Del libro al cine: “El viento que arrasa”, la road movie por caminos perdidos del interior

El que fue el primer libro de la escritora entrerriana Selva Almada acaba de presentarse en el Festival de cine de Mar del Plata hecho película. Buena excusa para leer esta gran novela.

En el 38° edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que se desarrolla hasta el 12 de noviembre en la ciudad balnearia, se estrenó la nueva película de Paula Hernández, directora de “Los sonámbulos”, basada en la primera novela de la escritora entrerriana Selva Almada: “El viento que arrasa”.


Con buenas críticas, la película, que antes pasó por el Festival de Toronto y compitió en el de San Sebastián, inició las Competencia Latinoamericana Festival de Mar del Plata y llegará a las salas argentinas en marzo del año próximo.


Es un buena excusa, entonces y mientras tanto, para volver sobre este libro, uno de los mejores entre una producción siempre brillante de la escritora.


El viento que arrasa” es una suerte de road movie de esas que ocurren en rutas poco transitadas, de esas en las que hay pocos personajes, pero ocurren hechos contundentes.


Aquí, la acción comienza cuando un auto se detiene en un camino interprovincial, un camino menos que poco transitado, prácticamente desierto, cerca del pueblo chaqueño Gato Colorado.


En el auto van el reverendo Pearson y su hija Leni. Van camino a Chaco, a ver a un pastor de la congregación. Pero la llegada se retrasa cuando el auto en el que viajan se rompe; un auto lleno de Biblias para repartir y unas pocas pertenencias que definen la vida de ese padre y esa hija.


Alguien que pasa los remolca hasta una sencilla estación de servicio. Allí funciona el taller mecánico del Gringo Brauer y de su ayudante Tapioca, un adolescente que está bajo su tutela desde que su madre se lo confió.
Ahí, en ese lugar, todo parece adormecido por el calor impiadoso, por la sequía que lleva meses levantando polvo, volviendo sofocante el paisaje. Allí, todo parece un cementerio, incluidos los autos abandonados, carcazas sobrevivientes de accidentes, pura herrumbre y olvido. Una suerte de parque de diversiones tétrico y olvidado.


En menos de 24 horas, ellos cuatro, los dos padres y los dos hijos, desequilibrarán el precario orden en el que viven; los cuatro irán haciendo crecer una tensión silenciosa pero imparable, hasta que se desate el aguacero que tanto espera esa tierra, hasta que ocurra aquello que cambie el rumbo de las cosas.


Selva Almada, la escritora, es el gran angular que observa todo. Es la directora de cámaras que puede retroceder al pasado o quedarse en el puro presente de ese poblado del monte chaqueño, la que mira y describe con prosa poética, y a la vez económica, las profundidades que podrían pasar inadvertidas.


No hay exceso en Almada: todo suena afinado con ese paisaje, con esos personajes, con ese material que ella moldeó para escribir este libro, elegido el mejor del 2012, cuando se publicó.


Espacios abiertos y claustrofóbicos a la vez


A la hora de hacer encajar el estilo de Almada en alguna parte de la biblioteca, los críticos la acomodan cerca de los autores más renombrados del sur de los Estados Unidos: cerca, nada menos que de Carson McCullers, Flannery O’Connor, Cormac McCarthy, y por supuesto, del rey de aquellas tierras, William Faulkner.


“En sus libros –situados en escenarios abiertos y paradójicamente claustrofóbicos– predominan el fervor religioso, la indiferencia del progreso en zonas rurales, personajes de una moral ambigua, trabajadores sudorosos y diálogos breves y profundos como tajos hechos por una cuchilla cuatrera”, escribió Damian Huergo, cuando se publicó el libro.


