¿Estrenamos primer ministro?

Por Redacción

Aleardo F. Laría

La medicina ha venido en ayuda de la política. Una recomendación médica dirigida a evitar el estrés, ha convertido a un presidencialismo hegemónico, de signo autoritario, en una suerte de parlamentarismo atenuado, el modelo que fue incorporado con la reforma constitucional de 1994. Aún es pronto para decirlo, pero en sus primeros gestos el jefe del Gabinete, Jorge Capitanich, ha adoptado el comportamiento de un verdadero primer ministro. Para algunos suspicaces, la lectura política del nuevo escenario sería “el PJ al gobierno, Cristina al poder”. La reforma constitucional de 1994, siguiendo las recomendaciones del Consejo para la Consolidación de la Democracia, fijó en el artículo 100, de la sección referida al Poder Ejecutivo, las atribuciones del jefe de Gabinete. La nueva disposición constitucional señala que al jefe de Gabinete, “con responsabilidad política ante el Congreso de la Nación”, le corresponde –entre otras competencias– ejercer la administración general del país; efectuar los nombramientos de los empleados de la Administración; “ejercer las funciones y atribuciones que le delegue el presidente de la Nación y, en acuerdo de gabinete, resolver sobre las materias que le indique el PE o, por su propia decisión, en aquellas que por su importancia estime necesario en el ámbito de su competencia”. En otro artículo –el 101– se señala que el jefe de Gabinete debe concurrir al Congreso al menos una vez por mes, alternativamente a cada una de sus cámaras, para informar de la marcha del gobierno. Cualquiera de las dos cámaras puede interpelarlo a los efectos del tratamiento de una moción de censura por el voto de la mayoría absoluta de la totalidad de sus miembros y puede, inclusive, llegar a removerlo si se cuenta con el voto de la mayoría absoluta de los miembros de ambas cámaras. Del juego de estas disposiciones se desprende que el propósito de los constituyentes fue establecer una suerte de sistema parlamentario atenuado. El jefe del Gabinete obtenía –por delegación del presidente– una serie de importantes competencias, pero en el fondo seguía siendo un ministro designado por el presidente. Esta última es la gran diferencia con los sistemas parlamentarios, donde el primer ministro es nombrado y cesado por la Cámara de Diputados. Se trata, obviamente, de una diferencia fundamental, pero frente al sistema de presidencialismo reforzado de la Constitución de 1853 se esbozaba una tímida aproximación al sistema parlamentario. Lo cierto es que el sistema ideado por los constitucionalistas de 1994 ha sido letra muerta hasta el presente. El poder del presidente, cuando cuenta con mayoría suficiente en ambas cámaras, es de tal calibre que ha podido eludir tranquilamente las previsiones constitucionales. Los jefes de Gabinete han sido devaluados y han venido actuando como meros secretarios del presidente. El Congreso ha sido neutralizado con el uso indiscriminado de los DNU y los presupuestos han quedado relegados a un mero dibujo gracias a las facultades extraordinarias delegadas por los votos obsecuentes de las mayorías oficialistas. Los jefes de Gabinete han eludido tranquilamente la obligación de rendir cuentas de su gestión en forma mensual y alternativa ante ambas cámaras. Que ahora la presidenta Cristina Fernández haya aceptado dotar de verdadero poder y delegar parte sustancial del mando en un nuevo jefe de Gabinete, es producto de su debilidad física y política. La necesidad de preservar su salud se ha sumado al debilitamiento político provocado por los magros resultados electorales que han puesto al PJ en estado de ebullición. Para desolación de los amigos de Carta Abierta, es probable que asistamos en los próximos meses a una recomposición ortodoxa del gobierno, alrededor de la vieja consigna adelantada ya por el exintendente Mario Ishii: “Ni yanquis ni marxistas, peronistas”. Este verdadero golpe de timón institucional aparece tardíamente, cuando las variables económicas se han desacomodado y la inflación causa estragos. Enderezar el rumbo de la economía será una labor ciclópea ineludible para el nuevo jefe de Gabinete. Tiene a su cargo el enorme desafío de deconstruir el desvencijado modelo populista de “subsidios para todos” para equilibrar las cuentas del Estado. En la medida en que vaya avanzando con decisión sobre esos objetivos, subordinando al heterodoxo ministro de Economía, irá consolidando su poder, al punto que llegará un momento en que se hará muy difícil para Cristina desplazarlo. Ahora bien. Con independencia del resultado final de esta gestión, el nuevo reacomodamiento político e institucional ofrece enormes atractivos para todos los que guardan una opinión crítica de nuestro tradicional presidencialismo monárquico. Que los últimos presidentes populistas se hayan podido llevar por delante con total tranquilidad la letra y el espíritu de la Constitución debe hacernos reflexionar sobre la debilidad de la construcción institucional que permite tales desafueros. Es probable que hasta tanto no se consiga reforzar la figura de un jefe de Gabinete, designado y eventualmente cesado por el Congreso, siempre estaremos expuestos a los riesgos de soportar los estropicios de los presidentes autoritarios. La nueva experiencia que Capitanich inaugura puede ayudar a comprender las ventajas de un Ejecutivo bifronte frente al despotismo de nuestro tradicional presidencialismo unipersonal. No es poca cosa después del turbulento viaje por la montaña rusa de los últimos años.