Harguindeguy y Acuña, dos perfiles, dos destinatarios de las cartas
Los que siguen son los perfiles de dos de los integrantes del régimen militar a los cuales monseñor Miguel Hesayne dirigió duras cartas a favor de la vida y la libertad. • Albano Harguindeguy, general. Vasco grandote. Cabezota de toro. Estilo directo, entrador. Buen humor. Tropero, a pesar de ser del arma de caballería. Jugador de polo, “si es que el petiso me aguanta”, solía decir. Último jefe de la Federal durante el gobierno de Isabel Perón. Ejerciendo ese cargo llegó a reunirse con el jefe montonero Roberto Perdía en un galpón de los que hoy forman Puerto Madero. Tema: la desaparición, en diciembre del 75, del jefe de la FAR Roberto Quieto. “Nosotros no lo tenemos”, dijo Harguindeguy. O sea la Federal. Lo tenía, sí, el Ejército. Ministro del Interior durante cinco años de dictadura. Radical. En 1978 se fracturó la amistad que como compañeros en el liceo militar General San Martín forjó con Raúl Alfonsín. Causa de la fractura: los cuestionamientos de Alfonsín a las violaciones a los derechos humanos. Durante su ministerio forjó muy buenas relaciones con factores de poder rionegrinos. Se divorció a fines del régimen militar. Procesado por violaciones a los derechos humanos. Murió este año a los 85 años. Y así se llevó a la tumba lo que algunos estudiosos del tema consideran “el mayor caudal de información” sobre la represión. “Nos mató la soberbia”, le confesó al periodista Ceferino Reato mientras acomodaba su cuerpo en la silla de rueda en la que pasó los últimos años de su vida. • Julio “Gancho” Acuña, contralmirante. Gobernador de Río Negro entre 1978 y 1982. Muy alto, muy flaco. Cuello con nuez de “esas que le duelen incluso a uno mismo”, diría Fernando Savater. Y con cara “para festín de los caricaturistas”, lo definió el periodista viedmense Omar Livigni el día en que juró como mandatario. Fue jefe de los buques más importantes de la Flota de Mar de los 60 y 70, incluso el portaaviones 25 de Mayo. Como Bachmann, a quien reemplazó en la Gobernación, lo sedujo Río Negro. La obra pública, las comunicaciones, como pivot de ambas gestiones. Buen conversador. Amable. Reflejos. Liberal. Metido en la sociedad. En una oportunidad, el Club Villa Congreso de Viedma arrasó con los títulos de un campeonato provincial de natación en categoría pibes. Entonces convocó al Patio Colonial de la Gobernación a los ganadores. Y le entregó una plaqueta a Remo Costanzo, por entonces presidente de la entidad y exfuncionario peronista. Costanzo agradeció y dijo esas cosas que se dicen en circunstancias como ésas. Luego tuvo que aguantar las críticas de los compañeros. Y en el 79, en el marco del diálogo político instaurado por la dictadura para organizar opiniones de factores de poder sobre el futuro del país, Acuña invitó a tres empresarios, hombres con influencia en el Alto Valle: los radicales Oscar Pandolfi y Mazzuco. También al empresario Colletti. Los dos primeros denunciaron sin ambages que no se podía avanzar hacia la democracia sin poner en claro lo sucedido con miles de seres desaparecidos. Colletti, en cambio, dijo: “Muchos desaparecidos están paseando en Europa”. Acuña pasó horas procurando saber si los periodistas que habían cubierto el encuentro habían “entendido bien lo que dijo el señor Colletti”. O sea, la tesis oficial de aquellos años: los desaparecidos eran truchos.
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