Ganó la lógica

Redacción

Por Redacción

Acaso lo más destacado del resultado de las elecciones generales británicas que se celebraron el jueves fue que sorprendió tanto a todos, incluso a los conservadores del primer ministro David Cameron, que triunfaron con cierta comodidad y podrán seguir gobernando sin necesitar aliarse con los demócratas liberales o los antieuropeístas. Si bien en todos los países se recuerda lo dicho por un asesor de campaña del en aquel entonces candidato presidencial norteamericano Bill Clinton que aseguró que “es la economía, estúpido”, antes de entrar los votantes en el cuarto oscuro, los encuestadores, comentaristas y estrategas partidarios británicos coincidían en que el electorado pasaría por alto lo logrado en tal ámbito por la coalición encabezada por Cameron para apostar por los laboristas de Ed Miliband. Como ya ha sucedido con cierta frecuencia, los presuntos expertos se equivocaron. Aunque nadie cree que la economía británica sea una maravilla, su reciente desempeño ha sido llamativamente mejor que el de sus vecinos europeos, con la excepción parcial de Alemania. Con altibajos, crece con mayor rapidez que las de otros integrantes del G7, hace poco superó nuevamente a la francesa para reubicarse en el puesto número cinco de la liga internacional, apenas hay inflación y la tasa de desempleo es del 5,6%. De acuerdo común, quedan muchos problemas sociales dolorosos que, como es natural, han acaparado la atención de los medios periodísticos, pero en términos generales la situación dista de ser mala. Es comprensible, pues, que el electorado haya preferido continuar con lo ya conocido a arriesgarse con una alternativa. Además de confiar más en “los tories” que en los laboristas cuando de manejar la economía se trata, los votantes ingleses, galeses y norirlandeses temían que un eventual gobierno de Miliband fuera rehén de los nacionalistas escoceses. En Escocia, los independentistas consiguieron barrer con los laboristas, privándolos de docenas de escaños que habían sido suyos desde los años ochenta, y contar así con un bloque parlamentario compacto. Con todo, el desplome del precio del crudo ha incidido en el ánimo de los separatistas que, hasta el año pasado, creían que, de independizarse, su país disfrutaría de ingresos abultados procedentes de la venta de petróleo que le permitirían ahorrarse los rigores de la austeridad financiera impuesta por Londres. Lo mismo que tantos populistas de otras partes de Europa, la líder nacionalista Nicola Sturgeon se afirma convencida de que todos los problemas sociales son culpa de “la austeridad”, de suerte que para solucionarlos sería suficiente aumentar mucho el gasto público sin preocuparse por las consecuencias a mediano plazo. Como suele suceder cuando un partido británico hace una mala elección, el laborista Miliband, el demócrata liberal Nick Clegg y el antieuropeísta Nigel Farage renunciaron enseguida para que otros se encarguen de renovar sus ofertas respectivas. Es probable que, luego de haberse deslizado hacia la izquierda, el laborismo adopte una postura más centrista, como la asumida por los ex primeros ministros Tony Blair y, con menos éxito, Gordon Brown, además de procurar reducir la distancia que lo separa de la clase obrera que se siente abandonada a su suerte por un partido dominado por progresistas adinerados de clase media que a su juicio están más interesados en temas como los planteados por el “multiculturalismo” que en las dificultades enfrentadas por quienes no han sabido adaptarse a los cambios sociales, económicos y demográficos que están transformando todos los países avanzados. Por su parte, Cameron tendrá que hacer frente al desafío supuesto por el “euroescepticismo” de miembros de su propio partido; como la mayoría de sus compatriotas, quiere que el Reino Unido siga en la Unión Europea, pero también se dice resuelto a “repatriar” poderes que fueron cedidos a Bruselas. Si logra recuperar algunos, aunque fueran meramente simbólicos, el referéndum que ha prometido celebrar sobre la permanencia de su país en la UE no cambiaría nada pero, como lo que sucedió el año pasado en Escocia debería haberle enseñado, el resultado podría depender de factores, entre ellos su propia popularidad coyuntural, que son ajenos a la opción binaria que sería planteada por los responsables de la consulta.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 12 de mayo de 2015