No hay madres en esta historia. No hay madres ahí, en ese espacio temporal que narra Almada, y sin embargo, sus presencias son esenciales. Pueden ser las artífices del destino, como en el caso del reverendo Pearson; la incógnita, como lo es para Leni; el misterio, como lo es para Tapioca.
Construida en breves capítulos que van conformando un entramado complejo a partir de lo no dicho, los recuerdos de los cuatro protagonistas van sumando capas que hacen crecer la sensación de que algo se avecina, de que algo grande se avecina.


En la lentitud del día sofocante, parece que no ocurriera nada, las acciones son pequeñas; los diálogos, cortos, y sin embargo, en esas horas que comparten esas dos familias desacopladas, algo se va tejiendo. Se teje a través de la memoria, de esos fragmentos del pasado que explican cómo cada uno llegó hasta allí. Se teje en los sermones vehementes del reverendo, que Almada intercala con precisión de relojera, para ir inflamando la tensión que se avecina. Se teje en esa suerte de electricidad estática entre Pearson y el tosco Brauer, esos dos padres que crían a sus hijos en soledad, amparados en sus creencias (uno en un Dios redentor; el otro en las fuerzas de la naturaleza). Se teje en el desamparo de esos dos adolescentes. Y se teje, finalmente, en el clima que se va condensando y que hasta el perro Bayo olfatea.


Todo ocurre en menos de un día. Es un instante, en una ruta perdida. Pero es imposible no sentirse conmovido por Leni, esa adolescente que desea otro futuro para sí misma, otro pasado, y otro presente, distinto al suyo que transcurre en un auto destartalado que recorre rutas inhóspitas, sin pausa, sin ancla, sin más pertenencias que una valija. Es imposible no entender la decisión de Tapioca, ese adolescente semi salvaje que también quiere huir de ese lugar olvidado; ese chico al que Pearson ve como el próximo redentor, de tanta pureza que emana. Es imposible, claro, no apenarse por el Gringo, su taller, y sus perros.


Es un instante, en una ruta perdida, sacudido por un viento que arrasa.


Quién es Selva Almada



Nacida en el pueblo entrerriano de Villa Elisa en 1973, Selva Almada es una de las escritoras más reconocidas de la escena literaria argentina.
Si algo destaca en su literatura es la facilidad con la que toma la oralidad de los personajes que forman la trama y la funde con la historia. Nada suena impostado en sus libros.


Almada es realmente una voz poderosa de la literatura argentina, que sale de las grandes urbes, y en la que el interior, en el que ella misma nació, no es mirado con la sorpresa que puede causar en un visitante o un turista, sino con la naturalidad de quien observa sin juzgar, de quien forma parte de ese paisaje.


Comenzó estudios de comunicación social en la ciudad de Paraná, pero la curiosidad y vocación literarias hizo que reorientara su perfil, su búsqueda, y por suerte para nosotros, los lectores, su destino. Ya tiene más de diez libros publicados entre novelas, cuentos, crónicas y otros de no ficción.


El primer libro que publicó fue uno de poemas, “Mal de muñecas” (2003), al que le siguió uno de cuentos, “Niños” (2005). Luego vinieron “Una chica de provincia” (2007); “El viento que arrasa”, que además de muchos elogios en el país, obtuvo el Primer Premio del Festival Internacional del Libro de Edimburgo y fue traducida a muchos idiomas (fue publicada en Suecia, Brasil, Francia, Portugal, Alemania, Holanda, Estados Unidos y Reino Unido). En 2013 llegó la excelente “Ladrilleros”, y después, “Chicas muertas” (en el que visibilizó tres femicidios ocurridos en tres provincias argentinas en los años 80), “El desapego es una manera de querernos”, “El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel”, y “No es un río”.


“El viento que arrasa”, abre una trilogía masculina, que se completa con “Ladrilleros” y “No es un río”. Esta semana se presentó su nuevo libro, “Los inocentes”, un volumen de relatos donde los niños son protagonistas de historias que encajan en la mejor genealogía del cuento trágico rioplatense encarnada en la figura de Horacio Quiroga.


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