Jóvenes violentados



Roberto Samar*


Más de ocho millones de niñas, niños y adolescentes viven en hogares con algún tipo de privación. Así lo estima un informe desarrollado por la Universidad Católica Argentina (UCA). Millones de personas que padecen las consecuencias de esta sociedad injusta e inequitativa.

Paralelamente a las carencias materiales, los jóvenes en situación de pobreza sufrirán una violencia simbólica que se expresa en discursos que atraviesan a la sociedad.

El monitoreo desarrollado por la Asociación Civil Crisol de los principales diarios del país sostiene que, de las 156 noticias analizadas con jóvenes pobres como protagonistas, la gran mayoría refieren a sucesos policiales “reduciendo prácticamente la violencia a uno de sus tipos (la delictiva), señalando y reforzando los estereotipos del otro-peligroso y contribuyendo con su estigmatización”.

Los jóvenes pobres aparecen en un 1,6% de las noticias, en un 60% en Policiales y en el 80% no los incorporó como fuente de información. No aparecen sus voces, sus puntos de vista.

En el trabajo observaron que en los medios los jóvenes en situación de pobreza están subrepresentados: aparecen en un 1,6% de las noticias.

Sin embargo, cuando se los visibiliza, cuando aparecen, en un 60% se los menciona en la sección policiales y en un 95% de los casos en el lugar de victimarios.

Un dato central: el 80% no los incorporó como fuente de información. No aparecen sus voces, sus puntos de vista. Los testimonios que aparecieron hablando sobre los y las jóvenes son, en su abrumadora mayoría, de adultos. Adultos que los juzgan, los señalan y los criminalizan.

Paralelamente en nuestra sociedad estamos atravesados por discursos de la industria del entretenimiento que asocian el ser joven en situación de pobreza a una violencia extrema. Reforzando la idea de un “ellos” monstruoso. A modo de ejemplo, en el primer capítulo de la serie “Apache” de Netflix podemos ver: jóvenes que patean a una persona con discapacidad, que torturan, acuchillan y asesinan; que manejan una red de narcotráfico; y pibes que le dicen “te voy a prender fuego” a una persona con discapacidad.

Estos medios de comunicación van tallando nuestras subjetividades cuando reproducen esas interpretaciones de la “realidad”. Cuando seleccionan noticias desde determinados encuadres pueden construir empatías y ocultar violencias. Paralelamente, la industria del entretenimiento sedimenta nuestra forma de ver el mundo aumentando aún más las confusiones.

En este marco de ese doble juego de invisibilización y estigmatización, la violencia que sufren nuestros jóvenes se legitima y aumenta. Una violencia que se expresa en asesinatos, en los casos de “gatillo fácil” y en la imposición de lógicas represivas.

Según la Coordinadora contra la Represión Policía e Institucional (Correpi), la selectividad de la represión apunta a la edad y la clase: “El 44,5% de las muertes corresponde a personas de 25 años o menos. Dado que hay un 14,3% del total sin datos suficientes, resulta que más de la mitad de los casos en los que se conoce la edad exacta o aproximada de la víctima es de la franja menor de 25 años”.

Contrariamente a estas miradas, la ley Nº 26061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes nos habla de su interés superior, de la máxima satisfacción e integralidad de sus derechos y garantías.

Mientras son silenciados sus puntos de vista en los medios, nuestra ley nos recuerda “el derecho de las niñas, niños y adolescentes a ser oídos y que su opinión sea tenida en cuenta”.

En sus voces que son silenciadas y en los discursos estigmatizantes están parte de los cimientos de esta sociedad violenta. Violencias físicas, materiales y simbólicas que sufren millones de jóvenes.

*Licenciado en Comunicación Social (UNLZ), docente de la UNRN


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