Acaso lo más destacado del resultado de las elecciones generales británicas que se celebraron el jueves fue que sorprendió tanto a todos, incluso a los conservadores del primer ministro David Cameron, que triunfaron con cierta comodidad y podrán seguir gobernando sin necesitar aliarse con los demócratas liberales o los antieuropeístas. Si bien en todos los países se recuerda lo dicho por un asesor de campaña del en aquel entonces candidato presidencial norteamericano Bill Clinton que aseguró que “es la economía, estúpido”, antes de entrar los votantes en el cuarto oscuro, los encuestadores, comentaristas y estrategas partidarios británicos coincidían en que el electorado pasaría por alto lo logrado en tal ámbito por la coalición encabezada por Cameron para apostar por los laboristas de Ed Miliband. Como ya ha sucedido con cierta frecuencia, los presuntos expertos se equivocaron. Aunque nadie cree que la economía británica sea una maravilla, su reciente desempeño ha sido llamativamente mejor que el de sus vecinos europeos, con la excepción parcial de Alemania. Con altibajos, crece con mayor rapidez que las de otros integrantes del G7, hace poco superó nuevamente a la francesa para reubicarse en el puesto número cinco de la liga internacional, apenas hay inflación y la tasa de desempleo es del 5,6%. De acuerdo común, quedan muchos problemas sociales dolorosos que, como es natural, han acaparado la atención de los medios periodísticos, pero en términos generales la situación dista de ser mala. Es comprensible, pues, que el electorado haya preferido continuar con lo ya conocido a arriesgarse con una alternativa. Además de confiar más en “los tories” que en los laboristas cuando de manejar la economía se trata, los votantes ingleses, galeses y norirlandeses temían que un eventual gobierno de Miliband fuera rehén de los nacionalistas escoceses. En Escocia, los independentistas consiguieron barrer con los laboristas, privándolos de docenas de escaños que habían sido suyos desde los años ochenta, y contar así con un bloque parlamentario compacto. Con todo, el desplome del precio del crudo ha incidido en el ánimo de los separatistas que, hasta el año pasado, creían que, de independizarse, su país disfrutaría de ingresos abultados procedentes de la venta de petróleo que le permitirían ahorrarse los rigores de la austeridad financiera impuesta por Londres. Lo mismo que tantos populistas de otras partes de Europa, la líder nacionalista Nicola Sturgeon se afirma convencida de que todos los problemas sociales son culpa de “la austeridad”, de suerte que para solucionarlos sería suficiente aumentar mucho el gasto público sin preocuparse por las consecuencias a mediano plazo. Como suele suceder cuando un partido británico hace una mala elección, el laborista Miliband, el demócrata liberal Nick Clegg y el antieuropeísta Nigel Farage renunciaron enseguida para que otros se encarguen de renovar sus ofertas respectivas. Es probable que, luego de haberse deslizado hacia la izquierda, el laborismo adopte una postura más centrista, como la asumida por los ex primeros ministros Tony Blair y, con menos éxito, Gordon Brown, además de procurar reducir la distancia que lo separa de la clase obrera que se siente abandonada a su suerte por un partido dominado por progresistas adinerados de clase media que a su juicio están más interesados en temas como los planteados por el “multiculturalismo” que en las dificultades enfrentadas por quienes no han sabido adaptarse a los cambios sociales, económicos y demográficos que están transformando todos los países avanzados. Por su parte, Cameron tendrá que hacer frente al desafío supuesto por el “euroescepticismo” de miembros de su propio partido; como la mayoría de sus compatriotas, quiere que el Reino Unido siga en la Unión Europea, pero también se dice resuelto a “repatriar” poderes que fueron cedidos a Bruselas. Si logra recuperar algunos, aunque fueran meramente simbólicos, el referéndum que ha prometido celebrar sobre la permanencia de su país en la UE no cambiaría nada pero, como lo que sucedió el año pasado en Escocia debería haberle enseñado, el resultado podría depender de factores, entre ellos su propia popularidad coyuntural, que son ajenos a la opción binaria que sería planteada por los responsables de la consulta.

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