“Hombre mirando al sudeste”, a escena
Con Lito Cruz, la obra teatral dirigida por Subiela llega a Roca y Neuquén.
ROCA/NEUQUÉN.- En el cine fue un clásico. Y ahora apuesta a convertirse en algo similar en su versión teatral. Nombres no le faltan: “Hombre mirando al sudeste”, la película de Eliseo Subiela, tiene ahora su versión para tablas con Lito Cruz, Alejo Ortiz y Marina Glezer y dirección del mismísimo Subiela. Mañana subirá al escenario de Casa de la Cultura en dos funciones, a las 20 y a las 22, y el sábado repetirá en Neuquén, en la Academia Desafíos, a las 20. Las entradas están venta en Todo Música para la función de la capital neuquina. Cuando fue el estreno en Buenos Aires, Lito Cruz arriesgó que entre ambas obras “solamente pervive el elemento místico”. “Hombre mirando al sudeste” transcurría en el hospital psiquiátrico Borda, donde aparecía un tal Rantés (Hugo Soto, fallecido en 1994), quien aseguraba haber sido enviado desde otro planeta para investigar “la estupidez humana”, mientras era objeto de minuciosa observación por parte del psiquiatra Julio Denis (Lorenzo Quinteros). El filme, que hace 26 años se aventuró a proponer otra realidad posible a la dicotómica polaridad que se cierne entre la razón y la locura, revive de la mano de este nuevo elenco con una vigencia absoluta. En diálogo con Télam, el actor contó: –¿Cómo te llegó esta propuesta? –Poco a poco fuimos armando el proyecto hasta que Subiela se largó. A mí me pareció interesante que una película que tuvo una gran importancia en el cine argentino por el tema, la estética, la forma de filmarse, entre otras cosas, sea llevada al teatro por el mismo director y que ese director, a su vez, debute con ella en teatro. –¿Recordás qué te provocó cuando la viste? –Me provocó algo que tenía que ver con cierta sensación de todos los seres humanos de que puede haber otro mundo diferente al que vivimos, y cuando me propusieron hacerla le dije que uno de los temas del doctor Denis es que él desea que hubiera otro mundo, que Rantés no estuviese enfermo y que la vida no se terminara tan rápido sino que ojalá todos tuviéramos otro lugar a donde ir. –El miedo a la inevitabilidad de la muerte… –Sí, se me aparecieron imágenes de mi mamá diciéndome sobre algún ser querido que se había muerto: “Mirá, si nadie volvió de la muerte, es porque se debe estar bien allá”. Y me aparecieron asociaciones de la infancia, de mi vieja diciéndome sobre alguien que fallecía: “Traten de desearle un viaje en paz”, como si la vida fuera un viaje y la muerte una parte más de la vida. La sensación de continuidad era algo que nos quedó a mí y a todos mis hermanos. Por eso, tanto la obra como la película me despiertan una relación con mi infancia, con ese concepto de que existe una continuidad. –¿Qué diferencias hay entre el Denis que hizo Quinteros con el que asumís en el teatro? –Este Denis está solo, desahuciado, con nietos que no ve. Hay algo en él bastante derrumbado pero con cierto humor para salir del derrumbe. –En lo personal, ¿te sentís más cerca del doctor o de Rantés? –Yo me siento un extraterrestre. Por estas cosas del mundo de la infancia, de las colectividades, de ese mundo complejo de gente que venía de la guerra; hay todo un mundo en relación a eso, a la melancolía de los puertos, de Berisso y venían todos alegres a buscar trabajo. Y las impresiones de la infancia son las que producen el fenómeno del arte, las que producen los hechos artísticos. Porque de esa infancia que uno tuvo cada quien jerarquiza algo distinto, y son esas las impresiones que quedan en el inconsciente. (Redacción central/Télam)
Un clásico del cine nacional que ahora prueba su versión sobre tablas.
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