Esculturas con inspiración patagónica

Nació en Puerto Madryn, se casó con un alemán y reparte su tiempo entre Buenos Aires y sus amados paisajes patagónicos. Esos paisajes que inspiran las suaves ondulaciones y texturas de sus esculturas. Para Raquel Fliess el mármol es "como una página en blanco" donde ella esculpe todas esas vivencias de luz e inmensidad. Vive recluida para su trabajo y no es muy afecta a los talleres y las muestras. Como decía Leonardo, por el polvo, es un oficio de panadero.

Con ancestros vascos (su apellido de soltera es Urtasun) Raquel Fliess partió de Puerto Madryn, el lugar donde todavía vive su familia, pero nunca lo olvida y vuelve constantemente en busca de esa inagotable naturaleza que parece inspirarla. En realidad, vive un tiempo en Buenos Aires y otro en las adoradas mesetas y estepas del sur. Será por eso que en la memoria de esa monumentalidad asumida sólo atina a decir «creo que siempre fui escultora», aunque la decisión de llevarla a la práctica la tuvo de grande, cuando supo que sin estudiar, su lucha con los mármoles y las piedras podía resultar inútil.

Estaba siempre enamorada de «esas formas en el espacio que existían por si mismas», aun cuando deambuló por la facultad de Filosofía y formó una familia una vez que estuvo en Buenos Aires.

Tal vez su vida sea parte del vaivén del mar en esas costas de Madryn, lugares que solía recorrer desde chica, abrazada a lo inmenso, cerca de las piedras, juntando matas secas y haciendo marañas que con el viento corrían hacia los acantilados y el mar, formas que ella miraba fascinada como a esculturas móviles «las primeras que hice sin querer». Por eso ahora, la madura escultora, estimada por sus pares como como una de las más talentosas, vuelve a la Patagonia donde «los espacios y la luz son increíbles» para confirmar un sentimiento trascendente, «un amor profundo».

La escultora lo define en sus retornos, «cuando voy siempre descubro algo nuevo» y se remite a las costas, las playas, los acantilados, aquello que dejó junto con sus hermanos, cuando sus padres consideraron que en Buenos Aires tendrían la educación y los colegios que no contaba todavía Puerto Madryn. Entonces la vida se hizo con idas y venidas entre la capital y el sur.

«Me di de cabeza contra el cemento porteño» grafica Raquel Fleiss al recordar su encuentro con la ciudad donde no ingresó a Bellas Artes sino que se sintió tentada por «los buenos maestros». Aquellos como Aidée Calandrelli, según comenta, una maestra generadora de climas especiales que la encantaron.

Luego hizo un corto período con Leo Vinci, que le sirvió mucho para trabajar la figura humana con modelo vivo, «aprendí a hacer un cuerpo humano sin que le faltara ningún hueso, que es lo común que suceda», recuerda al señalar que recorrió un camino de talleres y llegó a estudiar dibujo con modelo vivo en lo de Macchi y se decidió luego a aprender a tallar (su fuerte) con Ramón Castejón, al que considera la figura máxima en esa materia. Por último coronó su aprendizaje en el taller de Carlos Althaus, donde volvió a recuperar la magia de lo artístico. Así, con la técnica y el sugestivo ambiente de los talleres combinó su idea de que «un artista también debe ser un buen artesano».

Del taller al público

Para Raquel Fleiss los años 80 fueron de mostrar su trabajo, aunque ella no es muy afecta a los talleres y las muestras, pero considera que «un artista no puede estar solo en su taller si pretende que lo que hace llegue al público, que también quiere tener una vivencia estética».

Por eso es que su última propuesta presentada en galería VYP le permitió comunicar la fuerza y belleza de sus esculturas, sus muros, mares y miras, una proyección del paisaje que supo atesorar y formalizar en la materia.

En la explicación (si la hay) de esas formas Raquel Fliess considera que los muros son los límites, miedos y prejuicios que traban la vida en su avance.

Con esa idea esculpió una serie de muros con oquedades, rendijas, recovecos, como si en ese límite uno pudiera espiar la posibilidad de trasponerlos. Pero como en «El Muro y sus Moradas», también explica que esos límites muchas veces resultan una protección, si la vida no se cumple como debiera (por comodidad o falta de riesgo).

El tema de Los Mares en cambio lo comenta como «fundamental en mi vida, yo nací, me crié y vuelvo todo el tiempo junto al mar», afirma ante la contundente presencia de un elemento casi infinito que tiene incorporado como una enorme energía, que además parece tener un final incierto, como la libertad.

El símbolo de Las Miras por su parte responde a las metas y objetivos, después de superar los Muros y Los Mares. Y se instala «en lo trascendente». )

Como Leonardo

a artista no gusta demasiado de definir su obra, en todo caso se remite a otras opiniones que la instalan en un «arte objetual», pero para ella «lo único que uno sabe es que quiere ser pintor, grabador o escultor, por eso me dí cuenta de que si quería esculpir debía estudiar». Este estudio llevó a la escultora por el sendero del realismo los grades volúmenes y finalmente a la decisión de tallar, su máximo interés. Se inició con materias blandas como la piedra caliza o el alabastro, se enfrentó con los «bochones» pero no se conformó con las formas que estos elementos le sugerían porque no resultaban un proceso artístico, solamente armonios. «Indagando llegué a necesitar borrar todo ornamento que trajera la piedra, quería partir de la página en blanco, nada fácil, aún hoy en que estoy mucho tiempo mirando el mármol hasta que me decido a trabajarlo».

De esa manera también hizo trabajos en placas buscando volúmenes hasta en las más finas, porque hasta en un centímetro de espesor ella puede adivinar espacios reales o virtuales «como decía Giacometti con sus diminutos hombrecitos».

Frente a la piedra Raquel Fliess organiza lo que decide hacer, marca, dibuja sobre el material (piedras, granitos e incluso aluminio). Luego talla con gradinas (cortafierro en forma de tenedor), utiliza la maza o el martillo neumático y va devastando el material. Después usa distintas herramientas para ir borrando las huellas, como las amoladoras. Termina entonces puliendo con lijas cada vez más finas «hasta que casi se me van las impresiones digitales», comenta. También intenta desafíos como ponerse frente a una mole de 300 kgs. de aluminio que según los entendidos es imposible tallar y que ella con tozudez vasca intentó en una lucha sin cuartel con ese material blando, donde el golpe no tiene el mismo efecto que en la piedra y después de desarrollar diversas técnicas de tallado logró sacar 50 kgs. de material consiguiendo una forma definitiva a la que calificó como «marea y esplendor», una pieza única en su género.

Con constancia y trabajo en esa profesión solitaria a la que considera no le otorgan el mismo interés que a la pintura, Raquel Fliess persiste con pasión comentando que una escultura no solo sirve para un líving, sino (de acuerdo a su tamaño) son ideales y maravillosas para un dormitorio, un baño y hasta una cocina, algo que la falta de educación y de valorización de este arte parece ignorar. Reconoce la dificultad de trasladar piezas al exterior para mostrarlas, aunque ella tiene piezas en la comisión de Energía Atómica que dispone de una notable galería, y en colecciones privadas de Argentina, Francia, Estados Unidos, España y Brasil. Todo un pasaporte internacional para un escultor que vive inmerso en un trabajo que como decía Leonardo (al que cita) es como un panadero, «porque está lleno de polvo».

Julio Pagani


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