Importancia

Por Redacción

No me resulta importante el tema de Lázaro Báez”, dijo hace unos días el flamante diputado nacional kirchnerista Ricardo Forster, referente intelectual de Carta Abierta. Y a continuación, con escaso juego de cintura, intentó sacarse el problema de encima pasándole la pelota a los tribunales: “Si la Justicia cree que lo que diga Báez puede ser tomado en cuenta, lo hará; y si cree que no, no lo hará, pero no me parece algo importante para debatir”, remarcó. Al menos esta vez el filósofo oficialista estuvo bastante más educado que unos meses atrás. El 23 de mayo de este año, en medio del fragor de la campaña electoral, reaccionó enfurecido ante una consulta radial por el mismo tema: “¡Qué carajo sé cómo hizo la plata Lázaro Báez!”, vociferó al aire, mientras acusaba a los medios que hacían denuncias de corrupción como “desestabilizadores” y le dedicaba un párrafo especial a Jorge Lanata: “Volvemos a la lógica de un fiscal de la patria por fuera de la política. Ya no hay más debate de ideas, hay bóvedas”, dijo ofuscado antes de cortar el teléfono. Es una verdadera lástima que aquellos que vinieron “a recuperar la política” esgriman ahora una sospechosa actitud “despolitizadora” y “judicializante” en torno a este asunto. En particular porque el caso “Báez-Kirchner” (para decirlo con todas las letras) es un prisma a través del cual pueden examinarse algunos de los principales desafíos de la agenda pública nacional. Por de pronto pueden señalarse tres cuestiones que nos permitirían entablar un enriquecedor “debate de ideas” sobre el presente y el futuro de nuestro país. El primer desafío se refiere a la lucha frontal contra la corrupción, a la necesidad de contar con una Justicia independiente y a la urgencia de revitalizar los organismos de control público, que han sido desmantelados o limitados sistemáticamente en sus funciones a lo largo de la última década. La grave situación socioeconómica que estamos viviendo y la creciente intolerancia social frente a prácticas corruptas pueden ser una ocasión propicia para debatir y promover una nueva arquitectura jurídico-institucional, dotada de instrumentos más vigorosos y de procesos más eficientes, para seguir la ruta de los dineros provenientes de cuantiosos “retornos” en la obra pública o para sellar los coladores por los que fluye la moneda negra del narcotráfico. El segundo reto concierne al fortalecimiento efectivo de las capacidades del Estado. A contramano del relato oficial, en el debate público argentino la problemática del Estado parece haberse perdido de vista dos veces en los últimos veinte años. Durante la década menemista tendió a escamotearse tras la asunción dogmática de que no era necesario para el desarrollo; durante el decenio kirchnerista muchos creyeron que era suficiente invocarlo desde la tribuna para que sus virtudes técnicas y administrativas se hicieran realidad. En uno y otro caso, no obstante, hubo matices, excepciones y perversiones: en ciertas áreas estatales se observaron progresos, en otras las promesas de profesionalización se quedaron en amagues, en la mayoría hubo ostensibles debilitamientos orientados a favorecer a los amigos del poder y a los poderosos de turno. En gran medida, la zona de convergencia en torno a una agenda común de modernización del Estado, desarrollo productivo e inclusión social, que tanto desde el gobierno alfonsinista como del peronismo renovador (en particular del sector cafierista) pareció aflorar en la segunda parte de los 80, se perdió en el camino. Traerla hoy a colación no es ningún signo de anacronismo, sino la recuperación de un sendero democrático inconcluso que vale la pena retomar. Finalmente, el caso “Báez-Kirchner” nos enfrenta al desafío de discutir el modelo de capitalismo que podemos desplegar desde la periferia de un mundo de competencia global. En este punto la impostura de los intelectuales oficialistas ha marcado a fuego la década desperdiciada: mientras blandían un discurso “anticapitalista” de superficie y de pasillo universitario, fuertemente arraigado en densas vetas de la cultura “progresista” vernácula, dejaban que en “la espesura de los hechos” medraran las peores prácticas del capitalismo de amigos, el tráfico de influencias y el vulgar latrocinio. El capitalismo en abstracto, como objeto teórico y monigote retórico, era criticado desde una zona de confort político e intelectual, a la par que se invisibilizaban los mecanismos concretos que gestaban el más retrógrado, rentístico e improductivo capitalismo prebendario, favorecido desde las más altas cumbres del poder. Contra este penoso telón de fondo se recorta la imperiosa necesidad de discutir las condiciones, los marcos institucionales y las políticas para promover un capitalismo competitivo e innovador, que aproveche nuestras ventajas, favorezca encadenamientos dinámicos entre diferentes sectores de actividad (campo, minería, industria, servicios) y genere empleo genuino. Tal vez el reclamo caiga en saco roto, pero al diputado Forster estas cuestiones deberían comenzar a importarle. (*) Sociólogo (UNLP-Udesa). Miembro del Club Político Argentino

Antonio Camou (*)