces tapa de la revista «El Gráfico» (59, 70 y 71).

Los porteños lo descubrieron cuando formaba parte de aquel equipo del «Lobo»que una tarde goleó 5 a 2 a San Lorenzo en el viejo «Gasómetro».

¿Cómo era su relación con los técnicos?

– «Siempre hice lo que se me antojó.

¿Y los contrarios?

– «Ya me conocían y sabían que no lo hacía por maldad, para desmerecer al rival. He hecho goles hasta con la cola. Me marcó Squeo, Aimar, Pachamé. Iba hasta el banderín y los abrazaba. Hablaba con la gente; se querían morir.».

Todo diversión

– «¡Pero claro! Diversión para mí y para los que iban a la cancha. No entiendo el fútbol de otra forma».

Su «parada» es la confitería del Automóvil Club desde hace muchos años. Todos se acercan a conversar, desde el profesional hasta el canillita.

Dicen que era vago para entrenar.

– «Es que siempre tuve un físico privilegiado. Casi no entrenaba en toda la semana y cuando iba, corríamos hasta el Cerro de La Gloria y les ganaba a todos».

¿Cómo llegó a Gimnasia?

– «Fue en el 55. Se jugaba un amistoso y un amigo, Cardone, me pidió que lo acompañase. Se lesionó el volante izquierdo Vieira y me tocó entrar. Estaba afilado, pesaba 62 kilos y tenía unas ganas bárbaras. Parece que anduve bien porque ganamos 6 a 2 y no me sacaron más. Estuve 22 años en primera. Nunca jugué en inferiores».

Detrás de su sonrisa interminable y de su optimismose esconda un fuerte dolor. En el '69, un accidente en un taller mecánico mató a su hijito de cinco años. «Era un fenómeno, parecía que tenía quince años ¡Cómo jugaba!», rememora.

Un golpe muy duro.

– «Es cierto, pero aprendí a recordarlo con alegría. Para mi no murió, está siempre conmigo».

¿Qué les enseña a los pibes?

– «A ser vivos. No me interesa el pizarrón; deben tener la picardía del potrero».

¿Cómo debe ser un DT de inferiores?

– «Debe ser amigo, guía, quien les enseñe a comportarse bien pero a ser vivo en la cancha. Vale más una jugada rápida, de vivo, que mil horas frente al pizarrón. Una charla técnica no vale más de diez minutos. Mi tío de San Juan sabe como juega Cipolletti; ¿qué vamos a inventar?»

¿Se sigue prendiendo en los picados?

– » Juego con pibes de 20 años y si me la dejan parar, les pinto la cara».

¿Ganó mucha plata?

– «Sí, pero me la patiné toda. No me arrepiento, la viví. Por suerte Olga, mi mujer, me guardó unos pesos. Gané mucho y me divertí como pocos».

¿Cómo vivió su época de gloria?

– «Para mi no pasó. Si pareciera que cada vez me conocen más. Hace unos días fui a un acto de Duhalde y me encontré con Poy, Daniel Killer y Marzolini. También me junto con Gatti. Siempre voy a la pizzería de Pastoriza y salgo a tomar café con Menotti. Siento que sigo vigente».

Lalo Brodi


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