“Este tipo no sale más”, la certeza de Natanael
La familia se aferra a la religión, golpeada por la circunstancia.
CIPOLLETTI (AC).- Natanael Araya porta ojos intensos y una mirada penetrante. No hay furia en ellos. Pero en ese negro azabache habita una tristeza infinita. Está detrás del mostrador, como siempre en estos últimos años. Busca que la vida vuelva a ser lo más normal posible, junto a su familia, entre plantas y aromas primaverales. Es que su existencia se debatía como la de cualquier mortal. Trabajo, esposa, hijo, buenos amigos, alguna cerveza por la noche y una intensa sonrisa debajo de unos bigotes estilo mariachi. Hasta que en su camino se cruzó Juan Ramón Geldres. En el suyo y en el de su hermano Claudio, muerto por el filo del puñal de un delincuente que cumplía una condena de 17 años y gozaba de salidas laborales.
“Ese tipo no sale más, quedate tranquilo”, dice Natanael sin decir demasiado. Y calla. Mira pero calla. La familia Araya se sumergió en el silencio como punto de unión, creen en la justicia divina y esperan que la terrenal haga su parte en el asunto. Un “asunto” que los destrozó. “Les pido disculpas, pero no es un buen momento. Todos estamos muy mal. Creemos que no sería bueno que Natanael hable ahora”, le dijo a “Río Negro” el martes una colaboradora de los Araya en la puerta del templo de la calle José Hernández, donde Ernesto, cabeza del núcleo familiar, es pastor.
Algunas horas antes Natanael había abandonado el sanatorio en total hermetismo. Después de un trance dramático lo que se busca es regresar rápido al día a día, a la cotidianeidad. Natanael busca hacerlo. Lleva a su hijo de cuatro años a practicar fútbol, vuelve al vivero, acepta amigos por Facebook y les agradece el apoyo.
“Son chicos con valores. Trabajan mucho y no merecían esa desgracia. Nadie la merece, pero menos ellos. A mí me partió el alma”, cuenta Carmen mientras zambulle en aceite una marinera de pescado. La mujer tiene un comercio frente al vivero de los Araya y ese trágico miércoles por la mañana justo abría cuando Claudio se desangraba en la vereda y Natanael corría como un poseso, sin entender demasiado.
Al más chico del clan un par de puñaladas le partieron los músculos pectorales. Por eso, su brazo izquierdo se esconde dentro de un cabestrillo. “Estoy algo dolorido, pero bien; bah, es una forma de decir”. Los ojos se le nublan. Calla. Habla su hermano Pablo, el del medio, ahora el mayor y sostén. “Nosotros preferimos el silencio. Ya está todo dicho, qué más vamos a decir. Para qué. Que hable la justicia”. La mandíbula le tiembla debajo de una barba larga y llamativa.
Hace una semana la familia Araya despidió los restos de Claudio. El pastor Ernesto se dirigió a la comunidad y le aseguró que Dios no veía el llanto ni el sufrimiento sino la vida eterna de su hijo Claudio, que tenía 49 años, una esposa y tres hijos.
En la mañana del miércoles, Claudio y Natanael corrieron para auxiliar a una mujer de 60 años que había sido víctima de un arrebato. Alcanzaron al ladrón y le dieron una paliza, pero Geldres sacó un cuchillo y le asestó primero dos puñaladas a Natanael. Después le aplicó dos puntazos a Claudio, uno en el hígado y otro, el más certero, en el medio del corazón. Desde ahí los Araya viven un infierno. Pero creen con devoción en que existe vida después de la muerte. Es la lucha en la que están Natanael y los suyos.
Juan José Thomes
Natanael es el menor de los hermanos que todos quieren en la comunidad y en el barrio donde tienen su vivero.
CRIMEN DE ARAYA
CIPOLLETTI (AC).- Natanael Araya porta ojos intensos y una mirada penetrante. No hay furia en ellos. Pero en ese negro azabache habita una tristeza infinita. Está detrás del mostrador, como siempre en estos últimos años. Busca que la vida vuelva a ser lo más normal posible, junto a su familia, entre plantas y aromas primaverales. Es que su existencia se debatía como la de cualquier mortal. Trabajo, esposa, hijo, buenos amigos, alguna cerveza por la noche y una intensa sonrisa debajo de unos bigotes estilo mariachi. Hasta que en su camino se cruzó Juan Ramón Geldres. En el suyo y en el de su hermano Claudio, muerto por el filo del puñal de un delincuente que cumplía una condena de 17 años y gozaba de salidas laborales.
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