Emergencia inflacionaria

En una ocasión, el entonces ministro de Economía y actual vicepresidente Amado Boudou sostuvo que la inflación “no es un tema” de la agenda oficial porque “afecta sólo a las clases altas y medias altas”. Así las cosas, el gobierno kirchnerista se habrá sentido aliviado por el hecho de que, según todas las consultoras privadas, el año pasado la “dispersión de precios” haya golpeado con mayor contundencia a los sectores más pobres que a los demás. Mientras que los economistas coinciden en que la inflación del 2013 se aproximó al 28%, señalan que el costo de una canasta básica de alimentos subió mucho más. En algunos rubros, el aumento superó el 40%. Aunque los votantes más leales a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se concentran en los barrios más necesitados, sorprendería que reaccionaran con la indiferencia que les atribuyó Boudou frente a la suba cada vez más rápida del costo de vida por suponer que la inflación es un problema que sólo preocupa a “las clases altas”. Para éstas, la inflación sí es un asunto muy grave, pero están en condiciones de soportarla; para quienes ya carecen de recursos, suele significar hambre. Puede que al protestar no lo hagan empleando las mismas palabras que los incluidos en las clases sociales a las que se refería el ex “liberal” Boudou, pero entienden muy bien lo que significan. La negativa del gobierno a tomar la inflación en serio asegura que la fase final de la gestión de Cristina sea traumática y que el gobierno que eventualmente suceda al kirchnerista tenga que tomar medidas que pronto lo privarán del apoyo popular. Hasta ahora, los esfuerzos oficiales por frenarla, con un acuerdo de precios “cuidados” por el ministro de Economía Axel Kicillof y la amenaza de importar tomates, han sido muy poco convincentes. Si bien parecería que Kicillof y otros funcionarios entienden que les será forzoso hacer algo más que evitar pronunciar en público la palabra que tanto enoja a la presidenta, ya es tarde para que puedan limitarse a aplicar paños tibios con la esperanza de que todo se solucione así nomás. Mal que les pese, tendrán que hacer cuanto resulte necesario para restaurar la confianza ciudadana en su capacidad para administrar la economía, pero a juzgar por los cortocircuitos que siguen produciéndose en el seno del gobierno no les será dado lograrlo. A esta altura, virtualmente nadie cree que en el 2014 la tasa de inflación sea inferior al 30% anual. Algunos, impresionados por la aceleración de los meses últimos, vaticinan que se acerque al 40%. Sea como fuere, es evidente que la Argentina kirchnerista, lo mismo que la Venezuela bolivariana, se ha dejado seducir por el facilismo voluntarista por suponer que “la ortodoxia liberal” se había desprestigiado tanto que cualquier alternativa, por extravagante que fuera, brindaría resultados mejores. En cambio, en todos los demás países latinoamericanos los gobiernos, incluyendo a algunos que son innegablemente populistas, han conseguido no recaer en los errores del pasado, razón por la que han impedido que la inflación se vuelva inmanejable. Con frecuencia creciente, los alarmados por las perspectivas ante la economía aluden al Rodrigazo de 1975 que marcó el inicio de una etapa caótica. Temen que tarde o temprano Cristina, como Isabelita en su momento, se sienta obligada a “sincerar” las variables que están fuera de control. Si bien parece muy poco probable que el gobierno intente algo tan drástico, no podrá continuar como si en opinión de los integrantes del equipo económico la inflación fuera un tema menor que procuran aprovechar políticos opositores y medios críticos para desprestigiar al “modelo”. Por desgracia, no lo es en absoluto. Asimismo, cuanto más demore el gobierno en enfrentarlo, peores serán los estragos provocados. La pasividad dejó hace tiempo de ser una opción, pero parecería que Kicillof, el jefe de Gabinete Jorge Capitanich y otros miembros del gobierno nacional creen que los perjudicaría más molestar a Cristina hablándole de la gravedad de la situación que permitir que el costo de vida continúe subiendo a un ritmo del 4% mensual, como hizo en diciembre, con un impacto desmedido en el nivel de vida ya precario de quienes viven por debajo de la nada generosa línea de pobreza oficial.


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