Karma de colores



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María emilia salto bebasalto@hotmail.com

Mientras escribo, escucho el clic clic y el tric trac de las herramientas de Claudio, preparando lo que, espero, sea el final del proceso de muerte, transformación y/o reencarnación de la araña de colores que enseñorea mi dormitorio. Si usted no cree en la reencarnación, y en su sentido, esto es, que limpiamos vida por vida los errores de las anteriores y a eso se deben los problemas o “pruebas”, menos creerá que tan espiritual acontecer tenga a una araña de colores como protagonista. Yo se lo cuento, y usted haga lo que quiera. Empezaré por el principio, esto es, cuando hace unos cuantos años y bastante más dinero para gastar que ahora, compré una preciosa araña de seis paneles de vitreaux. La vi, brillando deslumbrante en la semipenumbra de un negocio pródigo en maravillas. Verla y quererla fue la misma cosa. Esto nos pasa muy seguido en la vida, la diferencia es que esa vez yo, además, la tuve. Me la mandaron, eficientemente embalada, una caja que esperé como si fuera la Beba niña en víspera de los Reyes Magos. Primer traspié kármico: uno de los paneles llegó roto. Segundo gravísimo problema de percepción alucinatoria –éste, mío exclusivamente–: no era vitreaux, sino eso que se llama “falso vitreaux”, que es una cosa muy linda pero no es auténtica artesanía de pedazos de vidrio. Eran hermosos dibujos ribeteados por una línea opulenta, delicada, de aluminio ennegrecido. Todo lo que quiera: era falso. Allí se inició mi pequeña batalla por: a) el panel de repuesto y b) rebaja de precio, adjuntando fotocopia de la boleta que decía “lámpara de vitreaux”. Resultado: llegó otro panel esta vez sano, junto con un pedido de disculpas por la “equivocada denominación del producto” y ratificando que el precio, no obstante, era el mismo. Transcurrió así la primera parte de la vida de mi joyita de colores, que, la verdad, se veía bien bonita, falsa o no, como esas vedettes superoperazas y sin embargo... en fin, fue una lección de humildad tanto para mi lámpara vanidosa como para mí como compradora tipo quiero, quiero, déme, déme. Típica década del 90. Años después, me puse a bailotear arriba de la cama, y en una de ésas mi entusiasta brazo fue el mensajero elegido para el nuevo karma de mi lámpara: le di un fuerte golpe a la preciosa falsa, y un panel voló y se hizo pedazos. Es horrible que pase algo así ¡y no poder echarle la culpa a nadie! Por años, ese panel faltante era una boca sonriendo sin un diente. Chocante, por lo menos. Hasta que di con Claudio, artesano en vidrio, que tiene un atractivo puesto en la feria artesanal de Neuquén. Acometió la tarea de reproducir el panel, a pesar de no haber hecho este tipo de trabajo jamás. Lo hizo, y con el mayor parecido al original posible. Cuando lo fui a colocar, se armó una de chispazos que cortó la luz de toda la casa. ¡Oh Buda! El largo camino de la expiación no había terminado. Es más, se puso peor. El electricista acometió la tarea balanceando la araña de tal forma que saltaron dos paneles y aterrizaron hechos pedazos en el piso. Sin duda que el Universo elige sus ejecutores muy bien, con la torpeza suficiente para ser eficaces. Vuelta al artesano. Como le dije, ahora Claudio está trabajando y ya me está llamando para que vea qué linda quedó mi falsa maravilla. ¿Será el final? Sí tuvo una derivación positiva: ahora, Claudio trabaja esta técnica y con excelentes resultados artísticos y económicos. Quizás es la prueba de la última reencarnación. ¿No estaría bueno dejar de gastar plata en vidrio? Ahora soy una humilde monotributista.


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