Este libro… (y esta colección)



PARA LEER

Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad… pero la fuente más autorizada a opinar sobre la salud propia y la ajena son, sin duda, las abuelas. ¿A quién no mandaron alguna vez a dormir “para crecer”? Por supuesto, ellas saben perfectamente que durante la noche –y el sueño– se secreta la hormona de crecimiento, que nos estira en los años mozos.

Además de deleitarnos con postres de abuela (y torres de caramelo), siempre sabrán ofrecernos el remedio justo para el dolor de garganta, la tos o el mal de amores. Y ya se sabe: lo que no mata, engorda (o cura).

Seguramente estos remedios abuelísticos provienen de una larguísima tradición de prueba y error: históricamente, la mejor farmacia fue siempre la naturaleza. Y quien conociera sus secretos

–llámese brujo, sacerdote o cirujano– tenía poder sobre sus compatriotas aquejados de dolor de muelas o acné juvenil. Tal vez allí, en esta búsqueda permanente de las propiedades insospechadas de las plantas o los bichos, haya nacido la farmacología, ya compendiada en los treinta y siete tomos de la Historia Natural, de Plinio, o los modestos (pero fascinantes) cinco libros de la Materia Médica, de Dioscórides. Por sus romanas páginas pasan la hierba escita, la británica o la etíope (“de las tierras quemadas por las estrellas”) y otros poemas. Además, este muchacho Dioscórides (Pedanio, para los amigos) no sólo describió hierbas y minerales que sentarían las bases de su farmacia amiga, sino que se dedicó a indicar cómo recolectar hojas, raíces y frutos, su conservación, la obtención de jugos y hasta la utilidad de vasos de bronce o de estaño para su administración.

En algún momento mucho más reciente surgió una idea fascinante: si un remedio nos afecta, es porque el cuerpo lo reconoce. Eso motivó la búsqueda de los receptores a diversas drogas y, efectivamente, allí estaban los del opio, la belladona y los hongos alucinógenos. Pero eso no es todo: seguramente la naturaleza no diseñó receptores de opio esperando que millones de chinos se dedicaran a tales bellas artes, no; esos receptores deben estar ahí porque el cuerpo produce algo parecido a la sustancia exógena.

¡Manos a las drogas!, y así aparecieron opioides endógenos, sustancias internas que aceleran o enlentecen el corazón y hasta nuestras propias pastillas para dormir (benzodiacepinas endógenas).

De allí a la farmacia hay sólo un montón de experimentos, diseños, cobayos y voluntarios… y, muchas veces, un montón de plata. De paso, así como la primera góndola farmacéutica fue el bosque de acá a la vuelta, resulta que el último grito de la farmacología también consiste en buscar en el fondo del mar, en las selvas o en las montañas bichos y verduras raras que puedan ser fuentes de nuevos remedios.

Pero volvamos a las abuelas: la selección natural de remedios caseros nos ha legado las tiradas de cuerito, la sopa de pollo, las barras de azufre y el jugo de naranja. Y ya es hora de que la ciencia se meta con estas recetas infalibles, a veces para encumbrarlas (hablado en difícil, claro está) y otras para refutarlas sin mucha piedad. Este libro –destinado a la mesa de luz– nos ayuda a iluminar un poco el camino de los remedios caseros.

Pero no se queda allí: también nos pasea por la farmacología antigua, moderna y contemporánea, desde la alquimia hasta el diseño racional de drogas, desde los cocodrilos egipcios hasta los

biofármacos del futuro –tan lejos y tan cerca–.

Nonas y bobes del mundo, ¡uníos!: necesitamos su sabiduría. Y otras hierbas.

Esta colección de divulgación científica está escrita por científicos que creen que ya es hora de asomar la cabeza por fuera del laboratorio y contar las maravillas, grandezas y miserias de la profesión. Porque de eso se trata: de contar, de compartir un saber que, si sigue encerrado, puede volverse inútil.

Ciencia que ladra… no muerde, sólo da señales de que cabalga

Diego Golombek


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