Entre la euforia y el exceso

La agradable tarde de sol sumado a que la final la jugarían los máximos favoritos del certamen y los preferidos de la gente, hizo que el Buenos Aires Lawn Tennis estuviera repleto. Estuvieron, entre otros famosos, el empresario Eduardo Constantini, los periodistas Ari Paluch y Román Lejtman, el entrenador del equipo argentino de Copa Davis, Gustavo Luza, y, obviamente, la esposa de Guillermo Coria, Carla Francovigh, celosamente custodiada por el hermano del tenista de 11 años.

Fue evidente que hubo más gente en el estadio de lo que su capacidad indica. A pesar del estricto control de seguridad, varios lugares para la prensa estuvieron ocupados por espectadores comunes, además de que las escaleras fueron utilizadas como butacas.

La definición del torneo arrojó la confirmación de que el espectáculo del tenis hace tiempo que dejó de ser el noble y gentil deporte blanco. El público que se alegró con el logro obtenido por Coria se encargó también de esparcir por las míticas tribunas del Lawn Tennis todo el rosario de expresiones y comportamientos típicos de las canchas de fútbol, deporte que hace del comportamiento vulgar de sus espectadores su rasgo distintivo.

Gritos procaces soltados en momentos inoportunos, celulares sonando constantemente, gestos de la peor educación, como no callarse cuando lo indica el juez. Un muestra sirve de ejemplo: luego de un punto, una voz masculina que bajó de la tribuna acusó: «Che, gallego, le afanaste la mina a Zamorano». Al instante, otra lo azuzó: «Ya te va a agarrar Zamorano». Todo en alusión a supuesto romance entre Moyá y la novia, o ex novia, del futbolista chileno.

Apelando a su costado de fan futbolero, un espectador provocó: «Si no gritamos todos… parecemos los gallegos». En ese momento llegaron cantos como «Olé, olé, olé, Guille, Guille» o «Gracias Coria, hoy nos rajamos temprano», cuando se vislumbraba que Coria se conducía claramente a la victoria.

Pero no alcanzó ni el final del partido para que continuara el latiguillo constante hacia el tenista mallorquín, la referencia hacia su supuesto romance se repitió hasta el hartazgo.

Mientras el simpático jugador agradecía el trato recibido a lo largo de toda la semana, otro hombre largó: «Che Carlos, dejá una mina». La carcajada general del público hizo callar a Moyá. Otra señal inapelable de que el comportamiento de la gente del tenis se fue al descenso.

Nota asociada: Coria dio una lección de tenis y cautivó a todos


La agradable tarde de sol sumado a que la final la jugarían los máximos favoritos del certamen y los preferidos de la gente, hizo que el Buenos Aires Lawn Tennis estuviera repleto. Estuvieron, entre otros famosos, el empresario Eduardo Constantini, los periodistas Ari Paluch y Román Lejtman, el entrenador del equipo argentino de Copa Davis, Gustavo Luza, y, obviamente, la esposa de Guillermo Coria, Carla Francovigh, celosamente custodiada por el hermano del tenista de 11 años.

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