¡Hasta si nos pica el ombligo!…
Sun Tzu –un chino que pasa por ser el mayor teórico de la guerra– lo dijo claro: “Aquellos que conozcan al enemigo tan bien como se conocen ellos mismos nunca sufrirán la derrota”, escribió en el siglo IV aC. Pero 2.400 años después de aquella sentencia, los hechos dicen que ya no alcanza con conocer al enemigo. Para cuidarse hay que hacer mucho más. Ahora, para el poder se trata de conocer como a uno mismo a los amigos. Y para definir qué conocer, valen la conjeturas. Si Obama conoce cómo funciona su intestino, está compelido a que si se interesa por el intestino de Angela Merkel o del gallego Rajoy, los debe conocer como al propio. Caso contrario, tampoco conocerá al amigo. Yo te espío, tu me espías… “¡Qué barbaridad, cómo hemos llegado a esto?”, se dice. Hipócrita. Ésta es la calificación más ajustada a verdad, que merece la ola de indignación que serpentea por el poder mundial tras “descubrir” cómo se espían entre sí mientras retozan y se besuquean. La historia no avala la sorpresa seguida de “indignación”. Se hizo siempre. En todo caso, el único impedimento para ser o no más eficiente en esta tarea fue la tecnología. Su avance. –Si Washington quiere saber cómo se ducha Angela Merkel, lo sabe en minutos –dijo ayer a este diario un exjefe de la SIDE en democracia. Y sumó: –Puede grabar el ruido del agua, saber si la toalla es mullida o no, su color y hasta cuán desordenada o no es doña Angela en cómo deja el baño… Y si doña Angela quiere saber si Obama se pasa papel de lija para aflojar su color, seguramente que también lo sabe… Y si se rastrea la historia sin pasión por el rubor y la mentada “indignación” –o sea sin hipocresía–, abunda la información sobre este tipo de operaciones de querer saber todo, sobre todo, lo que no es uno. Un día –por caso–, cuando promediaban los 1600, Oliverio Cronwell meditaba en la soledad en la cálida campiña galesa. La historia reconoce en él a uno de los políticos más talentosos que ha dado esa cantera de estadistas llamada Inglaterra. Rato después, llamó a sir Samuel Luke. Corrían tiempos de cuestionamiento al rey Carlos I. –Quiero saber todo sobre el Rey –le dijo Cronwell a Luke. –Tenemos la mejor información sobre su ejército… –Quiero saber más… sus costumbres, qué come, qué toma, si tiene pesadillas… Y Luke filtró la Corte tan minuciosamente que hasta el propio Cronwell tuvo algo de miedo. Cuando buscó alejarlo, ya era tarde: Luke había organizado la primera y mayor red de espionaje de Inglaterra. Y se tornaba imprescindible para el poder aun a costa de ser espiado. –¿Sabe cuándo detecta uno que una política de espionaje es eficiente? Cuando lo espiado está junto a uno… Ahí hay que acertar, si no se pierde el trabajo –confiesa el veterano exlíder de la SIDE. Luego, se levanta. Camina hacia su bien dotada biblioteca. Busca aquí y allá. –¡Acá está! –dice. Vuelve y muestra la tapa de libro, que reza: “Chatter: Dispatches from Secret World o Global Eavesdroopping”, algo así como “Escuchas. Despachos del mundo secreto del espionaje global”, del americano Patrick Radden Keefe. –Está traducido al castellano –dice el espía vernáculo. Luego lee una reflexión de Patrick Radden Keefe. –Escuche, escuche lo que confiesa este periodista: “Estados Unidos tiene hoy menos de 5.000 espías actuando en el mundo, o peor: tiene a unos 30.000 individuos dedicados a escuchar. Los satélites de la Agencia Nacional de Seguridad recogen cada tres horas información suficiente para llenar la Biblioteca del Congreso de los EE. UU. Y sin embargo la mayoría de los habitantes del país no tiene casi ninguna información sobre nuestro (el de EE. UU.) aparato de escucha global. En consecuencia, carecemos de vocabulario para analizar si nuestros servicios de inteligencia velan adecuadamente por nuestra seguridad o si invaden nuestra intimidad, o ambas cosas. Tendremos que tragarnos enteros conceptos como intimidad y seguridad nacional, a considerarlos absolutos indiferenciados o indeterminados, y a negarnos (porque tenemos demasiada poca información o simplemente porque es demasiado difícil) a considerar los diversos cambios que se producen en nuestra sociedad. En relación con la matriz libertad-seguridad. No tenemos ni idea de lo fidedigno que es en realidad un índice de seguridad en el chatter o si nuestras operaciones de escucha valen los miles de millones de dólares que dedicamos a ellas”. –Como usted ve, estamos a la intemperie… desnuditos y a la intemperie. Pueden saber sobre nosotros más de lo que nosotros sabemos… ¡Hasta si nos pica el ombligo! –dice el extitular de la SIDE. Y tiene razón…
Carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com