Encomio del papel

Por Héctor Ciapuscio

Al papel lo inventó un chino benemérito de nombre Ts»ai Lun en el 105 de nuestra Era. (En el British Museum se conserva un fragmento de ese material que data del año 137). Antes de él, los hombres utilizaron varios artificios para escribir sus cosas: materiales duros, hojas de palma, trozos de bambú, papiro. Para fabricarle el primer papel al emperador, el inventor utilizó hojas de morera, restos de redes de pescar y trapos. Los chinos les enseñaron a los árabes el arte de fabricarlo y Harun al-Raschid, el califa de tantas aventuras en las Mil y Una Noches, el que se disfrazaba y recorría las calles de Bagdad de noche para saber qué opinaban del gobierno sus súbditos, se ufanaba de elaborarlo antes del año 800. Por mediación de los árabes, el papel se introdujo en la España musulmana y luego en toda Europa. Facilitó, con la imprenta y la impresión de libros a partir de mediados de los 1500, la difusión de la cultura europea con alcance planetario. Durante cinco siglos los pueblos civilizados utilizaron millones de toneladas de papel para expresar cuanto se deseó en todas las formas posibles de reproducción de la escritura. Sin hablar de librerías, las ediciones dominicales de los grandes diarios actuales dan, con su incómoda gordura y peso, una idea de ese universal despliegue.

Con la aparición de la computadora y el ingreso de la civilización occidental en el ciberespacio, muchos pensaron que el largo reinado del papel entraba en un crepúsculo inexorable. Por ejemplo, Alvin Toffler, el de «La Tercera Ola». Este señor profetizó -no fue el único pero sí el más ruidoso- que el papel estaba liquidado en los asuntos humanos. Señaló, además, que hacer copias de algo es un uso «primitivo» de las máquinas de procesamiento electrónico y viola su propio espíritu. Sus palabras pretendían ser un responso tecnológico para el papel pero -ante la abrumadora realidad del crecimiento actual del consumo en el propio trabajo electrónico- se han demostrado como una pifia. Varias réplicas en libros recientes no hacen más que confirmar lo que vemos con nuestros ojos. A. Sellen y R. Harper sostienen en «El Mito de la Oficina sin Papel» que las actividades que permite o facilita, sus cualidades de utilidad y operacionalidad (sus propiedades de delgadez, peso, porosidad, opacidad y flexibilidad), lo hacen incomparable con cualquier otro sistema o material. Antes que perseguir un ideal de la oficina sin papeles, debemos trabajar hacia un futuro en el cual el papel y las herramientas de documentación electrónica trabajen en concierto y los procesos organizacionales hagan un uso óptimo de ambos.

El otro libro pertenece a Edward Tenner. Señala que el diluvio, la proliferación paradójica del papel, continúa a paso redoblado. El normal y el reciclado crecen sin parar, entre otras cosas porque la gente confía en el papel más que en el archivo magnético. Las redes electrónicas multiplican sus usos. Cualquier nueva instalación de oficinas importantes se inicia con miles de cajas de papel para fotocopiadoras, impresoras láser y máquinas de fax. El papel parece tener una existencia propia y desafiar cualquier voluntad humana de controlar su consumo. Consigna en «Cómo reaccionan las cosas. Tecnología y la Revancha de las Consecuencias Inesperadas»: «Es como si se tomara revancha sobre los futuristas -aunque, claro está, ningún futurista ha perdido alguna vez su trabajo por una predicción equivocada».

No un réquiem entonces sino un encomio para los casi dos mil años de la benéfica invención de Ts»ai Lun.


Adherido a los criterios de
Journalism Trust Initiative
Nuestras directrices editoriales
<span>Adherido a los criterios de <br><strong>Journalism Trust Initiative</strong></span>

Formá parte de nuestra comunidad de lectores

Más de un siglo comprometidos con nuestra comunidad. Elegí la mejor información, análisis y entretenimiento, desde la Patagonia para todo el país.

Quiero mi suscripción

Comentarios

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Ver Planes ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora