Estados Unidos, sin derecho de voto en la Unesco

Redacción

Por Redacción

El 8 de noviembre pasado Estados Unidos perdió nada menos que su derecho de voto en la Unesco. Esto ocurrió –como cabía esperar– dos años después de que ese país decidiera cortar todas sus contribuciones financieras a la organización a raíz de que ésta, a su vez, decidió admitir como miembro pleno a Palestina. Esto es una consecuencia directa de normas legales norteamericanas vigentes que así lo disponen, dictadas por el propio Congreso de los Estados Unidos en la década de los 90. Es ineludible, entonces. Lo que sucede deja al país del norte sin influencia directa mayor en los temas de la organización que fuera creada en 1945 y está dedicada fundamentalmente a temas educativos, científicos y del ámbito de la cultura. No es un tema menor, queda visto. En rigor es la primera vez que esto sucede con un miembro que, voluntariamente, se comporta de modo de perder inevitablemente, en función de las normas internas de la institución, nada menos que su derecho de voto. La Unesco, por su parte, se ha quedado entonces, momentáneamente, sin su mayor contribuyente. Lo que para ella supone serias restricciones en muchas de sus actividades habituales y en la mayor parte de los programas que están en curso de ejecución. Ocurre que el aporte norteamericano es del 22% del presupuesto total de la Unesco. Algo así como 70 millones de dólares por año. La administración del presidente Obama procuró, sin éxito, convencer a su Congreso acerca de la necesidad de cambiar su actitud. Para superar la emergencia, la Unesco está recurriendo a un “fondo provisorio”, esto es de emergencia, que recibe contribuciones de Arabia Saudita, Qatar, Noruega y algunos otros países. Una solución que es de naturaleza interina pero que, ante las razones de lo ocurrido, bien puede durar y ser necesario mantenerla por lo menos por espacio de algunos años. Cada año previsiblemente será más difícil volver a obtener contribuciones para este mecanismo. Para Estados Unidos la peor pérdida derivada de lo que ha sucedido es, probablemente, la posibilidad de poder operar con la Unesco en la defensa de la democracia y de los derechos humanos en aquellos lugares del mundo en los que no puede hacerlo de manera directa por razones de índole política. Además de la pérdida de imagen. La descripta es ciertamente una situación que está muy lejos de ser la ideal. Dios quiera que lo que está sucediendo se pueda corregir –o revertir– pronto. Lo que, sin embargo, no parecería ser demasiado probable, al menos en lo inmediato. Una lástima. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS (*)


El 8 de noviembre pasado Estados Unidos perdió nada menos que su derecho de voto en la Unesco. Esto ocurrió –como cabía esperar– dos años después de que ese país decidiera cortar todas sus contribuciones financieras a la organización a raíz de que ésta, a su vez, decidió admitir como miembro pleno a Palestina. Esto es una consecuencia directa de normas legales norteamericanas vigentes que así lo disponen, dictadas por el propio Congreso de los Estados Unidos en la década de los 90. Es ineludible, entonces. Lo que sucede deja al país del norte sin influencia directa mayor en los temas de la organización que fuera creada en 1945 y está dedicada fundamentalmente a temas educativos, científicos y del ámbito de la cultura. No es un tema menor, queda visto. En rigor es la primera vez que esto sucede con un miembro que, voluntariamente, se comporta de modo de perder inevitablemente, en función de las normas internas de la institución, nada menos que su derecho de voto. La Unesco, por su parte, se ha quedado entonces, momentáneamente, sin su mayor contribuyente. Lo que para ella supone serias restricciones en muchas de sus actividades habituales y en la mayor parte de los programas que están en curso de ejecución. Ocurre que el aporte norteamericano es del 22% del presupuesto total de la Unesco. Algo así como 70 millones de dólares por año. La administración del presidente Obama procuró, sin éxito, convencer a su Congreso acerca de la necesidad de cambiar su actitud. Para superar la emergencia, la Unesco está recurriendo a un “fondo provisorio”, esto es de emergencia, que recibe contribuciones de Arabia Saudita, Qatar, Noruega y algunos otros países. Una solución que es de naturaleza interina pero que, ante las razones de lo ocurrido, bien puede durar y ser necesario mantenerla por lo menos por espacio de algunos años. Cada año previsiblemente será más difícil volver a obtener contribuciones para este mecanismo. Para Estados Unidos la peor pérdida derivada de lo que ha sucedido es, probablemente, la posibilidad de poder operar con la Unesco en la defensa de la democracia y de los derechos humanos en aquellos lugares del mundo en los que no puede hacerlo de manera directa por razones de índole política. Además de la pérdida de imagen. La descripta es ciertamente una situación que está muy lejos de ser la ideal. Dios quiera que lo que está sucediendo se pueda corregir –o revertir– pronto. Lo que, sin embargo, no parecería ser demasiado probable, al menos en lo inmediato. Una lástima. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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