Hacia una economía más humanizada

Redacción

Por Redacción

JUAN M. MENDÍA (*)

Algo no funciona bien en la economía. Hoy el problema es si la inflación sube, si el PBI crece menos de lo esperado, la inseguridad creciente o la privatización de los servicios públicos. ¿Pero cuál es el centro del debate? El papa Francisco hace pocos días, en su primera exhortación apostólica Evangelli Gaudium, denunció las patologías del mundo actual y llamó a “decir no a una economía de la exclusión y la inequidad”. El dogma vigente anuncia, bajo diversas formas y con sutiles diferencias, que si perseveramos podemos ser parte de un círculo virtuoso que implica educarse para el éxito, esforzarse para alcanzarlo y lograrlo bajo la forma de un bienestar económico (“fui una exitosa abogada”). Muchos, aunque cada vez menos, lo consiguen. Pero tanto unos como otros vivimos bajo una lógica que entiende el éxito como dinero obtenido, que siempre es poco y siempre podría ser mucho más. Ese camino implica una colosal tendencia al sacrificio y lo que se sacrifica es la propia existencia. Así, la paradoja que hoy nos gobierna es que dedicamos nuestro tiempo a lograr un sueño que se consume cuanto más nos acercamos a él. Ciertamente no se trata de descartar los sueños, sino de ajustarlos a las urgencias actuales. Para la mayoría de nosotros, la aspiración a una mayor justicia pasa por una aspiración a mayor igualdad. Si se entiende la igualdad, siguiendo a Sen y Gosseries, como un ideal ético amplio y general, es bastante probable que casi todos seamos igualitarios ya sea bajo la dimensión de igualdad de libertades formales, o de igualdad de libertades reales, o de igualdad de oportunidades o igualdad de posiciones, o de igualdad de ingresos o aun de proporcionalidad entre ingresos y esfuerzos. El concepto de “incentivos morales” de Carens, “compromiso moral” de Cohen y “patriotismo solidario” de Van Parijs son ejemplos de propuestas destinadas a paliar los efectos negativos habitualmente inducidos por el argumento de los programas de “incentivos económicos”, como los que han proliferado durante esta gestión. Este ideal de justicia responde a nuestro deseo de vivir en una sociedad justa en el sentido más amplio del término. Sin embargo, aun compartiendo el concepto de Girard de una sociedad plenamente igualitaria, la angustia y la rebelión de cada individuo seguirán estando plenamente intactas. Al decir de Domouchel-Dupuy, nadie poseerá menos que otro y cada uno continuará queriendo para sí mismo más e infinitamente más, que siempre serán ínfimos en relación a la riqueza que quieran poseer. Al final esa distancia hace estallar la sociedad en el resentimiento y la violencia. Para determinar mejor lo que estamos debatiendo, sumerjámonos en un escenario ficticio. Supongamos que estamos en una sociedad que se apoya en un sistema económico donde el mercado regula los intercambios y donde ante todo cuentan dos aspectos: por una parte vender lo más posible al precio más alto y comprar lo máximo al precio más bajo; por la otra, acumular bienes reconocidos por los otros y que sirven para mitigar el sentimiento de finitud que nos acompaña. En tal sociedad ficticia, que parece cada vez más asemejarse a la real, cada uno compite con los otros desenfrenadamente y el resultado es que tanto entre los ganadores como perdedores del éxito o fracaso económico se acrecienta, entre otros síntomas, la posibilidad del consumo de drogas, lamentablemente un flagelo en nuestro país. Ahora bien, es rigurosamente imposible, en una sociedad competitiva, que todo el mundo sea a la vez más rico, más feliz y esté menos angustiado. Por lo tanto se debilita la idea de que el ingreso y los bienes materiales serán los garantes de nuestra seguridad existencial independientemente de nuestra riqueza. Para superar este razonamiento perjudicial, es de suma importancia en estos momentos de profundización democrática volver a las nociones simples, cual es una reflexión fundamental sobre la política y, más aún, sobre lo político del análisis económico (ver comentario editorial en el “Río Negro” del 6/12/13). El pasaje por la política, por la deliberación, por los procedimientos democráticos, si bien es eminentemente necesario, se muestra en la actualidad más complejo y más precario de lo que parece. ¿Podemos estar seguros de que la esfera política no esté regida por las mismas alineaciones existenciales que las que hemos señalado para la esfera económica? ¿Existe una racionalidad política auténtica? ¿Habría que construir una filosofía política que tenga en cuenta plenamente los fundamentos existenciales de la economía? Distintos pensadores como Draï, Nacht y Kaufman ya se han aventurado en este ámbito difícil, aunque prometedor. No hay que perder de vista, según Ballet, que quien transita una sociedad regida por los axiomas del intercambio versus el mercado, la solidaridad versus la rentabilidad, la organización colectiva versus la competencia y la ecología versus la expansión ha dado un paso fundamental en el enfoque del razonamiento económico de la tríada producción-acumulación-consumo. La formación en nuestro país de una educación permanente en “la ética de la economía de mercado” para todos los estratos sociales nos parece hoy el camino más convincente para la eclosión de un pensamiento rebelde (“hagamos lío”) en busca de la autenticidad (la verdad) por medio de la acción individual y colectiva que nos permita rápidamente avanzar hacia la humanización de la economía. (*) Ingeniero. Docente en la UNC


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